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Mes: noviembre 2011

Sierra de Mendigisa en Orozko

Sierra de Mendigisa en Orozko

Por si a alguien le apetece hacerla alguna vez, cuelgo una ruta por los montes de la sierra de Mendigisa, en Orozko. La sierra va desde Untzeta hasta Bikotx Gane. Es una zona que no conocía, y que está bastante bien. Una vez se sube el primer monte, es un sube y baja constante, pero no hay rampas excesivamente duras.

Montes: Arrizurigana, Arrugaeta, Aizbelaga, Garaigorta

Como llegar: en dirección Orozko, y una vez pasada la gasolinera, coger la primera salida hacia la izquierda, a unos 150 metros.  Aparcar el coche en el barrio Okeluri, una vez pasado el río. Desde la carretera se ve claramente un cartel que indica una pista hacia Untzeta.  Ya no hay perdida. Iniciar el ascenso por esa pista.

Señalización: se pueden seguir unas marcas blancas y amarillas en toda la ruta. Si se pierden las marcas, seguir siempre cresteando por los montes.

Descripción: los 4 primeros kilómetros son de subida, concretamente hasta Arrizurigana. El resto de la ruta se hace cresteando por las cumbres de Arrugaeta, Aizbelaga y Garaigorta. Al llegar a Garaigorta, se ve Bikotx Gane al fondo, y sobre el mismo, el macizo del Gorbea.

Distancia: 20 km (ida y vuelta).

Pinchar en la imagen para ver el detalle completo de la ruta en Wikiloc
Primer cruce de la ruta, en el km 4, hay que seguir por la izquierda
Hay un segundo cruce, a 5 metros del anterior, seguir por esta pista
Bajo la niebla, Zeberio
¿Quién dijo vértigo? Espectacular vista desde Garaigorta
Untzeta al fondo, visto desde Garaigorta, tocaba volver
El macizo de Gorbea, oculto bajo la niebla
Ya de vuelta, llegando al rocoso Aizbelaga
Caminando por las cumbres de los montes
Islandia. Día 7. Berg – Siglufjörður

Islandia. Día 7. Berg – Siglufjörður

Tras quedarnos sin ver ballenas, volvimos a la ruta con ganas de ver una gran ciudad, o al menos esa era la idea. Llevabamos varios días transitando por lugares aislados, pueblos pequeños, lugares con encanto; pero necesitabamos volver a sentir el pulso de la civilización. Nos acercabamos a Akureyri.

Godafoss al fondo

El día amanecio lluvioso. Dejamos Berg sin prisas, y de nuevo en la carretera, nos acercamos a ver la cascada de Godafoss o catarata de los dioses. Realmente, las que vimos los primeros días, Skogarfoss o Gulfoss, eran más espectaculares, pero Godafoss tenía su historia particular. En este mismo lugar, los antiguos islandeses abandonaron el paganismo, dejaron de lado sus antiguos dioses y se convirtieron al cristianismo. Y lo hicieron a su vez de un modo simbólico: arrojando a la cascada las figuras de sus dioses paganos. Fue en el año 1000. No se si ganaron con el cambio.

Después de conducir un rato con una lluvia incesante, llegamos por fin a Akureyri. Tratándose de la segunda ciudad en importancia de Islandia, nos esperabamos una gran ciudad, nada más lejos de la realidad. Con sus 17000 habitantes, menos que Laudio, no pasa de ser un pueblo grande. Tiene infraestructuras de ciudad: puerto, aeropuerto, todo tipo de servicios, etc., pero sorprende que este todo tan recogido.

Iglesia de Akureyri

Durante la visita dejo de llover, por lo que pudimos pasear por sus calles  tranquilamente. En unos cientos de metros, encontramos todo lo que buscabamos. En primer lugar, nos dirigimos a la iglesia. En Islandia hay dos tipos de iglesias: las antiguas y pequeñas, que son comunes en los pueblos pequeños; y las nuevas y grandes, que destacan sobre todo por su arquitectura. La de Akureyri es un claro ejemplo de la arquitectura vanguardista que sustituyo la belleza de lo pequeño por la precisión y el diseño de lo moderno.

