fbpx

Navegando por
Autor: Pagazauskas

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

El cansancio acumulado durante los días anteriores se noto en el primer despertar pekines. Teníamos pensado levantarnos un poco pronto, pero fue imposible. El desayuno en el hotel se cerraba a las 9:30, y llegamos por los pelos. Menos mal que para eso los chinos no son nada estrictos, y nos dejaron desayunar tranquilamente y sin prisas. El desayuno buffet era una mezcla de comida occidental y oriental: desde los dim sum, dulces y frutas chinas, hasta el café, cereales, huevos o beicon más europeos. Nada más terminar arrancamos para el metro, Íbamos con un poco de retraso. Es curioso lo del transporte en las grandes ciudades, da igual que estés en Londres, Madrid o Beijing, no hay cosa más fácil en el mundo, o al menos es lo que nos pareció. En este caso, hay que admitir que era más sencillo, ya que estaban todas las señales en inglés y los nombres en pinyin, la traducción del chino clásico al alfabeto occidental.

Uno de los inmensos patios de la Ciudad Prohibida

Primera parada del día: plaza de Tiananmen y la Ciudad Prohibida. Nada más salir de la parada del metro, nos encontramos la entrada al mausoleo de Mao. Una gran foto suya presidía la fachada principal. Tampoco nos apetecía ver la momia de Mao, así que una vez pasados los controles de seguridad (que eran unos cuantos), nos adentramos en la Ciudad Prohibida. Lo más impresionante de este complejo es su magnitud. Salas, templos y plazas por doquier, es difícil imaginárselo sin estar presente. En la película ‘El ultimo emperador‘ se llega a apreciar relativamente, pero es difícil captar tanta grandeza. Las hordas de turistas chinos que asolaban la entrada nos hacían temernos lo peor, pero era tan espacioso todo, que entrábamos todos los que quisiéramos y más.

Sacar las entradas fue muy fácil. Tras despachar a algún reventa, en 5 minutos estábamos pasando los tornos. Al igual que en el templo de los lamas, fuimos pasando templos y patios uno tras otro. No llegamos a contarlos, pero llegaba un momento que empezaba a parecer el día de la marmota. Bromas aparte, cada templo o edificio superaba al anterior, hasta que llegamos a unos jardines, en los que descansamos un momento a la sombra. El sol nos castigaba sin piedad, y era común ver a multitud de chinos sentándose en las pocas sombras que había. En nuestro caso, nos salimos del recorrido oficial, y entramos en un patio más pequeño en el que corría algo de aire, así que aprovechamos para descansar un rato y refrescarnos.

Detalle de uno los pasillos interiores

En uno de los patios, me pidieron mi primera foto. Para los chinos que no viven en ciudades como Beijing o Shanghai, no es algo muy normal ver occidentales, y entre tanto turista chino que había, seguramente alguno los habría visto solo en la tele. En conclusión, se me plantaron dos chinos, que parecían un poco pueblerinos, a sacarse unas fotos con el que escribe estas líneas. Lo más gracioso de todo es que en ese momento estaba grabando un vídeo, y tenía a los susodichos a unos metros, enfrente mío, metidos de lleno en la escena. Después, al ver el video, descubrimos la secuencia completa: como se me quedaron mirando, y se acercaban, poco a poco, entre risas. Los tíos se fueron más contentos que unas castañuelas. Ya estaba avisado de que esto pasaría, y así ocurrió.

La parte norte del palacio, la de la salida, era un complejo de jardines en el que pudimos apreciar algunos pequeños templos y esculturas. Obviamente, no podían faltar las típicas tiendas de recuerdos, así como refrescos y helados. También pudimos ver a la salida las estatuas de los elefantes de oro, que nos gustaron bastante. En conclusión, la visita a la ciudad prohibida impresiona más por su magnitud, que por lo que puedes ver aparte de sus patios y templos. Muchas estancias se encontraban cerradas, y solo era posible verlas desde la calle. Y para dificultar el asunto, los turistas chinas se agolpaban y se hacían fotos como locos frente a las estancias, por lo que había que meter un par de empujones para poder acercarse y ver algo.

Uno de los dos elefantes de oro

Tras visitar uno de los monumentos más importantes de Beijng, tocaba cumplir con otra de las cosas que hay que hacer en esta ciudad: degustar el afamado pato laqueado. Juantxu y Cris nos habían recomendando el restaurante De Yuan Roast Duck, y hacia allí nos dirigimos en el metro. Sabíamos su ubicación aproximada, en la famosa Dashilan Street, pero incluso con el plano en la mano nos costo un poco dar con el. Cuando pensábamos que habíamos encontrado la calle (y así era, como más tarde descubrimos), preguntamos a una china que se nos ofreció, y que nos mando por donde no era. Así que volvimos hacia atrás y nos metimos por unas barriadas de dar miedo, si no estuviéramos en China. Seguimos el plano lo mejor que pudimos, siguiendo alguna indicación más, y al final, por fin encontramos el restaurante. Lo malo fue que entre tanta vuelta y vuelta, estaba cerrado. Habíamos llegado a las 3 y media, y no volvían a abrir hasta las 5. Mala suerte, pero seguíamos con el estomago protestando por el hambre. Unos metros más adelante encontramos un bar que tenía buena pinta, con un cartel de recomendación de Lonely Planet (seria en la anterior edición, no en la nuestra), y ahí nos metimos: Tianhai Restaurant.

