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Autor: Pagazauskas

Etapa 1. Laudio – Haro. 85 km

Etapa 1. Laudio – Haro. 85 km

Partimos de Laudio a las 11 de la mañana, cuando el sol empezaba a calentar el ambiente, ya de por si animado por la huelga. Teniamos como objetivo llegar al menos hasta Haro, y casi no lo conseguimos, pero bueno, mejor no me adelanto, todo a su debido tiempo. La primera parte de la etapa ha transcurrido de fábula: tras llegar a Orduña, la subida a la barrerilla ha ido muchisimimo mejor de lo esperado, con fuerza y a un ritmo constate. Pensaba que estaba en peor forma que en agosto, pero todo lo contrario. A eso de las 3 de la tarde, en el km 55, tocaba parar para comer. Nada mejor que un bocadillo cardinale en Pobes. En el único bar abierto del pueblo, aprovechamos para repostar con un jugoso bocadillo de tortilla, segun el dueño, todos sus bocatas eran de cardinale. No se si lo decía en sentido eclesiastico o por Claudia.

El bocadillo cardinale de Pobes

Indiferentemente de esto último, parece ser que el tio no puso todos los huevos en la tortilla, ya que me salio uno en la rueda. Y cuando digo huevo no exagero. Aún no me explico como pudo salir. Tras deshinchar un poco la rueda, al menos pude seguir, pero con la cubierta rozando la bici. Era cuestión de tiempo que cascara, pero habia que continuar, necesitaba una cubierta con urgencia, y el único sitio cercano era Miranda de Ebro. Asi que tuvimos que desviarnos del plan inicial, y seguir dirección Miranda, en paralelo a la autopista, en vez de conectar con el camino del interior en La Puebla. No tardo mucho en chafarse el invento, en Igay, a 10 km de Miranda, la rueda dijo basta y adios. ¡Menudo reventon! El globero de nuevo con problemas técnicos, y esta vez serios. ¿Como podria salir de esta? Gracias a que Jon tenía internet en el móvil, contactamos con una tienda de bicis de Miranda. Estaba abierta.

El asunto era como llegar a la tienda con la cubierta echa trizas y estando a 10 km. Por suerte, en el banco donde nos sentamos había una pegatina con el teléfono del taxista de la zona. Algún día contare la historia de nuestro amigo el taxista, menudo figura. En unos minutos estabamos en la tienda, Jon en bici y el globero en el taxi. Casualidades de la vida, el señor de la tienda había sido ciclista profesional, ¡y había corrido en la Ciclista Llodiana alla por el año 68! Nos tiramos un rato con él de cháchara, contando batallitas. Un placer encontrarse gente así por el mundo. Encima había trabajado en el peaje de Areta, incluso en Guardian. Si alguna vez paráis en Miranda, no dejéis de visitar Ciclos Cauvilla. Con la bici casi como nueva, ya solo nos quedaba arrancar para Haro. En una hora estabamos en la puerta del albergue, y en un rato duchados y dispuestos a cenar y ver el partido del Athletic. Una vez más tuvimos que hacer recena, ya que el filete que nos pedimos era minúsculo. Menos mal que en el bar de al lado había pincho pote, y engañamos un poco al estomago. Victoria de los leones y a sobarla. El primer día había dado para mucho.

Albergue de Haro
De nuevo de camino

De nuevo de camino

Caminante, se hace camino al andar, y en mi caso, al pedalear. Vuelvo a montar en la burra, esta vez en dirección a Santiago. Es la segunda vez que emprendo el camino francés, pero en esta ocasión, a diferencia de la primera, partiendo desde Laudio. También cambio de acompañante, Jon Campos sera mi compañero de fatigas. Si todo marcha como debiera, mañana haremos noche en Haro o Santo Domingo. Siempre y cuando la huelga nos lo permita, ¿acaso haran huelga los hospitaleros? Je, je, espero que no, por si acaso llevare la esterilla. Intentare ir narrando las aventuras o desventuras, si San Wifi lo permite.

Islandia. Día 10, y final. Grundafjordur – Reykjavik

Islandia. Día 10, y final. Grundafjordur – Reykjavik

Todo lo bueno tiene un final, en este caso feliz. Tras 10 días explorando Islandia, volviamos al punto de partida de toda esta historia, llegabamos a Reykjavik. Aún nos quedaban más de 100 kilómetros para llegar a la capital, pero al estar en la etapa final, se hizo mucho más llevadero. Tras abandonar la península de Snaefellsness, a media mañana nos detuvimos en la localidad de Borgarnes. Fue una parada rápida, pero tuvimos tiempo suficiente como para tomar un cafe y un pastel de chocolate, negro como el carbón. Para llegar a Reykjavik, atravesamos el tunel más largo de toda la isla: Hvalfjörður Tunnel. Además de por sus casi 6 kilómetros, la obra impresionaba sobre todo porque estaba construido bajo el agua del mar. Con esta obra, y cruzado un fiordo, se ahorran los 45 kilómetros que hacen falta para bordear la costa.

La entrada en la periferia de la ciudad fue chocante. Acostumbrados a transitar practicamente solos, se nos hacia extraño circular por una autovía rodeados de más coches. Asimismo, a medida que nos acercabamos al centro, se empezaban a ver cada vez más polígonos industriales y bloques de pisos, algo que hasta ese momento había brillado por su ausencia.

Capa de mierda antiradar

Tras dar un par de rodeos a las calles del centro de Reykjavik, conseguimos aparcar cerca del Reykjavik Downtown Hostel, por lo que dejamos las mochilas en la habitación y fuimos a reconocer el terreno. No teniamos que devolver el coche hasta la tarde, así que nos animamos a dar un primer paseo, y aprovechar para comer algo. Nos decidimos por una pizzeria, regentada por hindús. No se cara de que nos vieron, que cuando empezamos a comer cambiaron de música. Y vaya música: Camarón en versión chunta. Aquello parecían los autos de choque. Tiene narices la cosa, irnos hasta Islandia para tener que sufrir las flamencadas.