Como era media mañana, entramos en una original cafetería, el Blaa kannan cafe, para hacer el hamaiketako. Por fuera, era una de las casas más bonitas del casco urbano, nos llamo la atención sobre todo por eso, pero lo realmente interesante era el interior: pasteles, tartas, cafes, helados, bocadillos, sopas… todo con un aspecto increible. Aprovecho para hacer un comentario sobre el café en Islandia: se ven muy pocas cafeteras como las que estamos acostrumbrados a ver aquí, en la mayoría de los sitios hacen café de máquina, o mejor dicho, te lo tienes que preparar tu mismo. Ellos te dan el vaso, y tu pones la mano de obra, pulsas al botón, y listo. A pesar de eso, me tome un montón de cafes, y aunque pueda parecer imbebible, no estaba mal del todo. En el Blaa kannan, el café era del bueno, echo a mano, y con cafetera de las buenas. Y no solo estaba bien el café, las tartas, que era lo otro que probamos, sublimes. Nos comimos una de chocolate, negra como el chapapote, espectacular.

Esti junto a un vikingo 'de pega'

Continuamos el paseo por la calle principal, y nos detuvimos a hacernos unas fotos con unos graciosos muñecos que había en la tienda ‘The Viking’, cadena de souvenirs y productos islandeses. Como he comentado antes, la ciudad no daba para mucho más, por lo que tras hacer una visita al banco, volvimos a la carretera. Antes de abandonar Akureyri, nos paramos en una de las orillas del semifiordo que coronaba, y visitamos un área en la que su día hubo un embarcadero, quizá el primero de la ciudad, y del que ya no quedaba nada más que el recuerdo.

De nuevo en la costa, pero esta vez en la norte, seguimos la sinuosa carretera hasta Dalvik, siguiente parada de nuesta ruta. Dalvik es un pequeño pueblo de pescadores, que como muchos otros en Islandia, no le falta su fabrica de pescado. Un par de vueltas por la calle principal fueron suficientes para darnos cuenta de que los dos únicos restaurantes del pueblo estaban cerrados, por lo tanto, y una vez más, tocaba comer en la gasolinera local. El menú de las N1, que así llamaba la compañía, consistía en hamburguesas, bocadillos, kebab y pizza. Curiosamente, la misma persona que atendía la estación, se metía en la ‘cocina’ y preparaba los platos. Todo en uno, cual hombre orquesta.

Puerto de Siglufjörður

Con el estomago reconfortado, no podíamos más que retomar la difícil carretera costera. Impresionaban las montañas que ibamos atravesando. Ibamos pegados al mar, pero surcando escarpados montes. De en vez en cuando, atravesabamos túneles, largos y poco iluminados, pero no había otra forma de ir de un pueblo a otro, si no querías ir por el mar. Atravesamos la primera montaña para llegar a Olafsfjordur. Pasado el pueblo, nuevamente nos adentramos en otro tunel, de unos 3 kilómetros. Una vez salimos, nos encontramos con un paisaje increible, entre dos montañas, y con el mar de frente. Tras atravesar un último tunel, llegamos a Siglufjörður, nuestro destino.

Al igual que los pueblos de esta zona, los habitantes de Siglufjörður viven casi en su totalidad de la pesca. Lo que más nos llamo la atención de este pueblo era que tenía una estación de esqui. Si, has leido bien, un pueblo costero con pistas de esqui. Casi nada. Tras dejar las maletas en el hostel, que era más un hotel que otra cosa, dimos una vuelta por el pueblo.

Esti sentada entre las esculturas

En la zona del puerto nos encontramos con unas graciosas esculturas de madera, y no pudimos evitar fotografiarlas. El puerto estaba muy bien. Recien reformado, habian construido varias cafeterías y restaurantes donde antes había unos antiguos almacenes, que fueron devorados por las llamas. Esta era una más entre otras medidas tomadas para reactivar la economía local, con el objetivo de que el número de habitantes no disminuyera, ya  que en los últimos año habían perdido mucha población. No se si lo conseguiran, pero el resultado en el puerto era magnífico.