Al rico lagarto y culebra, lo del medio, vete a saber que era

La carta estaba en inglés, y el camarero se defendía al menos para atendernos. Como no nos apetecía hacer experimentos, nos decantamos por unos noodles y un cubo de arroz con una tortilla encima. Acertamos de pleno. Los noodles nos costo comerlos un poco más de los esperado, por eso de los palillos y de lo largos que eran, pero con un poco de paciencia terminamos con ellos. El arroz estuvo incluso más sabroso, pero lo más curioso es que estaba presentado en un pequeño cubo de madera. Otros extranjeros que entraron un poco después nos preguntaron que habíamos comido, y les recomendamos los dos platos sin dudarlo. De hecho, los pidieron y creemos que les gustaron. Aunque la comida estaba muy bien, lo más curioso de este bar era que tenían unos botes en la barra de los más asquerosos: lagartos, y algunos cosas más que no pudimos identificar, metidos en lo que supuestamente era vinagre. Para salir corriendo.

Nos quedaba toda la tarde por delante, y nos tocaba visitar el famoso mercado de los insectos y demás pinchos morunos. Si pensábamos que los lagartos eran asquerosos, no hacía falta más que darse una vuelta por el mercado que comento para alucinar: escorpiones, ranas, gusanos, ciempiés, culebras, pequeños tiburones, testículos, tripas… Vamos, imposible salir con hambre de aquel lugar. Lo único que nos atrevimos a tomar fue la leche de un coco. Los dependientes nos ofrecían su comida una y otra vez, pero ni nos acercábamos a los puestos. Lo que nos dimos cuenta fue que los propios chinos no comían más que el mejunje de las tripas y algún pincho moruno que parecía de pollo. En ningún momento vimos a ninguno comerse un escorpión (algunos los pinchaban y estaban vivos antes de hacerlos a la brasa, se les veía retorcerse en los pinchos). En un hutong cercano, descubrimos la misma comida, pero impregnado todo de un olor penetrante y nauseabundo. El mercado era un espacio abierto en el que corría el aire, pero en el hutong, era imposible salir sin estar mareado. No recomendado para estómagos delicados.

Escorpiones empalados, antes de pasar por la barbacoa…
… y escorpión churruscadito listo para comer

Pero si esto era asqueroso, a la hora de cenar descubrimos que no era para tanto. Cómo estábamos cansados, cenamos en un restaurante en la misma calle del hotel, y al abrir la carta alucinamos. Gusanos de bambú, termitas, cabezas de pato, y alguna cosa más que no quiero recordar. La carta estaba bastante limitada para nosotros. Finalmente nos pedimos un plato de verduras, y un plato de carne de Yunnan. Le comente si podía ser sin picante, el plato tenia las típicas guindillas rojas junto al nombre y porque la comida de esa región tiene fama de ser muy muy picante, pero me dijo que no, que el plato era así. Y es que era carne en tiras con guindilla verde, ajo y chili rojo. O mejor, todo el picante posible acompañado de algo de carne. Pues nos atrevimos. Desde el primer bocado todo un placer para los sentidos. Lo curioso es que no me picaban los labios, pero tenía la lengua medio dormida y sudaba a goterones. Menos mal que la cerveza china hace estos duros momentos más llevaderos. No nos terminamos el plato, pero anduvimos cerca. Y es que a pesar del picor estaba muy rico, encima, no hay otra cosa que le guste más a Esti que el picante.

Segundo día en China, y sin intento de timo. Fue una jornada muy entretenida, con muchas cosas vistas, y en la que empezamos a descubrir la gastronomía china menos apetecible para los occidentales. Esto solo era el comienzo.

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Nada más salir por la puerta del aeropuerto, cambias de realidad totalmente. Hasta ese momento vives en un punto intermedio entre dos países, pero cuando vas a coger el primer taxi, te das cuenta de que algo ha cambiado: están intentando timarte. Gracias a que Juantxu nos aviso. En primer lugar, y como estábamos sobre aviso, preguntamos al taxista cuanto nos podría cobrar por ir hasta en el hotel. según la web del hotel, serian unos 90 yuanes, y el tío nos decía que sobre 450-500, juas juas. Vaya estampa, yo diciéndole que era muy caro, que en el hotel me decían que 90, y no se le ocurre otra cosa que soltarme que los del hotel hablaban de euros. Menudo caradura. Ahí le dejamos al tío jeta. Volvimos a intentarlo con otro taxista, y esta vez nos decía que saldría más o menos ese dinero, que el ponía la taxímetro, y lo que saliera. Nos convenció y tras montarnos y arrancar, recordé otro consejo de Juantxu: que bajen siempre la bandera. El tío arranco como si nada, así que tuve que recordarle que tenía que bajarla. Segundo intento de timo. Por suerte, no paso nada más, y nos llevo cerca del hotel sin ninguna cosa rara más. A la hora de pagar, nos salió 70 yuanes, más barato incluso de lo que inicialmente pensábamos.