Iglesia de Hallgrímskirkja

Después de comer, por fin dejabamos el coche y nos convertimos de nuevo en peatones.  Nos costo un rato llegar a la oficina de Europcar, teniamos un plano, y sabiamos a donde teniamos que ir, pero lo difícil fue acertar con la ruta. Cuando llegamos, revisaron el coche por si tenía algún rayón o golpe. Lo raro es que pudieran ver algo con la suciedad que tenía tras estar 10 días por caminos de cabras. Fue todo si problemas, así que cogimos un bus y regresamos al centro.

Si alguna vez os acercáis por esos lares, nunca planeeis una estancia de más de dos días en Reyjkavik. En nuestro caso ibamos a estar día y medio, y nos dio tiempo más que de sobra para patear sus calles y monumentos más interesantes. Lo que que más nos gusto fue sin duda la iglesia de Hallgrímskirkja. El edificio sorprende lo mires por donde lo mires. Nadie diría que es una iglesia. Además de ser el edificio más alto de la ciudad (y del país), el hecho de estar en una colina hace que destaque y sea visible desde bastante lejos. El día que estuvimos estaba despejado, por lo que encima destacaba aún el blanco de su piedra. En la parte delantera, destacaba la estatua de Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, y cuya granja reconstruida visitamos el día anterior.

Dando de comer a los pajaros en Tjornin

Otro de los sitios más bonitos de Reyjkavik es el estanque de Tjornin y sus alrededores, donde viven al menos una veintena de especies de pajaros. Se agradece dar un paseo rodeado de patos y junto al verde cesped, aunque a veces tengas que andar esquivándolos. De salvajes no tenían nada, sobrevivían gracias a lo que les daban de comer y en vez de alejarse de las personas, practicamente se acercaban por si caía algo.

El centro urbano de Reykjavik es tan pequeño que te puedes mover andando de un sitio a otro sin problema. Siendo así, si te apetece darte un paseo junto al mar, te plantas con suma facilidad en su bahía. Cuando estuvimos nosotros, el viento era helador, baste decir que termine con dolor de oido, casualmente en el que me daba el viento. De todas maneras, apetecia darse un paseo, al menos hasta la escultura Solfar, otro de los puntos emblemáticos de la ciudad, o al menos de los más fotografiados. El hecho de intentar fusionar el esqueleto de un barco con el de una ballena sorprende.

Posando junto a la escultura Solfar

En la última tarde que estuvimos en la ciudad, fuimos testigos de un fenómeno fan adolescente. Nos extrañaba que un montón de críos/as fueran vestidos de morado, en grupos, dando vueltas por la plaza principal. Algunos tenían cartulinas y pancartas. Y fue cuando pasaron a nuestro lado cuando vimos que algunos llevaban camisetas de Justin Bieber. Leches, el niñato ese estaba en Reyjkavik. Curioso que el primer día nos encontaramos el avión de los Iron Maiden y en el último a Bieber y sus cachorros.

Esa misma tarde nos encontramos con la pareja catalana con la que coincidimos en un hostel junto a Husavik, por lo que nos fuimos a tomar algo con ellos y después a cenar. Para esa última noche elegimos un restaurante vikingo, asi como suena. El restaurante estaba decorado todo con madera, y los camareros estaban disfrazados de vikingos, con sus pieles, cascos y demás parafenarlia. Pero lo más destacado de la coche no fue el ambiente, sino lo que cenamos: carne de ballena. Entramos precisamente por eso. Hace unos pocos años que la pesca de ballenas ya no esta prohibida en Islandia, debido al parecer a la crisis económica, esa excusa que para todo vale. A simple vista parecía un filete normal, pero su sabor era muy distinto a lo que habíamos probado hasta ese día. Me costo acostumbrarme a su sabor, pero poco a poco fui asimilándolo. Es muy extraño, una mezcla entre la carne y el pescado. Al empezar a comerlo sabe a carne, pero al final deja un regustillo a pescado, a atún concretamente. Cuando te haces al sabor, termina gustando.

Al salir del restaurante tuvimos la experiencia que nos faltaba por disfrutar en Islandia: vimos una aurora boreal. Increible ver como el cielo cambiaba de color y la luz de forma. Duro solo un minuto, pero con aquello tuvimos suficiente para alucinar. Este fenómeno esta originado por el frío, y al estar en septiembre, todavía no se veían muchos. En invierno tiene que ser un espectáculo.

El último día fue el de vuelta. Tras hacer escala en Londres, aterrizamos en Loiu y sufrimos nada más aterrizar el cambio de aires, y sobre todo, de temperatura: de estar a 10ºc de máxima, a los 20ºc que había en la Euskal Herria tropical. Fin del viaje y vuelta a la rutina. Con pena, pero con la imagen de un viaje inolvidable grabada en la retina.

Si alguien está interesado en viajar a Islandia, que me lo comente, que le puedo pasar el detalle de la ruta que hicimos.

Islandia. Día 9. Osar – Grundafjordur

Islandia. Día 9. Osar – Grundafjordur

Tras el mal día anterior, Osar amaneció con otro color y luz. Tampoco es que fuera el día más claro de todo el viaje, pero al menos daban ganas de salir a la calle. Y teníamos un objetivo: nos esperaban las focas. A pesar del mal tiempo de la noche anterior, la nieve no había cuajado, solo las cumbres de los montes se teñían de blanco. En la planta  inferior del hotel, nos encontramos varias tiendas de campaña, secándose, sobre las mesas. Al parecer, algunos aventureros tuvieron que resguardarse en el hotel en vista del infernal clima que hacia fuera.