Antes de que anocheciera, nos dio tiempo a tomar un cafe (de verdad), volver al hostel y volver a salir para cenar fuera. Imposible. Los dos únicos restaurantes estaban cerrados, y un tercero, recomendado en la guía, no lo encontramos (o ya no existía). No es entendible como pueden subistir los hosteleros, en verano abriran todas las noches, pero una vez llega septiembre, hay pocos restaurantes abiertos. Por lo tanto, y una vez más, nos preparamos la cena en el hostel, y a la cama. Por cierto, que esa noche jugaba la selección islandesa de fútbol, y descubri que Gudjohnsen sigue en activo. Obviamente, es una estrella en el país, y más conocido que el Stjarnan Fc

Ascensión al monte Gorbea desde Austigarmin

Ascensión al monte Gorbea desde Austigarmin

No todo va a ser viajar a lugares lejanos, a veces, merece la pena darse una vuelta por los alrededores y descubrir nuevos paisajes y lugares. El sábado, tras dudar entre coger la bici o subir al monte, me decidi por hacer una pequeña incursión al monte Gorbea, más concretamente a su famosa cruz. En un par de ocasiones había subido hasta Ipergorta, pero nunca había ido más alla. Enta vez, subi en coche hasta el aparcamiento de Belauztegi, y comence la ascensión desde allí. Por si alguien se anima, pongo la ruta, distancia y algunas fotos. La cumbre estaba cubierta por la niebla, por lo que no saque ninguna foto de la cruz.

Ruta: Aparcamiento Belauztegi, Austigarmin, Ipergorta, Egiriñao, Gorbea

Distancia: 18.5 km (ida y vuelta).

Niebla a partir de Egiriñao
Hayedo en Egiriñao
Entre Egiriñao e Ipergorta
Entre Egiriñao e Ipergorta
Gorbea desde Ipergorta
Ovejas en la bajada desde Austigarmin
Islandia. Día 6. Husey – Berg

Islandia. Día 6. Husey – Berg

Sexto día de viaje. Llegamos al ecuador del mismo, y todavía quedaban un montón de cosas por ver y disfrutar. Abandonamos Husey con la pena de no haber visto las focas, pero para ese día teníamos un plan todavía más atractivo: el avistamiento de ballenas. Nos aguardaba un largo trecho en coche, salimos a las 8 de la mañana de Husey con la idea de ver todo lo posible por la mañana y dejar los de las ballenas para la tarde.

Hverir en estado puro

A eso de las 11 nos plantamos en el área geotermal de Hverir. Si el entorno era impresionante, lo era aún más el apestoso olor que desprendían los pozos.  Pero merecía la pena de todas todas. Hverir está plagado de pozos y fumarolas, e impresiona el calor que desprende la tierra. En esta zona hay un montón de estaciones geotermales, lógico, solo hace falta dar un pequeño paseo para encontrarse una caldera en cualquier esquina. Por lo que pude leer en un panfleto, habían intentado un montón de veces plantar algo en esta zona, pero sin ningún resultado. De hecho, en una ocasión probaron plantando patatas, y se sorprendieron mucho al descubrir que crecían. La sorpresa llegó cuando fueron a sacarlas de debajo de la tierra, y descubrieron que estaban ¡cocidas! Os pongo un enlace a una completa galería de imágenes.

Hverir se encuentra a un par de kilómetros del lago Myvatn. Es una zona muy conocida en Islandia, ya que se pueden encontrar infinidad de lugares pintorescos en muy poca distancia. Estos son algunos de ellos:

Hverfell: un cono gigantesco, de 400 metros de alto.

Dimmuborgir: un área plagada de negras rocas de lava, de varios metros de altura, de lo más tétricas, y entre las que puedes pasear por senderos señalizados. Son conocidas como los castillos negros.