Patio del hotel de Beijing

Teóricamente, y desde donde nos había dejado el taxista, solo teníamos que seguir recto por la calle, y ya estábamos en el hotel. Tras andar unos 10 minutos, y en vista de que no aparecía, preguntamos a un chino que pasaba por ahí. Nos quedamos blancos cuando nos dijo que faltaban ¡2 km! No podría ser, era imposible, teníamos el mapa en la mano, y debíamos estar muy cerca. Finalmente descubrimos que el inglés del chino era malísimo: estábamos a 20 metros. El cartel del Beijing Double Happiness Courtyard se asomaba entre varios farolillos. Para nuestra estancia en Beijing habíamos elegido un hotel con patio, algo muy característico en esta ciudad. Decorado con muebles antiguos, camas de estilo chino, con sus faroles, todo de madera, muy chino vamos.

El hecho de que estuviera recomendando por los visitantes de Tripadvisor nos pareció garantía suficiente, ocupaba el segundo puesto en el ranking de los mejor valorados. Y realmente acertamos: su decoración, el gusto con el que estaba distribuido, que el personal de recepción hablaba un perfecto ingles (mejor que el nuestro), su exquisito trato; no tenemos nada malo que decir sobre este hotel, todo lo contrario. Lo primero que hicimos fue darnos un ducha, ya que hacia 18 horas que habíamos salido de casa, y necesitábamos refrescarnos, sobre todo por el agobiante calor que hacía en Beijing. Pasamos del invierno vasco al caluroso verano chino. De la lluvia, a un achicharrante sol. En estos días que pasamos en la capital, y a pesar de lo que dicen de la contaminación, conseguimos ver el sol, e incluso alguna estrella. Al aterrizar si que notamos que había una intensa nieblilla, que nos impedía ver si estábamos no cerca del suelo, es lo que tiene la polución.

Esti con uno de los templos de fondo

Para esa primera tarde en Beijing, teníamos previsto visitar dos templos, pero finalmente solo pudimos visitar uno, el Templo de los Lamas. Dicen que si solo tienes tiempo para visitar un templo, este es su mejor exponente. Nosotros llegábamos un poco justos, ya que entre una cosa y otra nos habíamos retrasado bastante, pero nos dio tiempo de sobra para visitarlo. En cambio no tuvimos ningún problema en el metro, sacamos los billetes en ventanilla y en solo dos paradas salíamos en la estación de Lama Temple. Nos costo dar con el entrada del templo, ya que había varias salidas, pero en un momento estábamos comprando los tickets y caminando por sus jardines. Para haceros una idea de cual es la estructura de la mayoría de los templos chinos, se van cruzando templos, uno tras otro, y cada uno de ellos seria el equivalente a una ermita. Atraviesas uno, te encuentras un patio, y a por el siguiente templo. Así hasta el infinito. En cada uno de los patios, los creyentes quemaban incienso, y se arrodillaban para rezar. Además del aspecto religioso, importante para ellos, para nosotros se trataba de un lugar arquitectónicamente interesante. Poco a poco te vas acostumbrando a la forma de los templos, pero de entrada, y siendo el primero, impacta la forma en que están construidos. Como distribuyen las salas, los patios, los pasillos. Otro aspecto que impacta son los vivos colores con los que decoran y esmaltan cada uno de los motivos decorativos, desde las tejas hasta los iconos de los dragones. En cambio, para las esculturas que había en cada templo, optaban por un intenso y brillante color dorado. Si fuera oro, cuantos kilos y kilos se podrían fundir. En el interior de los templos estaba prohibido sacar fotos, por lo que tampoco podemos mostrar las esculturas budistas que vimos.

Creyentes budistas rezando

Tras llevarnos una grata impresión del templo, la tarde no daba tiempo para más. El cansancio iba haciendo mella en nuestros cuerpos. En el avión tampoco pudimos dormir todo lo que quisimos, y el jetlag nos estaba afectando más de lo esperado. Para esa primera noche habíamos previsto cenar en un restaurante, el Hua, que nos había recomendando Juantxu. Sobre el mapa, y en teoría, estábamos bastante cerca, pero una cosa es el mapa y otra la realidad. Nos volvimos locos calle arriba y calle abajo, pero no conseguimos encontrar siquiera el hutong donde estaba. Lo que si nos encontramos fueron varios hutongs con comida callejera, pero precisamente no era lo más apetecible, sobre todo viendo en que condiciones cocinaban. El concepto de limpieza de los chinos, del que seguramente hablaremos una y otra vez en este blog, es muy diferente al nuestro, pero que muy diferente.