Y volvimos de nuevo a bajar por la misma pista que el día anterior, dirección, la playa. Hacia mucho menos frío, y con las fuerzas y el animo intacto, nos encontrábamos de nuevo en la playa de arena negra. Intentábamos vislumbrar algo en el agua, y de vez en cuando se veía movimiento, un punto negro que se asomaba entre las gélidas aguas y volvía a desaparecer. Pero siempre en el centro de la bahía, bastante alejado. Pasaban los minutos y se veían cada vez más puntos, y sobre todo, cada vez más cerca. Hasta que al final empezamos a distinguir sus cabezas: las focas estaban ahí. Tímidamente, pero con curiosidad, sus cabezas aparecían y desaparecían a menor distancia. Las distinguíamos perfectamente. Y encima no había solo una, en algún momento llegaron a ser cinco las que estaban frente a nosotros, a unos siete metros. Como por arte de magia, la playa pasó de estar vacía a tener focas por todos los lados, además de las cercanas, habría diez más nadando en aguas más lejanas. La pena fue que no se acercaron más. Teníamos la esperanza de verlas en la arena, pero eso es mucho pedir. Curiosas si, pero tontas no. Y así estuvimos un buen rato, disfrutando del seguramente momento más inolvidable de Islandia, hasta que al final las focas se cansaron de nosotros y se fueron a nadar a otras aguas. Increíble experiencia durante los minutos que duro.

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Eran solo las 9 de la mañana, y nos esperaba otro día en la carretera. Volvimos por los 30 kilómetros de pista y accedimos a la 1, la vía principal del país. A diferencia del horroroso día anterior, parecía que el tiempo mejoraba, al menos había dejado de nevar y estábamos a más de 5 grados. Seguimos  la carreta de la costa durante al menos una hora, y aproveche que nos encontramos una gasolinera para tomar un café de maquina, que no estaba malo, y picar algo. Se hace hambre viajando.

Recreación de la casa de Erik el Rojo

El siguiente lugar a visitar era Eiriksstadir, la granja de Erik el Rojo, supuesto descubridor de América. No se que rigor histórico o científico tendrá. Obviamente, los españoles se adjudican el tanto, pero a su vez los islandeses tienen su propia teoría: fueron los habitantes de su isla los primeros en arribar a las costas americanas, y mucho antes que Colón. Lo dicho, no se que rigor puede tener tanto una teoría como la otra, pero creo antes a los nórdicos. El lugar estaba un poco escondido, nos costo dar con el, y encima cuando llegamos, estaba cerrado. No porque hubiéramos llegado tarde, sino porque estábamos fuera de temporada. De todos modos, el recinto se podía visitar. Habían construido una reproducción de la casa que en su tiempo habito Erik. De muros gruesos, y techo de turba, perfecta para soportar el frío invernal islandés. No pudimos entrar a verla, pero el entorno, con lagos, prados y montañas era premio suficiente para el visitante. Incluso hacían una representación en temporada alta.

El soleado día invitaba a recorrer cuantos más kilómetros mejor. Así que aprovechamos para hacer una buena ración de pista de grava: si nos quejábamos de los 30 km matutinos, para el mediodía nos esperaban 50 más. Nos adentrábamos en la península de Snæfellsnes. Con paciencia y buena letra, disfrutando de los paisajes costeros, adonde habíamos retornado, transitamos por una carretera comarcal hasta la hora de comer. Por el camino, pasamos por granjas aisladas, playas solitarias, y nos cruzamos con unos pocos coches, en su mayoría todoterrenos. Por momentos, la conducción resultaba monótona, pero no hay como ir fijándose en el increíble paisaje que te rodea para disfrutar como un enano. Incluso llegamos a pasar junto a unas pequeñas islas, de escasos 200 metros cuadrados, donde habían construido alguna granja. No pudimos acercarnos mucho, pero parecía que estaban deshabitadas. Y no es extrañar. Eran unas cuantas islas similares, diseminadas junto a la costa, cerca de la orilla, y sin forma de llegar a tierra si no era en barco. En su día podía ser un buen lugar, pero hoy en día la supervivencia resultaría complicada sin las comodidades a las que estamos habituados.

Por fin, cambiamos la grava por el asfalto, y nos adentramos en la civilización. Era la hora de comer. Como cada día, teníamos que buscar un lugar donde llenar el estomago. Nos encontrábamos cerca del pueblo de Stykkishólmur, por lo que nos dirigimos al mismo. Supuestamente, y siguiendo los consejos de la guía, no tendríamos problemas para comer en un restaurante. Error. Recorrimos el pueblo un par de veces, nos detuvimos e intentamos entrar en par de locales, pero fue en vano. Una vez más, nos vimos abocados al grill de la gasolinera. Nos quedaba el consuelo de que conocíamos el menú mejor que el del Larrea, así evitábamos sorpresas. Y no las hubo. Era sota, caballo y rey, pero sabias con seguridad lo que te iban a sacar.

La costa de Snaefellsness

Para la tarde no aguardaba unos de los mayores espectáculos de Islandia: el parque natural de Snæfellsjökull, situado en la península de parecido nombre: Snaefellsness En un área al menos 50 km cuadrados, volcanes, acantilados, playas y demás fenómenos naturales adornaban un paisaje descomunal. En vez de continuar por la costa, cambiamos el sentido de nuestra ruta para dirigirnos al sur y completar la vuelta a la península en el otro sentido. Al salir de Stykkishólmur, comenzamos la ascensión a una cadena montañosa, y volcánica, en la que el viento nos hizo dar un par de peligrosos volantazos. Nunca he conducido con tanto viento, ni en Lanzarote. El coche se tambaleaba y nos obligaba a conducir despacio, aunque transitábamos por una de las carreteras mejor asfaltadas de las que nos encontramos. Al bajar el puerto, por la otra cara de las montañas, el viento aumento considerablemente, en contra de lo que preveíamos.