Pseudocráteres en Skutustadir: otra área con varios conos, no tan grandes como Hverfell, pero con más encanto, al estar al lado del lago y ser de color verde.

Uno de los cráteres de Skutustadir

La visita al lago fue más rápida de los que hubieramos deseado. Desde Hverir hasta Skutustadir, sufrimos la habitual la plaga de mosquitos de la zona. Se metían por los ojos, boca, nariz u orejas, sin descanso, por lo que estabamos continuamente espantándolos como podíamos, con el buff en la cara y andando con paso ligero. Cuando nos marchamos, entrabamos y saliamos del coche a todo correr para que no entraran dentro. Vaya coñazo. Después descubrimos que Myvatn significa ‘lago de las moscas enanas’.

Tras librarnos de los mosquitos demoniacos, pusimos rumbo a Husavik. Nos aguardaban las ballenas. Tras cruzar otra zona montañosa por una carretera comarcal, sin asfalto por supuesto, vimos de nuevo el mar más o menos a la hora de comer. Tras comprobar que la siguiente salida para ver ballenas era a las 5 de la tarde, buscamos un sitio para comer. Dimos un par de vueltas por el pueblo y nos decidimos por el Gamli Bakur, un restaurante situado en el mismo puerto.  Tras unos días comiendo en gasolineras, por fin nos sentabamos en un restaurante que no era un grill. Y la verdad es que merecio la pena. No solo por lo bonito que era el local, sino porque la comida era bastante buena. Comimos el pescado del día, salmón concretamente, acompañado con ensalada. Sobra decir que el sabor era infinitamente mejor al del salmón que comemos aquí.

Uno de los barcos utilizados para avistar ballenas

Después de comer paseamos por el puerto y pudimos ver como algún barco descargaba el pescado a las lonjas. La economía local se basa principalmente en la pesca, por lo que había varias empresas dedicadas al pescado congelado. Lo que pudimos apreciar en varios de los pueblos consteros que visitamos, fue que el pescado sobre todo se congela, imagino que para la exportación. En ningún sitio (ni en la costa ni en el interior) vimos pescadería alguna. De todos los supermercados que estuvimos, y fueron bastantes, solo vimos en uno que vendieran pescado fresco. Y lo mismo con la carne, era toda congelada.

Un poco antes de las 5 ya estabamos esperando frente al muelle de los barcos de North Sailing. Justo estaba llegando el anterior barco, por lo que cuando se bajaron los últimos pasajeros, pudimos subir a bordo. El barco era precioso. Un poco más pequeño que el de la foto.

Nos aguardaban 3 horas de navegación, no aptas para personas propensas a marearse. A medida que nos ibamos alejando del puerto y adentrándonos en mar abierto, el barco iba balanceándose cada vez con más violencia. Para unos paisanos de tierra firme como nosotros, se trataba de una experiencia de lo más movida. Nos sentamos en unos bancos en la proa del barco, y casi no nos movimos en todo la salida, quizá por eso no nos mareamos. En algún momento me puse de pie para grabar o sacar alguna foto, pero con el movimiento, era casi imposible atinar con el enfoque y encuadre.

Durante la primera hora, fuimos avanzando hacia mar abierto, con los ojos bien abiertos, por si veiamos alguna señal de las ballenas. El barco salió de la bahía y estuvimos dando vueltas mar adentro, a la espera de encontrarnos alguna ballena que pasara en esos momentos por ahí. Supuestamente, estabamos en una zona de paso en su migración hacia el ártico. Los minutos pasaban y no había ni rastro. Vimos algunos delfines, pero ese no era nuestro objetivo.

Esti tomando el chocolate

El sol se iba escondiendo, y el frío empezaba a atenazarnos sin compasión. A pesar de estar muy abrigados, el gélido viento del mar se nos metía hasta los huesos. El hecho de llevar dos horas sentados sin movernos tampoco ayudaba mucho. Entre el frío que estabamos padeciendo, y a la vista de que no ibamos a ver ninguna ballena, ya estabamos con ganas de volver a tierra firme. Nos dieron un chocolate caliente y un dulce de canela, llamado cinnamon rolls. Por lo menos nos endulzo la vuelta. Segundo intento de ver la fauna salvaje islandesa, y segundo fracaso.