Al final decidimos meternos en un restaurante, que parecía ser de una cadena china, en el que no hablaban ni palabra de ingles. Menos mal que el lenguaje de los gestos es el más internacional de todos. Por suerte, todas las cartas en China vienen con la foto del plato, por lo que al menos sabes que aspecto tiene lo que te vas a llevar a la boca, otra cosa muy distinta es saber con que lo han hecho. Como no tenían los nombres en ingles, fuimos a lo fácil: un plato de fideos, y otro de tortilla sobre un lecho de verduras. Y acertamos. Para beber, Juantxu nos había dado la palabras mágicas: gen pinda pi you, o lo que viene a ser en castellano, cerveza fría. Hay que remarcar lo de gen pinda, por que si no te lo sacan todo hirviendo. De hecho, nos sacaron dos vasos de agua calentorra, que era lo ultimo que apetecía para refrescarse. Para ser la primera cena estuvo bastante bien, seguramente ni por asomo como en el Hua, pero no tuvimos queja.

Crónicas chinas. La previa

Crónicas chinas. La previa

Iniciar un viaje a China puede resultar una de las mayores experiencias de la vida. A priori, viajas con la mente abierta, y con la idea de aprender todo lo posible de una cultura tan diferente a la nuestra. A la hora de plantearnos esta aventura, teníamos dos posibilidades: organizado o por nuestra cuenta. Realmente teníamos dudas de poder movernos por nuestra cuenta, sobre todo por el idioma, pero todas las opiniones que leímos y escuchamos al respecto, hablaban de que no suponía un verdadero problema. Bueno, todo esto lo escribimos a priori, quien sabe si cuando acabe el relato tendré que editar estas palabras.

El hecho de no viajar en un viaje organizado, supone que tener que trabajar previamente cada una de las etapas del viaje. Las distancias entre ciudades, los medios de transporte, los hoteles, la forma de llegar a cada punto de interés.. En el caso de China, no me imagino plantarte allí sin nada previsto, ni reservado, en nuestro caso íbamos para tres semanas, y creo que es totalmente necesario. Supongo que si vas sin ningún tipo de prisa por volver, podrás perder todo el tiempo que quieras, ya que el hecho de no tener mirados los trenes, por ejemplo, te puede hacer quedarte uno o dos días mas en una ciudad. Con todo lo que hay por ver en China (tuvimos que descartar un montón de sitios), a mi personalmente no me gustaría dejar de visitar un lugar por no tener reservado un billete de avión o de tren.

Increible paisaje en Yangshuo

A fin de cuentas, es un trabajo concienzudo, pero que recomiendo, ya que te ayuda a empaparte poco a poco de su forma de vida. En mi caso, la guía Lonely Planet ha sido la mejor ayuda. Jugo a su favor el hecho de que vienen todos los nombres en chino, lo que te puede ayudar a la hora de encontrar un lugar o explicar a un taxista a donde quieres ir. Fue todo un acierto, ya que contiene un montón de valiosa información: hoteles, autobuses, vuelos, lugares de interés, etc. Con todo eso que fui recolectando, mas lo poco que encontré por internet, prepare un guía propia, con la información de cada lugar que visitábamos, la ubicación de los hoteles, como llegar a los aeropuertos, a las estaciones de tren. Asimismo, Juantxu y Cristina nos aconsejaron sobre que debíamos hacer en Beijing: que visitar, donde comer, como movernos, trucos para el regateo, con los taxistas… La primera parte de la guía nos la hicieron practicamente ellos. En definitiva, llevábamos los deberes hechos a China.

Típico bicicarro chino

A la hora de coger los billetes de avión, optamos por volar con Air China, haciendo escala en Frankfourt. Nos pareció la forma mas rápida y económica de volar a Beijing. Si se reservan con mucho tiempo de antelación, salen muy baratos, siempre tendiendo en cuenta el tipo de vuelo que es, en el que atraviesas medio mundo.

Y en eso que paso la boda, en la que disfrutamos como enanos, y llego el día de partir. El lunes 21 de mayo de 2012, nuestra vuelo destino Frankfourt despegaba a las 14:25 horas de Loiu. Por delante, 14 horas de viaje. Coincidencias del destino, en el mismo vuelo nos acompañaba el Aita de Tati, que también se desplazaba hasta China, en su caso por trabajo. Y ahí nos fuimos los tres de Laudio hasta Beijing, donde separamos nuestros caminos tras volar mas de 5000 km. Rite se nos iba para Chengdu, y nosotros nos quedábamos en la capital, donde comenzamos el relato de las crónicas chinas.

Durante las siguientes tres semanas, visitaríamos Beijing, Datong, Pingyao, Xian, Fenghuang, Chengyang, PingAn, Yangshuo, Hong Kong y Shanghai.