En este lado de la montaña, los paisajes eran brutales. El contraste de colores impresionaba: verdes, amarillos y marrones de distintas tonalidades, daban un aspecto de dibujos animados a las montañas. Era imposible no desviar la mirada una y otra vez de la carretera. Kilómetros y kilómetros, con el mar a la izquierda y las montañas a la derecha, y entre ellas, la pista por la que circulabamos. El viento soplaba con tal fuerza que daba miedo hasta bajarse del coche. Solo quedaba agarrar con fuerza el volante y resistir sus abatidas como podíamos. El agua del mar se elevaba varios metros, empujada por el viento, y creando figuras imposibles, que subían y bajaban sin cesar. La verdad es que no invitaba a bajarse del coche a grabar, una pena.

El impresionante volcán Snaefell

Poco a poco nos aproximábamos al volcán de Snaeffellsjokull, aquel que describía Julio Verne en su libro ‘Viaje al centro de la tierra’. Junto al volcán se podía visitar un glaciar, e intentamos acercaron lo máximo posible al mismo. Tras desviarnos de la carretera principal, nos adentramos en una pista, que en ningún lado indicaba fuera de montaña. La carretera de tierra y piedras fue cogiendo cada vez un peor aspecto, nos cruzamos con una par de todoterrenos que descendían, y continuamos nuestro camino, cada vez con mas dificultad. Llegó un momento en el que solo podíamos subir en primera, suave suave y esquivando pedruscos considerables. Finalmente, decidimos darnos la vuelta, en vista de que el terreno no parecía fuera a mejorar. Nos detuvimos en un pequeño llano, junto a la cueva de Sönghellir, y aprovechamos para girar. Justo cuando comenzamos el descenso, nos quedamos alucinados al ver bajar un autobús, a toda velocidad, por la pista por la no nos atrevíamos a continuar. Impresionante.  Obviamente se trataba un autobús 4×4.

Antiguo secadero de bacalao

Descendimos con cuidado, y volvimos a nuestra carretera. Nos quedamos sin ver el glaciar, pero no hacia falta subir tan arriba para disfrutar de la inmensidad del volcán. Durante kilómetros y kilómetros, se apreciaba la lava en sus laderas, en ese estado desde la ultima erupción. Fuimos rodeando el volcán y deteniendonos en varios puntos, siempre que el paisaje merecía la pena: antiguos secaderos de bacalao, inospitas playas, rompeolas, … Tardamos toda la tarde en dar la vuela a la península, siempre con el volcán a la vista. Los pueblos de esta zona costera, eran pueblos pesqueros, como la mayoría de los que visitamos en la isla.

Llegamos a nuestro destino, Grundarfordur, para las 6 de la tarde, por lo que nos dio tiempo de sobra a encontrar el hostel, dejar las mochilas y salir a cenar a uno de los bares del pueblo. A diferencia de lo que habíamos padecido durante todo el viaje, en esta ocasión nos encontramos una localidad con mas vida social de lo que nos había deparado Islandia. Esa noche, en la cafetería Kaffi 59, se celebraba una espectáculo de humor en vivo, teatro, musica, payasos, etc. Y allí nos metimos. Los vecinos pagaban la entrada con tarjeta, una muestra mas de la afición islandesa de pagar todo con tarjeta. A nosotros no nos cobraron nada, ya que se notaba a leguas que no éramos del pueblo, y no estabamos interesados en la actuación. Así que mientras cenábamos, toda la juventud del pueblo se partía de risa con los comediantes, que creíamos eran ingleses. Por lo poco que vimos y entendimos tenía muy buena pinta. Fue un buen colofón para un gran día.

Islandia. Día 8. Siglufjordur – Osar

Islandia. Día 8. Siglufjordur – Osar

Octavo día, y todavía muchas cosas por contar. Poco a poco nos acercabamos a Reykjavik, estabamos completando la vuelta a la isla por el Ring Road. Este día fue sin lugar a dudas el más duro de todos: el tiempo fue impasible con nosotros, casi no nos dio tregua.

Puerto de Hofsos

Dejamos Siglufjordur bajo una lluvia incesante. De vuelta a la carretera de la costa, nos detuvimos un momento en la localidad de Hosfos. Esta población, tenía un vínculo muy especial con EEUU y Canada, ya que en el siglo XIX se produjo un flujo migratorio muy importante a tierras americanas. De ahí que incluso tuvieran un centro de emigrantes en el se estudiaba el fenómeno y se investigaba la genealogía. Lo que más nos llamo la atención de este pueblo fue la guardería. Detuvimos el coche un momento para sacar unas fotos, y fue salir, hacer una instantanea al puerto, y volver a toda leche adentro. No se podía estar afuera. A unos pocos metros, niños de menos de 4 años jugaban tranquilamente en el jardín del colegio. Estaban embutidos en unos buzos impermeables, pero era increible ver como correteaban, bajaban por el tobogan o se columpiaban. Parecían no inmutarse ni por el viento ni por la lluvia. Alucinante. Es evidente que estan hechos de otra pasta.

Al salir del pueblo, vimos un curioso espectáculo: varios vecinos persiguiendo a una especie de cabra, de lana blanca, y no pequeña precisamente. Iba de un lado a otro de la carretera, envistiendo a todo lo que se ponía por delante, y las personas eran incapaces de hacer nada, excepto seguirla. Era cómico ver como los coches se apilaban en la cuenta, y se sumaban más vecinos a la caza. Como no nos apetecía salir bajo la lluvia a correr tras el bicho, cuando lo vimos alejarse, hicimos lo mismo pero en dirección contraria.