Volvimos al puerto sobre las 8, cuando ya estaba anocheciendo. Solo nos quedaba coger el coche y buscar el hostel de Berg. Se encontraba a unos 20 kilómetros y nos fue fácil encontrarlo. En el mismo coincidimos con una pareja catalana, que estaban haciendo la misma ruta que nosotros, pero en el otro sentido.

Islandia. Día 5. Berunes – Husey

Islandia. Día 5. Berunes – Husey

Un día tranquilo. De transición. Tras todas las cosas visitadas en los últimos días, se agradece bajar un poco el ritmo. El día anterior llegamos a Berunes de noche, así que aprovechamos para hacer unas fotos del entorno del hostel.

Granja del Berunes Hostel

Reemprendimos la ruta por la carretera nº1, nos aguardaban otra buena cantidad de kilómetros. Al igual que el día anterior, transitamos por carreteras aisladas, con unas pocas granjas a la vista. Dejamos la costa para digirnos hacia el interior, paulatinamente, el tiempo fue mejorando. Como se ve en la foto, las nubes se encontraban alojadas en los montes costeros, y al parecer, no había manera de librarse de las mismas.

A media mañana pasamos por una de las carreteras más precarias por las que circulamos en todo el viaje. Y aprovecho para recordar, si no lo he hecho antes, que las carreteras islandesas no son aptas para conductores miedosos. Como detalle, cuando alquilamos el coche nos ofrecieron un seguro por impacto de grava, encima, intentaron vendernos otro seguro antivuelco. Los cambios de rasante son comunes. En los mismos, conviene aminorar la velocidad si no quieres salir volando. Respecto a la grava, un amplio porcentaje de carreteras, una vez que sales de la principal, son de piedra suelta, por lo que es normal que ofrezcan un seguro. Me imagino que con su metereologia invernal será imposible mantener un asfalto en condiciones.

Volviendo a lo que estaba contando, estabamos atravesando una zona montañosa, por el entorno de Stefansbud. La carretera, pasó de la grava a la tierra justo en el punto más alto del puerto, cuando más pendiente tenían las cuestas. Todo esto sin quitamiedos ni ningún tipo de barrera. Pasamos sin problemas, pero no quiero ni pensar como tiene que ser ese paso en invierno, con toda la carretera nevada y con hielo. Y esta era la carretera principal.

Escultura en un río cercano a Lagarfljot

Una vez atravesado el entorno de Stefansbud, fuimos descendiendo poco a poco, disfrutando de los paisajes, rodando junto a lagos y ríos. Fue pasar las montañas y cambiar el tiempo de manera milagrosa. Olvidada la lluvia y la niebla, volvimos a ver el sol, después de casi dos días. El paisaje parecia distinto, el color verde, de otra tonalidad. El lago Lagarfljot reflejaba las montañas en sus 25 kilómetros de longitud.

La mañana pasó tranquila, y paramos en Egilsstadir para comer, como no, en la gasolinera del pueblo. En este caso, el pueblo era grande, incluso tenía aeropuerto para vuelos internos. En consonancia, la gasolinera también lo era. Al ser domingo, muchos islandeses salieron a comer fuera de casa, por lo que había bastante gente, y pudimos ver las porquerías que comían. ¿Verduras? Ni por asomo. ¿Ensaladas? Una y gracias. ¿Pizzas, patadas, kebab y hamburgesas? Todas las posibles y más.