P.D. El diario lo he ido escribiendo durante el viaje, ya que teniamos tiempo libre mientras viajabamos de un lado a otro. Nos ha sido imposible ir actualizando el diario a medida que cruzabamos China, ya que WordPress esta censurado, asi como Facebook o Twitter. No es en vivo ni en directo, pero al menos recoge lo que hemos ido viviendo.

Etapa 7. Melide – Santiago. 55 km

Etapa 7. Melide – Santiago. 55 km

Séptimo y ultimo día de Camino de Santiago. Tras la panzada de kilómetros de los días anteriores, tocaba por fin una etapa corta. Solo nos separaban 55 kilómetros hasta Santiago. Seguramente no sean los tramos más duros del camino, pero la acumulación de tantos días, y la cercanía de la meta final, hace que a mi al menos me lo parezca.

A las 8 de la mañana ya estábamos fuera del albergue. Una vez más, llevábamos despiertos desde hacía un buen rato, ya que las personas que hacen el camino andando se levantan muy temprano. Esta vez no nos pillo por sorpresa. Tras desayunar en una bar cercano, arrancamos por la pista, dirección Arzua. Solo nos separaban 12 kilómetros, pero la dureza de terreno, con alguna de las cuestas más duras de todo el camino, hizo que tardáramos casi una hora en llegar. Además, nos detuvimos a socorrer a otros ciclistas que habían pinchando, pero que no tenían llaves para sacar la cámara. Durante estos tramos se disfruta realmente de la travesía. El hecho de pedalear entre bosques, por cómodas pistas, no tiene precio. La única pega que se le puede poner es que al tratarse del ultimo tramo, hay un montón de gente, y hay que andar con cuidado de no atropellar a nadie.

A la salida de Arzua, llamamos a un par de empresas de alquiler de coches, e hicimos una reserva para ese día a las 13:30, a esa hora cerraban la oficina y no volvían a abrirla hasta las 16:30. Si queríamos llegar para cenar a casa, no teníamos más opción que arrear. Eran las 11 cuando colgamos el teléfono, y nos quedaban unos 25 kilómetros. Pensábamos que lo haríamos con facilidad, pero la llegada a Santiago se nos resistía. Tras un terreno de constante sube y baja, nos plantamos a los pies del Monte do Gozo. Nos quedaban unas buenas tarascadas todavía. Cuando nos disponíamos a hincarle el diente a una de ellas, escuchamos unos gritos a nuestras espaldas: eran los maños de Borja, que venían como motos. Nos llevamos una alegría al verlos, tras tantos días coincidiendo con ellos, eran unos compañeros más en el camino.

En el Monte de Gozo, los maños nos sacaron una foto, creo que la única que sacamos el ultimo día. La foto nos la hicieron a las 13:10: nos quedaban 20 minutos para llegar a la estación del ferrocarril. Teníamos intención de hacer una parada en la plaza del Obradoiro, al menos para hacernos la foto de rigor, pero fue imposible. No dio tiempo. Tampoco nos dio mucha pena, ya que en mi caso ya había estado un par de veces con anterioridad. Lo importante del camino no es la meta, sino el camino en si, el hecho de superarte a ti mismo durante el tiempo que dura. Dicen que el camino es un camino interior, no estoy seguro de eso, pero puedo asegurar que no deja indiferente a nadie, y que el que prueba, repite.

Etapa 6. O Cebreiro – Melide. 113 km

Etapa 6. O Cebreiro – Melide. 113 km

La cumbre de O Cebreiro, a 1400 metros de altura, amanecio con una intensa y humeda niebla. A pesar de que no llovía, las bicis estaban totalmente caladas. Esta vez todo las personas del albergue apuramos hasta casi las ocho en el saco, parece que la subida del día anterior nos afecto a todos.

Tras desayunar en el único bar que había abierto, a las 9 ya estabamos descendiendo. Suerte que traje ropa de invierno. Menudo frío. Encima mojándonos. Peor lo paso Jon, con coulotte corto y sin guantes. Los maños, que salían a la par, no pudieron evitar hacer un chiste de bilbainos.

Congelado de frío junto al monasterio de Samos

Tardamos casi 20 km en deshacernos de la niebla, por lo que bajamos deseando tomar algo para entrar en calor. La parada la hicimos en Sarria, un café caliente y un pincho de tortilla. A las 12 estabamos de nuevo en ruta. Nos quedaba el supuesto descenso a Portomarin, que de descenso tenía poco, sino de rompepiernas. En este tramo el globero a sufrido como un perro, y ya tocaba. La dureza de la etapa del día anterior me estaba pasando factura. A pesar de sufrir, a las 2 estabamos en Portomarin con 72 km en la buchaca. Y aún faltaba lo peor.

Tras reponer algo las fuerzas, en media hora estabamos subiendo de nuevo. Fueron unos 10 km picando para arriba, una paliza a esas alturas. En ese tramo, cada uno hacía ya la guerra por su cuenta. Jon, que estaba mejor, tiró para adelante. Quedamos en Palas de Rei. Una vez superada la subida, me tome un café para entrar en calor, que hacía falta. El resto de la etapa rode bastante bien, superando el bache. Encima, el tramo hasta Melide es de los más bonitos: entre bosques, aldeas y vacas. Incluso tuve que ir detras de un aldeano y su rebaño, esperando a que llegaran al pasto. Aproveche para recuperar de una cuesta y charlar un rato con el pastor.