Iglesia de Holar

Abandonamos la costa por un momento y nos dirigimos esta vez al interior. A unos pocos kilómetros, se encontraba la población de Holar, conocida entre otras cosas por su universidad. Resultaba chocante que en una población de tan solo 100 habitantes y en un entorno rural, existiera una universidad. Pero Holar fue durante siete siglos el centro cultural y educacional del norte de Islandia, por lo que una vez conocida su historia, resultaba un poco menos extraño. Eso si, imposible pensar en tomar un café o algo para calentarse. Visitamos las típicas casas de turba, la iglesia, y reemprendimos de nuevo la ruta.

Como ya teníamos ganas de tomar algo, hicimos la siguiente parada en Skagafjordur, la población más grande en cientos de kilómetros. Aún eran las 12 de la mañana, pero el día estaba tan oscuro, y llovía de tal manera, que en vez de ver el pueblo, nos metimos en una pastelería a tomarnos un reconfortante café con crema y comernos un pastel de quitar el hipo. Los lugareños se estaban tomando la característica sopa islandesa, que no falta en ninguna cafetería, restaurante o gasolinera. Se puede decir que es el plato estrella del páis, por delante del pescado. Al menos, es el más consumido.

Bajo la lluvia en Glaumbaer

Cerca de Skagafjordur, se encontraba Glaumbaer, la granda de turba más grande de la isla. El lugar merecía una visita a conciencia, sobre todo por dentro de las casas, pero el clima no invitaba a estar mucho tiempo fuera del coche. Salir unos minutos suponía volver calado. A pesar de las adversidades, nos dimos un paseo rodeando la granja. Quizá las casas no fuera tan antiguas como otras que habiamos visto anteriormente, pero ciertamente era con diferencia la más grande con sus 16 casas.

Tocaba parar para comer, y esta vez tuvimos suerte, ya que encontramos un restaurante abierto en Blonduos. Siguiendo la guía azul, y tras intentarlo en un par de locales, llegamos a parar al restaurante Potturinn, todo un descubrimiento. Nos costo decidirnos por la variedad de su carta, pero finalmente comimos dos platos de pescado. El salmón, fresco, y con gran sabor. La sopa del día, buenísima también. En definitiva, uno de los mejores restaurantes de entre los que estuvimos en Islandia.

Las ruinas de Borgarvirki

Con la tarde por delante, y demasiado cerca del hostel de Osar, de camino aprovechamos para detenernos en algún que otro sitio. Siguiendo una señal que indicaba un punto de interes, nos adentramos en una pista de piedra suelta, que poco a poco iba ascendiendo a una cadena de montañas. A medida que ascendiamos, el clima fue inquietándonos. El viento movía el coche con violencia, hasta el punto que al detenernos y salir afuera, la puerta se abrio con tal fuerza que estuvo a punto de arrancarla de cuajo. Puede que suene exagerado, pero estabamos a 2 grados y estaba nevando. Esti volvió al coche por precaución, pero yo me acerque corriendo a la antigua fortificación de Borgarvirki. Ya solo quedaban los restos de los muros, pero desde sus 177 metros de altitud, dominaba la zona con unas estupendas vistas. Al bajar al coche, una racha de tiempo, que me pillo desequilibrado, estuvo a punto de tumbarme. Poco le falto.

Una vez más, nos tocaba hacer noche en un hostel apartado, a 30 kilómetros de la carretera principal. Tuvimos quer circular de nuevo sobre una pista de piedra y grava para llegar al Osar Hostel. Pero merecia la pena, el hostel estaba junto al mar, las vistas eran increibles, y sobre todo, se encontraba frente a la mayor colonia de focas de Islandia. No tardamos mucho en dejar las cosas en la habitación, y bajamos por una pista hasta la playa. El viento junto al mar era helador y estaba nevando, por lo que no pudimos aguantar mucho tiempo en la orilla. Al igual que en Husey, no vimos ninguna foca. Segundo intento fallido. Llegamos al hostel medio congelados y volvimos a entrar en calor pegados a los radiadores. No pudimos evitar preguntar al dueño del hostel por las focas: volver a bajar mañana por la mañana, fue su respuesta. No perdimos la esperanza.

El tiempo iba cada vez a peor, y cuando estabamos terminando de cenar, se fue la luz en el hostel. Menos mal que compramos el frontal antes del viaje. El responsable del hostel intentaba encontrar el problema, pero no conseguía solucionarlo. Como el tema no tenía pinta de mejorar, nos fuimos a la cama, donde mejor podíamos estar.

Ibon de Estanés a través de Aguas Tuertas

Ibon de Estanés a través de Aguas Tuertas

Espectacular ascensión en el pirineo aragones. Apta para todos los públicos. Tiene sus tramos de subida, pero son muy llevaderos. Se asciende desde Guarrinza a Aguas Tuertas, donde impresiona como se retuerce el río por el valle, de ahí su nombre. Se continua las ascensión y se llega a un punto en el que se contempla el Ibon de Estanes.

Como llegar: desde Hecho dirección a Siresa, cruzar la Boca del Infierno, adentrarse en la Selva de Oza, y seguir la carretera por el valle de Guarrinza, sin desviarse, hasta llegar al final. Hay un pequeño aparcamiento, con una barrera, donde se deja el coche y se comienza la ascensión.

Señalización: Se siguen las marcas del GR-11 en todo momento. Es imposible perderse, si no hay nieve, claro.