Por la tarde llegamos a la granja y hostel de Husey. Tras 30 kilómetros en una carretera de piedra suelta, encontramos la granja, junto una espectacular bahía, rodeada de montañas nevadas. Llegamos con tiempo de sobra, sobre las 5 de la tarde, por lo que dimos un paseo por el entorno, con la idea de ver focas. Nos alejamos de la granja y cogimos una pista, que supuestamente nos llevaría a la zona en la que se encontraban las focas. En la entrada se podía leer con claridad entre otras cosas, que recomendaban llevar un palo para defenderse del ‘great skua’. No especificaban que tipo de animal se trataba, por lo que decidi coger una pequeña estaca que había junto al camino, por precaución. Sobre el mapa de la zona pudimos ver que había una primera ruta de unos 4 kilómetros, y una segunda de más de 10. Empezamos a caminar, y poco a poco la niebla se nos fue echando encima. Tendríamos una visibilidad de 1o metros, por lo que no había problemas para seguir la pista. El viento era helador, por lo que nos tapamos todo lo posible y anduvimos un poco más ligeros, pensando en entrar en calor.

Media hora después, la niebla se disipo, e incluso salió un poco el sol. A todo esto, llevaba notando un buen rato que había un pajaro volando en círculo sobre nosotros y soltando graznidos. Levante el palo y lo agite en el aire para espantarlo. Obviamente, no se nos ocurrió pensar que nos iba a atacar, ni que podía tratarse del great skua, por lo que fuimos buena parte del camino pensando que tipo de animal podría ser el great skua. Después descubrimos que si que era el pajaro que nos rondaba. Si no hubiera agitado el palo, seguramente nos habría atacado.

Llegamos a orilla del río deseosos de encontrarnos las famosas focas. Leimos por internet que en esta ziona existía una importante colonia de focas, y que seguramente podríamos verlas. Nuestro gozo en un pozo. Tras darnos unos cuantos paseos por la orilla, y dejarnos la vista oteando el horizonte, decidimos volver, allí no había ninguna foca. La verdad es que estabamos ilusionados, y nos llevamos un chasco, pero sabíamos que no sería nuestra última oportunidad.

Islandia. Día 4. Hvoll – Berunes

Islandia. Día 4. Hvoll – Berunes

El hostel de Hvoll fue seguramente el mejor de todos los que estuvimos. Más que un hostel, parecía un hotel. Como detalle, tenía 3 cocinas, por lo que no había que esperar a nadie para hacerse la cena. El entorno, tampoco tenía desperdicio. Aislados, y rodeados de ríos, lagunas, montañas… En el hostel coincidimos con una chica de Guadalajara, que llevaba trabajando todo el verano en Islandia. Por lo que nos comentó, había hecho un verano malisimo y casi no habían visto el sol.

Svartifoss y sus columnas de basalto

Ese mañana volvíamos a Skaftafell, nos quedaba alguna cosa por ver en la zona. De paso, llevamos a la chica de Guadalajara y a una amiga alemana al parque, ya que allí iban a coger el autobus de linea.

Hasta ese momento, solo nos habíamos movido por el área de la entrada, ya que debido a sus dimensiones, haría falta unos cuantos días para verlo entero. Por eso, decidimos ver el glaciar, y una de sus cascadas: Svartifoss. Para llegar hasta la cascada, realizamos un pequeño trekking de una hora, casi todo cuesta arriba. Pero merecio la pena. Las columnas de basalto, con su color negro, daban un aspecto increible al entorno. Por suerte, el tiempo nos respeto tanto a la ida como a la vuelta. Algunas gotas, pero nada comparado con lo del día anterior. Una vez reemprendimos la ruta, el tiempo cambió bruscamente. Otra vez. Lluvia, viento y frío. Lo normal en Islandia.

En esa tesitura, llegamos al lago glaciar de Jökulsárlón. Un lago plagado de icebergs, entre los que ibamos a navegar en un buque anfibio. Nos acercamos a la cafetería del lugar, y tras sacar los billetes, nos tomamos un chocolate. Estaba lloviendo a mares, y estando pegados a los bloques de hielo, podéis imaginaros que calor precisamente no hacía. En la misma cafetería coincidimos con un cicloturista, ¡en pantalón corto!, que estaba tomando algo para entrar en calor. Increible. Eso si que es mérito.