Cauce del río Loio, cerca de Portomarin

En Palas, y aunque parezca mentira, Jon se encontro con uno de su cuadrilla que estaba haciendo el camino andando. Estuvimos un rato hablando con el, y continuamos, nos quedaban varios kilómetros, algunos duros. Tras varias ascensiones y descensos, aparecimos en el albergue de Melide. Nuestra idea era detenernos en el pueblo anterior, pero no había albergue, a pesar de que lo indicaba mi rutómetro.

Tras meternos una buena cena, lentejas y ternera asada a cantidades industriales, y ¡por ocho euros! Tocaba sobarla. A ver si nos dejan, el albergue esta arriba, asi que para las 6 nos despiertan seguro.

Etapa 5. Astorga – O Cebreiro. 114 km

Etapa 5. Astorga – O Cebreiro. 114 km

Etapon. Nos hemos comido los dos puertos más duros de todo el camino en un solo día: Cruz de Ferro y O Cebreiro. 2000 metros de desnivel en 114 km. A costado, pero hemos llegado a las 8 de la tarde.

El despertar en Astorga ha sido infernal. A las 6 de la mañana un grupo de italianos se ha tirado media hora preparando las mochilas para salir. Por supuesto que nos han despertado y exasperado. Por si fuera poco, cuando hemos conseguido volver a dormir, unos jubilados, también italianos, han encendidos las luces para prepararse a las 7. Increible. Encima se han estado hasta cortando las uñas. Teniamos que salir a las 8 del albergue, y llevabamos desde las 6 despiertos. Menudas ojeras.

Nada más salir de Astorga, la ruta pica para arriba sin tregua, aunque con algún descansillo. La subida a Cruz de Ferro comienza en Rabanal del camino, y durante 5 km el terreno pica para arriba. La subida ha ido muy bien, siguiendo un ritmo constate. Incluso me he permitido el lujo de hacer un tramo por la pista, desde Foncebadon. Tras alcanzar la cruz, el terreno depara sus sorpresas, ya que aún quedan las rampas más duras. Por suerte, ya conocía el camino y no me he llevado ninguna sorpresa.

Cruz de Ferro, a 1500 metros de altitud

La bajada ha sido larguisima. Con Ponferrada a la vista, los km de descenso se deboran. En la entrada de la ciudad no hemos detenido en una tienda de bicis. Llevaba la rueda descentrada desde hace un par de días, y por fin he descubierto porque: tenía un radio roto. Por suerte, me han atendido al momento y casi no hemos tenido que esperar. Con la bici ya a punto, tocaba llenar la panza, y lo hemos hecho en un Mercadona de Ponferrada: viva el hacendado.

Tras días de calor y sol, a medida que nos acercamos a Galicia, las nubes son cada vez mas oscuras. Se nota que el tiempo esta de cambio, y es normal, en esta época del año lo raro es que nos no haya llovido nada. Y tuvimos aun mas suerte, ya que por la tarde, y de camino a Villafranca del Bierzo, nos libramos de una chapurrada de las de aúpa. Nada mas llegar al pueblo, nos encontramos al grupo de los cuatro maños bajo cubierto, a la espera de que escampara. Habían dormido en el mismo albergue de Astorga que nosotros, por lo que llevábamos coincidiendo una y otra vez desde el día anterior.

A partir de ese momento, ceso la lluvia y pudimos seguir pedaleando unos kilómetros mas. El objetivo de la jornada era a menos Villafranca, pero como íbamos bien, nos animamos a tirar un poco mas adelante, hasta Vega de Valcárcel, unos 20 kilómetros mas adelante. Durante un buen rato fuimos con nuestros nuevos amigos, los maños, que eran de Borja, del club de BTT del pueblo. Formaban un grupo variopinto, con un veterano, uno un poco mas joven, y otros dos aun mas jóvenes. La verdad es que echamos risas con ellos, eran bastante simpáticos.

No se si fue porque vi que ellos subían, pero me anime a subir O Cebreriro ese mismo día. Eran las 6 de la tarde, teníamos 2 horas y media para subir el puerto. Esta era una guerra individual, una lucha contra las paredes que nos encontramos. La anterior vez, cuando fui con Isusko, pagamos la novatada de subir por la pista,y fue una paliza, sobre todo por la calzada de piedra, un infierno. En esta ocasión, volví a liarla, ya que en vez de seguir por la pista, seguimos la antigua carretera: en mala hora. Los desniveles eran infernales, nunca había subido por tal pared.