Descripción: Desde el aparcamiento hay 4 km de subida constante, no dura, hasta el refugio. En ese punto se abre el valle, y se accede a Aguas Tuertas. La entrada es increible. Seguir siempre las marcas del GR-11, que van por la derecha, ya que llendo por el medio llegas a un punto en el que no puedes seguir más adelante si no atraviesas el río. Se sigue el curso del valle, son unos 3 km, en los que hay que ir sorteando arroyos, humedales e incluso el río Rueda al final del valle. En la época del deshielo hay bastante agua, y cuesta atravesarlo sin mojarse los pies. Una vez cruzado el río, continuar por la izquierda, hasta un poste que indica el camino al Ibon. A partir de este punto, se comienza a ascender de nuevo, importante estar atento a las marcas, ya que el camino no se ve tan fácil, e incluso se sube por una ladera en la que no parece que haya camino. En esa zona hay algún punto peligroso, pero solo si eres un imprudente. Una vez arriba, se sigue a la izquierda, y a unos 300 m. ya se ve el Ibon.

Distancia: 22 km (ida y vuelta).

Pinchar para ver la ruta al detalle
Entrada a Aguas Tuertas
Final del valle, en este punto hay que cruzar el río
Ascenciendo por una ladera, el valle de Aguas Tuertas al fondo
Ibon de Estanes
El río retorciéndose en Aguas Tuertas
Desde el mismo sitio, pero sin nieve
Sierra de Mendigisa en Orozko

Sierra de Mendigisa en Orozko

Por si a alguien le apetece hacerla alguna vez, cuelgo una ruta por los montes de la sierra de Mendigisa, en Orozko. La sierra va desde Untzeta hasta Bikotx Gane. Es una zona que no conocía, y que está bastante bien. Una vez se sube el primer monte, es un sube y baja constante, pero no hay rampas excesivamente duras.

Montes: Arrizurigana, Arrugaeta, Aizbelaga, Garaigorta

Como llegar: en dirección Orozko, y una vez pasada la gasolinera, coger la primera salida hacia la izquierda, a unos 150 metros.  Aparcar el coche en el barrio Okeluri, una vez pasado el río. Desde la carretera se ve claramente un cartel que indica una pista hacia Untzeta.  Ya no hay perdida. Iniciar el ascenso por esa pista.

Señalización: se pueden seguir unas marcas blancas y amarillas en toda la ruta. Si se pierden las marcas, seguir siempre cresteando por los montes.

Descripción: los 4 primeros kilómetros son de subida, concretamente hasta Arrizurigana. El resto de la ruta se hace cresteando por las cumbres de Arrugaeta, Aizbelaga y Garaigorta. Al llegar a Garaigorta, se ve Bikotx Gane al fondo, y sobre el mismo, el macizo del Gorbea.

Distancia: 20 km (ida y vuelta).

Pinchar en la imagen para ver el detalle completo de la ruta en Wikiloc
Primer cruce de la ruta, en el km 4, hay que seguir por la izquierda
Hay un segundo cruce, a 5 metros del anterior, seguir por esta pista
Bajo la niebla, Zeberio
¿Quién dijo vértigo? Espectacular vista desde Garaigorta
Untzeta al fondo, visto desde Garaigorta, tocaba volver
El macizo de Gorbea, oculto bajo la niebla
Ya de vuelta, llegando al rocoso Aizbelaga
Caminando por las cumbres de los montes
Islandia. Día 7. Berg – Siglufjörður

Islandia. Día 7. Berg – Siglufjörður

Tras quedarnos sin ver ballenas, volvimos a la ruta con ganas de ver una gran ciudad, o al menos esa era la idea. Llevabamos varios días transitando por lugares aislados, pueblos pequeños, lugares con encanto; pero necesitabamos volver a sentir el pulso de la civilización. Nos acercabamos a Akureyri.

Godafoss al fondo

El día amanecio lluvioso. Dejamos Berg sin prisas, y de nuevo en la carretera, nos acercamos a ver la cascada de Godafoss o catarata de los dioses. Realmente, las que vimos los primeros días, Skogarfoss o Gulfoss, eran más espectaculares, pero Godafoss tenía su historia particular. En este mismo lugar, los antiguos islandeses abandonaron el paganismo, dejaron de lado sus antiguos dioses y se convirtieron al cristianismo. Y lo hicieron a su vez de un modo simbólico: arrojando a la cascada las figuras de sus dioses paganos. Fue en el año 1000. No se si ganaron con el cambio.

Después de conducir un rato con una lluvia incesante, llegamos por fin a Akureyri. Tratándose de la segunda ciudad en importancia de Islandia, nos esperabamos una gran ciudad, nada más lejos de la realidad. Con sus 17000 habitantes, menos que Laudio, no pasa de ser un pueblo grande. Tiene infraestructuras de ciudad: puerto, aeropuerto, todo tipo de servicios, etc., pero sorprende que este todo tan recogido.

Iglesia de Akureyri

Durante la visita dejo de llover, por lo que pudimos pasear por sus calles  tranquilamente. En unos cientos de metros, encontramos todo lo que buscabamos. En primer lugar, nos dirigimos a la iglesia. En Islandia hay dos tipos de iglesias: las antiguas y pequeñas, que son comunes en los pueblos pequeños; y las nuevas y grandes, que destacan sobre todo por su arquitectura. La de Akureyri es un claro ejemplo de la arquitectura vanguardista que sustituyo la belleza de lo pequeño por la precisión y el diseño de lo moderno.

Como era media mañana, entramos en una original cafetería, el Blaa kannan cafe, para hacer el hamaiketako. Por fuera, era una de las casas más bonitas del casco urbano, nos llamo la atención sobre todo por eso, pero lo realmente interesante era el interior: pasteles, tartas, cafes, helados, bocadillos, sopas… todo con un aspecto increible. Aprovecho para hacer un comentario sobre el café en Islandia: se ven muy pocas cafeteras como las que estamos acostrumbrados a ver aquí, en la mayoría de los sitios hacen café de máquina, o mejor dicho, te lo tienes que preparar tu mismo. Ellos te dan el vaso, y tu pones la mano de obra, pulsas al botón, y listo. A pesar de eso, me tome un montón de cafes, y aunque pueda parecer imbebible, no estaba mal del todo. En el Blaa kannan, el café era del bueno, echo a mano, y con cafetera de las buenas. Y no solo estaba bien el café, las tartas, que era lo otro que probamos, sublimes. Nos comimos una de chocolate, negra como el chapapote, espectacular.