Anfibio de Jökulsárlón

Mientras esperabamos a que saliera el barco, nos compramos unos ponchos cutres en la tienda de souvenirs, en vista de que no paraba, y que teníamos que estar media hora en el barco, y bajo la lluvia. En ese momento llegaban dos japonesas, con ropa de primavera, que cuando nos vieron con los ponchos, y se los compraron ellas también. La diferencia es que nosotros llevabamos chaqueta, forro y térmica debajo del poncho, gorro de lana, guantes, etc., como se ve en la foto, iba embutido cual longaniza. En cambio, ellas iban con una chaqueta fina, y creo que no llevaban ni guantes.

Los barcos, o mejor llamarlos anfibios, eran una mezcla de barco y todoterreno. Nos llevaron sentados en el trayecto de tierra, y una vez navegando en el agua, ya podíamos levantarnos. Casi mejor, porque nos mojamos todo el culo en el banco de madera.

Iceberg en Jökulsárlón

El anfibio se iba acercando poco a poco a la zona del glaciar. Y todos sacando fotos como locos. La pena fue que la espesa niebla nos impidió verlo en toda su extensión. De todos modos, estabamos navegando entre los tempanos de hielo que se iban desprendiendo del glaciar, casi nada. Como parte de la visita, recogieron un trozo de hielo y nos dieron a probar pequeños cachitos, la verdad es que fue curioso. Pero más curioso fue ver a la guía coger un bloque de hielo de medio metro con las manos desnudas. Para echarse a temblar.

La anécdota, que siempre hay alguna, la protagonizaron una joven pareja, creemos que de algún país nórdico. Los muy bestias, llevaron en el barco a un bebe de meses, cuando podíamos estar a 0 o 2 grados tranquilamente. Pero lo peor no fue eso, sino que lo llevaban con un buzo fino de narices. El pobre empezó a berrear cuando llevabamos un rato, y como no paraba, tuvieron que meterlo en la cabina del capitan (que estaba abierta) para que se le pasara un poco. Y allí iba el capitan, con el volante en una mano y con el niño en la otra.  El padre, lo rodeaba con su chaqueta para darle calor. Inconscientes.

El mal tiempo continuo durante el resto del día. Parte de la jornada la pasamos montados en el coche, y no solo porque hiciera malo, sino porque nos quedaban bastantes kilómetros para llegar al siguiente hostel. A mitad de camino, paramos en la localidad de Hofn, para comer y hacer algunas compras en el supermercado. Hofn es un pueblo costero, y como tal, vive sobre todo de la pesca. Fue precisamente en el puerto, en un pequeño grill, donde degustamos uno de los bocadillos más lujosos que probaremos nunca: el bocadillo de langosta. ¿Alguien podía imaginar que esas dos palabras son compatibles? ¿Bocadillo+langosta? Obviamente, esta muy muy bueno, y al cambio costaba unos 8 euros. Hafnarbúðin se llamaba el sitio.

El día no dio para mucho más. El resto del viaje hasta el hostel fue duro. Entre el mal tiempo, que estaba bastante oscuro, y que no había mucho para ver por la zona, fuimos haciendo los kilómetros sin prisa pero sin  pausa. Solo paraba de vez en cuando para grabar un poco el paisaje. Circulabamos junto al mar, y era muy bonito, una pena que la niebla estuviera metida en las montañas y acantilados.

Litera de la habitación, y no era de Ikea

Y por fin, cuando estaba casi de noche, llegamos al hostel de Berunes. Se trataba de una antigua casa, tipica islandesa, de madera, que habían conservado tal cual. La familia se había mudado a una casa nueva, justo al lado, y habían abierto el hostel sin hacer ningún cambio ni reforma. Eso no significa que no fuera ni cómodo ni limpio, ya que estaba impoluto y teniamos todas las comodidades. Esa noche, compartimos el hostel con una familia alemana, con los coincidiriamos las siguientes noches.