Los primeros 3 kilómetros fueron soportables, conseguí llegar hasta el pueblo de La Faba. Pensaba que habria algun descanso o que el desnivel descendería, pero todo lo contrario, la cuesta no aflojaba. Al final, tuve que echar pie a tierra y tirar de la bici, ya que iba mas rápido y mas cómodo que pedaleando. Tampoco quería cebarme y acabar con alguna lesión de rodilla. Le dije a Jon que tirara para adelante, y me estaba esperando en el siguiente pueblo, La Laguna. En total eran 12 kilómetros de subida, y me restaban al menos 4. Como pude, pedaleando o tirando de la bici, conseguí llegar a O Cebreiro sobre las 8, dos horas después de empezar la ascensión.

A la tercera será la vencida, elegí mal las dos veces anteriores, ya que hay un tercer camino para subir: la carretera nueva. Con algún kilometro mas, pero con desniveles asequibles, de hecho, los maños subieron por ahí. Para la próxima vez, ya se por donde tirar. Después de sufrir, al menos ya estábamos en Galicia, con 560 kilómetros acumulados. Lleguemos con el tiempo tan justo, que no nos dio a tiempo ni a sacar una foto en el pueblo. Rápido al albergue, ducharse, y a cenar, que a las 10 cerraban la puerta. Al Menos cenamos como señores, un caldo gallego para entrar en calor y un contundente estofado de jabalí. Y hacia falta, a los 1300 metros que estábamos, hacia un frío para helarse.

Etapa 4. San Nicolas – Astorga. 118 km

Etapa 4. San Nicolas – Astorga. 118 km

Cuarto día de ruta, y a diferencia de otras anteriores, tengo las piernas casi como nuevas. En cambio, tengo dolorida la zona lumbar, lo normal tras tantas horas de bici. En lo que a la mecánica se refiere, la rueda trasera la llevo un poco torcida, pero me permite seguir pedaleando, solo roza un poco con las zapatas de los frenos. Y una vez puestos al día de mi estado y el de la burra, ya va siendo hora de que vaya narrando lo ocurrido hoy.
Esta ha sido la última etapa fácil. Tras pasar por Sahagun a primera hora, nos esperaban unos 60 km para llegar a León. Y los hicimos bastante cómodos. Sin grandes repechos, pero con toboganes constantes, sobre todo cerca ya de León. Por el camino nos detuvimos en el Burgo Ranero, una pequeña localidad en la que Isusko y el globero tuvimos una desagradable experiencia viendo un partido de España en el mundial. Pero bueno, no merece la pena gastar palabras para contarlo. La mañana se paso con rapidez y sin nada destacable que contar.

A las puertas del Burgo Ranero

A eso de las 13:30 ya estabamos callejeando, a duras penas, por el casco antiguo leonés. Y es que estaba imposible de toda la gente que había. Es lo que pasa cuando coincide que es domingo de ramos, hace un día cojonudo y la gente sale a tomar tapas. Benditas tapas. Nos dio tiempo a tomar un par de ellas, y un bocata para afrontar el resto de la jornada. Durante ese rato, confirmamos que el exceso de querer lucir elegante, moderno y estupendo, lleva a las personas a hacer el mayor de los ridículos. Es lo que tienen los domingos por la mañana.
Con las pilas cargadas de nuevo, salimos dirección Astorga, el objetivo marcado para el día. Restaban aún 50 km. Bajo un sol de justicia, una vez más, algo increible para esta época del año, avanzamos casi sin parar hasta Puente de Orbigo. Bonito pueblo, en el que destaca sobremanera su imponente puente (de ahí su nombre claro). La anterior vez que pasé, estaban celebrando un torneo medieval, y es que el sitio da mucho juego. En este pueblo coincidimos con un grupo de cuatro maños, que nos pasaron el segundo día y no les habiamos vuelto a ver. Aprovechamos para cambiar impresiones con ellos en un agradable rato de charleta.

El megapuente en Orbigo, entre León y Astorga

A pesar de que en perfil se nos presentaba un final llano, nos tocó pegarnos con un par de repechos de esos que parecen no tener fin, y más cuando ya llevas 110 km en las piernas. Sarna con gusto no pica.

Ya en Astorga, nos alojamos en el albergue municipal, que a pesar de ser de los grandes, merece la pena.

Etapa 3. Tardajos – San Nicolás del Real Camino. 110 km

Etapa 3. Tardajos – San Nicolás del Real Camino. 110 km

Etapa de transición para Jon y el globero. Tras el desayuno de torrijas del amigo Pablo, solo podiamos rodar como leones. Y asi fue. Desde Tardajos hay una constante subida, no excesivamente dura, pero durante al menos 15 km. Los hicimos con facilidad, pero reservando para lo que nos esperaba un poco más adelante: la pared de Castrojeriz. Un km a un desnivel medio del 12%, una tarrascada en toda regla. Te la encuentras nada más salir del pueblo, y te vas acercando con la incertidumbre de si seras capaz de vencer al muro. Un pulso a la gravedad. Excepto por 4 metros, consegui subir el resto, sufriendo, pero hasta arriba.