Esti junto a un vikingo 'de pega'

Continuamos el paseo por la calle principal, y nos detuvimos a hacernos unas fotos con unos graciosos muñecos que había en la tienda ‘The Viking’, cadena de souvenirs y productos islandeses. Como he comentado antes, la ciudad no daba para mucho más, por lo que tras hacer una visita al banco, volvimos a la carretera. Antes de abandonar Akureyri, nos paramos en una de las orillas del semifiordo que coronaba, y visitamos un área en la que su día hubo un embarcadero, quizá el primero de la ciudad, y del que ya no quedaba nada más que el recuerdo.

De nuevo en la costa, pero esta vez en la norte, seguimos la sinuosa carretera hasta Dalvik, siguiente parada de nuesta ruta. Dalvik es un pequeño pueblo de pescadores, que como muchos otros en Islandia, no le falta su fabrica de pescado. Un par de vueltas por la calle principal fueron suficientes para darnos cuenta de que los dos únicos restaurantes del pueblo estaban cerrados, por lo tanto, y una vez más, tocaba comer en la gasolinera local. El menú de las N1, que así llamaba la compañía, consistía en hamburguesas, bocadillos, kebab y pizza. Curiosamente, la misma persona que atendía la estación, se metía en la ‘cocina’ y preparaba los platos. Todo en uno, cual hombre orquesta.

Puerto de Siglufjörður

Con el estomago reconfortado, no podíamos más que retomar la difícil carretera costera. Impresionaban las montañas que ibamos atravesando. Ibamos pegados al mar, pero surcando escarpados montes. De en vez en cuando, atravesabamos túneles, largos y poco iluminados, pero no había otra forma de ir de un pueblo a otro, si no querías ir por el mar. Atravesamos la primera montaña para llegar a Olafsfjordur. Pasado el pueblo, nuevamente nos adentramos en otro tunel, de unos 3 kilómetros. Una vez salimos, nos encontramos con un paisaje increible, entre dos montañas, y con el mar de frente. Tras atravesar un último tunel, llegamos a Siglufjörður, nuestro destino.

Al igual que los pueblos de esta zona, los habitantes de Siglufjörður viven casi en su totalidad de la pesca. Lo que más nos llamo la atención de este pueblo era que tenía una estación de esqui. Si, has leido bien, un pueblo costero con pistas de esqui. Casi nada. Tras dejar las maletas en el hostel, que era más un hotel que otra cosa, dimos una vuelta por el pueblo.

Esti sentada entre las esculturas

En la zona del puerto nos encontramos con unas graciosas esculturas de madera, y no pudimos evitar fotografiarlas. El puerto estaba muy bien. Recien reformado, habian construido varias cafeterías y restaurantes donde antes había unos antiguos almacenes, que fueron devorados por las llamas. Esta era una más entre otras medidas tomadas para reactivar la economía local, con el objetivo de que el número de habitantes no disminuyera, ya  que en los últimos año habían perdido mucha población. No se si lo conseguiran, pero el resultado en el puerto era magnífico.

Antes de que anocheciera, nos dio tiempo a tomar un cafe (de verdad), volver al hostel y volver a salir para cenar fuera. Imposible. Los dos únicos restaurantes estaban cerrados, y un tercero, recomendado en la guía, no lo encontramos (o ya no existía). No es entendible como pueden subistir los hosteleros, en verano abriran todas las noches, pero una vez llega septiembre, hay pocos restaurantes abiertos. Por lo tanto, y una vez más, nos preparamos la cena en el hostel, y a la cama. Por cierto, que esa noche jugaba la selección islandesa de fútbol, y descubri que Gudjohnsen sigue en activo. Obviamente, es una estrella en el país, y más conocido que el Stjarnan Fc…

Ascensión al monte Gorbea desde Austigarmin

Ascensión al monte Gorbea desde Austigarmin

No todo va a ser viajar a lugares lejanos, a veces, merece la pena darse una vuelta por los alrededores y descubrir nuevos paisajes y lugares. El sábado, tras dudar entre coger la bici o subir al monte, me decidi por hacer una pequeña incursión al monte Gorbea, más concretamente a su famosa cruz. En un par de ocasiones había subido hasta Ipergorta, pero nunca había ido más alla. Enta vez, subi en coche hasta el aparcamiento de Belauztegi, y comence la ascensión desde allí. Por si alguien se anima, pongo la ruta, distancia y algunas fotos. La cumbre estaba cubierta por la niebla, por lo que no saque ninguna foto de la cruz.

Ruta: Aparcamiento Belauztegi, Austigarmin, Ipergorta, Egiriñao, Gorbea

Distancia: 18.5 km (ida y vuelta).

Niebla a partir de Egiriñao
Hayedo en Egiriñao
Entre Egiriñao e Ipergorta
Entre Egiriñao e Ipergorta
Gorbea desde Ipergorta
Ovejas en la bajada desde Austigarmin
Islandia. Día 6. Husey – Berg

Islandia. Día 6. Husey – Berg

Sexto día de viaje. Llegamos al ecuador del mismo, y todavía quedaban un montón de cosas por ver y disfrutar. Abandonamos Husey con la pena de no haber visto las focas, pero para ese día teníamos un plan todavía más atractivo: el avistamiento de ballenas. Nos aguardaba un largo trecho en coche, salimos a las 8 de la mañana de Husey con la idea de ver todo lo posible por la mañana y dejar los de las ballenas para la tarde.