Tras la subida, continuamos rodando hasta la provincia de Palencia, una vez cruzado el río Pisuerga. La primera localidad palentina es Itero de la Vega, donde aprovechamos para comer un bocadillo de chorizo. Curiosamente, en este pueblo dormimos Isusko y yo en mi primer camino. Con la digestión en marcha, y 42 km ya en el zurrón, tocaba continuar bajo un sol de justicia. Al menos el canal de Castilla nos acompaño durante un buen rato. Daban ganas de bañarse, pero cualquiera se mete en esas aguas. Un par de horas después, arrivavamos a Carrión de los Condes. Unos pocos km más adelante nos esperaba uno de los tramos más odiosos del camino. 12 km en una recta interminable, que pica para arriba, y casi sin sombras. Un tramo duro, sobre todo mentalmente. Pero aún peor para los peregrinos que van andando. A nuestro par llegaron tres señoras francesas, que iban casi sin agua, y sufrieron bastante.

Ya habiamos recorrido 94 km, cuando pensabamos que estaba hecho, tuvimos que lidiar con varios repechos traicioneros, pero nada nuevo. A las 6 estabamos en San Nicolas, aparcando las bicis hasta la siguiente jornada, y con otros 110 km el zurrón. El albergue tenía buena pinta, y decidimos quedarnos. Todo un acierto, ya que estaba muy bien, e incluso hice la colada en lavadora, ropa limpia de nuevo. Se llama albergue Laganares, por si alguna vez pasáis por aquí. Por cierto, si notáis algo raro en los posts, megaparrafos por ejemplo, es porque los estoy escribiendo desde el móvil, que cuesta un rato, pero al menos lo puedo hacer a diario. Mañana, toca León.

Molinos cerca de Castrojeriz

Etapa 2. Haro – Tardajos. 110 km

Etapa 2. Haro – Tardajos. 110 km

Si la primera etapa la podemos considerar como toma de contacto, la segunda ha sido de adaptación al terreno. Trás rodar placidamente por carreteras comarcales, tocaba por fin hincarle el diente a la pista riojana. La comodidad se torna en dolor de culo por las piedras, del traqueteo martilleante de las pronunciadas bajadas, y como no, en dolor de riñon por las cuestas interminables. Pero el camino es eso. Una prueba a las fuerzas, y no solo físicas, sino de la cabeza: cuando el dolor aprieta o las piernas flaquean, tener la voluntad para sobreponerse. Dar siempre un poco más de lo crees que tienes. Y por esas pistas, rodando entre viñedos, llegamos hasta Santo Domingo, por fin en el camino francés. En esta localidad estuvimos hablando con un peregrino brasileño, de Río de Janeiro concretamente. Nos dio tiempo a hablar un rato de fútbol, de Romario sobre todo. Saliendo ya de Santo Domingo, y por delante, nos aguardaba una subida tendida pero constante hasta los 1100 metros del puerto de la Grajera. Hasta llegar a ese punto tocaba sortear infinidad de repechos, atravesando asimismo pequeños pueblos. Es increible ver la Rioja tan verde, todo un placer rodar por sus campos.

 

La Rioja también es verde

Tras unas horas de pedal, tocaba repostar la maquina, y que mejor que un plato de espaguetis con tomate y chorizo, energía pura. Belorado fue el lugar elegido. Asi ya estaba en condiciones de atacar el puerto. Con lorenzo apretando de lo lindo, volviamos al camino, y en una hora nos encontrabamos a los pies del puerto, dispuestos a darlo todo. Y tuvimos que hacerlo. Nada más arrancar, a 200 metros, tocaba echar pie a tierra y empujar la burra, imposible subir de pie por ese terreno. Por suerte duró poco y pudimos montar de nuevo. No se que fue mejor, nos aguardaba un repechon de al menos el 8%, si no era más. A sufrir. Poco a poco el terreno se fue suavizando y se hizo una subida más llevadera. Costó, pero por fin coronabamos. Supuestamente era casi todo bajada hasta Burgos. De camino nos detuvimos en el monasterio San Juan de Ortega a tomar una cocacola. Y en poco pasabamos por Atapuerca, pena no tener unas horas para visitarlo. A las 7 de la tarde ya nos encontrabamos en Burgos capital. Y cada vez que el camino cruza una ciudad, el peregrino tiene que armarse de paciencia. Casi una hora nos costo llegar a la catedral. Al menos la salida de la ciudad fue rápida. Nos plantamos en Tardajos a las 20:30, tras 7 horas de pedaleo para hacer 110 km, casi todos por pista. Lo mejos es que no estamos muy cansados, sino no estaría escribiendo estas palabras en el blog. En Tardajos nos encontramos con uno de los hospitaleros más majos que hasta ahora hemos tenido. Pablo, un joven de Madrid que nos trato a las mil maravillas, incluso desayunamos con el, torrijas caseras concretamente.

 

Monasterio de San Juan de Ortega, a las puertas de Burgos