Hverir en estado puro

A eso de las 11 nos plantamos en el área geotermal de Hverir. Si el entorno era impresionante, lo era aún más el apestoso olor que desprendían los pozos.  Pero merecía la pena de todas todas. Hverir está plagado de pozos y fumarolas, e impresiona el calor que desprende la tierra. En esta zona hay un montón de estaciones geotermales, lógico, solo hace falta dar un pequeño paseo para encontrarse una caldera en cualquier esquina. Por lo que pude leer en un panfleto, habían intentado un montón de veces plantar algo en esta zona, pero sin ningún resultado. De hecho, en una ocasión probaron plantando patatas, y se sorprendieron mucho al descubrir que crecían. La sorpresa llegó cuando fueron a sacarlas de debajo de la tierra, y descubrieron que estaban ¡cocidas! Os pongo un enlace a una completa galería de imágenes.

Hverir se encuentra a un par de kilómetros del lago Myvatn. Es una zona muy conocida en Islandia, ya que se pueden encontrar infinidad de lugares pintorescos en muy poca distancia. Estos son algunos de ellos:

– Hverfell: un cono gigantesco, de 400 metros de alto.

– Dimmuborgir: un área plagada de negras rocas de lava, de varios metros de altura, de lo más tétricas, y entre las que puedes pasear por senderos señalizados. Son conocidas como los castillos negros.

– Pseudocráteres en Skutustadir: otra área con varios conos, no tan grandes como Hverfell, pero con más encanto, al estar al lado del lago y ser de color verde.

Uno de los cráteres de Skutustadir

La visita al lago fue más rápida de los que hubieramos deseado. Desde Hverir hasta Skutustadir, sufrimos la habitual la plaga de mosquitos de la zona. Se metían por los ojos, boca, nariz u orejas, sin descanso, por lo que estabamos continuamente espantándolos como podíamos, con el buff en la cara y andando con paso ligero. Cuando nos marchamos, entrabamos y saliamos del coche a todo correr para que no entraran dentro. Vaya coñazo. Después descubrimos que Myvatn significa ‘lago de las moscas enanas’.

Tras librarnos de los mosquitos demoniacos, pusimos rumbo a Husavik. Nos aguardaban las ballenas. Tras cruzar otra zona montañosa por una carretera comarcal, sin asfalto por supuesto, vimos de nuevo el mar más o menos a la hora de comer. Tras comprobar que la siguiente salida para ver ballenas era a las 5 de la tarde, buscamos un sitio para comer. Dimos un par de vueltas por el pueblo y nos decidimos por el Gamli Bakur, un restaurante situado en el mismo puerto.  Tras unos días comiendo en gasolineras, por fin nos sentabamos en un restaurante que no era un grill. Y la verdad es que merecio la pena. No solo por lo bonito que era el local, sino porque la comida era bastante buena. Comimos el pescado del día, salmón concretamente, acompañado con ensalada. Sobra decir que el sabor era infinitamente mejor al del salmón que comemos aquí.

Uno de los barcos utilizados para avistar ballenas

Después de comer paseamos por el puerto y pudimos ver como algún barco descargaba el pescado a las lonjas. La economía local se basa principalmente en la pesca, por lo que había varias empresas dedicadas al pescado congelado. Lo que pudimos apreciar en varios de los pueblos consteros que visitamos, fue que el pescado sobre todo se congela, imagino que para la exportación. En ningún sitio (ni en la costa ni en el interior) vimos pescadería alguna. De todos los supermercados que estuvimos, y fueron bastantes, solo vimos en uno que vendieran pescado fresco. Y lo mismo con la carne, era toda congelada.

Un poco antes de las 5 ya estabamos esperando frente al muelle de los barcos de North Sailing. Justo estaba llegando el anterior barco, por lo que cuando se bajaron los últimos pasajeros, pudimos subir a bordo. El barco era precioso. Un poco más pequeño que el de la foto.

Nos aguardaban 3 horas de navegación, no aptas para personas propensas a marearse. A medida que nos ibamos alejando del puerto y adentrándonos en mar abierto, el barco iba balanceándose cada vez con más violencia. Para unos paisanos de tierra firme como nosotros, se trataba de una experiencia de lo más movida. Nos sentamos en unos bancos en la proa del barco, y casi no nos movimos en todo la salida, quizá por eso no nos mareamos. En algún momento me puse de pie para grabar o sacar alguna foto, pero con el movimiento, era casi imposible atinar con el enfoque y encuadre.

Durante la primera hora, fuimos avanzando hacia mar abierto, con los ojos bien abiertos, por si veiamos alguna señal de las ballenas. El barco salió de la bahía y estuvimos dando vueltas mar adentro, a la espera de encontrarnos alguna ballena que pasara en esos momentos por ahí. Supuestamente, estabamos en una zona de paso en su migración hacia el ártico. Los minutos pasaban y no había ni rastro. Vimos algunos delfines, pero ese no era nuestro objetivo.

Esti tomando el chocolate

El sol se iba escondiendo, y el frío empezaba a atenazarnos sin compasión. A pesar de estar muy abrigados, el gélido viento del mar se nos metía hasta los huesos. El hecho de llevar dos horas sentados sin movernos tampoco ayudaba mucho. Entre el frío que estabamos padeciendo, y a la vista de que no ibamos a ver ninguna ballena, ya estabamos con ganas de volver a tierra firme. Nos dieron un chocolate caliente y un dulce de canela, llamado cinnamon rolls. Por lo menos nos endulzo la vuelta. Segundo intento de ver la fauna salvaje islandesa, y segundo fracaso.

Volvimos al puerto sobre las 8, cuando ya estaba anocheciendo. Solo nos quedaba coger el coche y buscar el hostel de Berg. Se encontraba a unos 20 kilómetros y nos fue fácil encontrarlo. En el mismo coincidimos con una pareja catalana, que estaban haciendo la misma ruta que nosotros, pero en el otro sentido.