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Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Nada más salir por la puerta del aeropuerto, cambias de realidad totalmente. Hasta ese momento vives en un punto intermedio entre dos países, pero cuando vas a coger el primer taxi, te das cuenta de que algo ha cambiado: están intentando timarte. Gracias a que Juantxu nos aviso. En primer lugar, y como estábamos sobre aviso, preguntamos al taxista cuanto nos podría cobrar por ir hasta en el hotel. según la web del hotel, serian unos 90 yuanes, y el tío nos decía que sobre 450-500, juas juas. Vaya estampa, yo diciéndole que era muy caro, que en el hotel me decían que 90, y no se le ocurre otra cosa que soltarme que los del hotel hablaban de euros. Menudo caradura. Ahí le dejamos al tío jeta. Volvimos a intentarlo con otro taxista, y esta vez nos decía que saldría más o menos ese dinero, que el ponía la taxímetro, y lo que saliera. Nos convenció y tras montarnos y arrancar, recordé otro consejo de Juantxu: que bajen siempre la bandera. El tío arranco como si nada, así que tuve que recordarle que tenía que bajarla. Segundo intento de timo. Por suerte, no paso nada más, y nos llevo cerca del hotel sin ninguna cosa rara más. A la hora de pagar, nos salió 70 yuanes, más barato incluso de lo que inicialmente pensábamos.

Patio del hotel de Beijing

Teóricamente, y desde donde nos había dejado el taxista, solo teníamos que seguir recto por la calle, y ya estábamos en el hotel. Tras andar unos 10 minutos, y en vista de que no aparecía, preguntamos a un chino que pasaba por ahí. Nos quedamos blancos cuando nos dijo que faltaban ¡2 km! No podría ser, era imposible, teníamos el mapa en la mano, y debíamos estar muy cerca. Finalmente descubrimos que el inglés del chino era malísimo: estábamos a 20 metros. El cartel del Beijing Double Happiness Courtyard se asomaba entre varios farolillos. Para nuestra estancia en Beijing habíamos elegido un hotel con patio, algo muy característico en esta ciudad. Decorado con muebles antiguos, camas de estilo chino, con sus faroles, todo de madera, muy chino vamos.

El hecho de que estuviera recomendando por los visitantes de Tripadvisor nos pareció garantía suficiente, ocupaba el segundo puesto en el ranking de los mejor valorados. Y realmente acertamos: su decoración, el gusto con el que estaba distribuido, que el personal de recepción hablaba un perfecto ingles (mejor que el nuestro), su exquisito trato; no tenemos nada malo que decir sobre este hotel, todo lo contrario. Lo primero que hicimos fue darnos un ducha, ya que hacia 18 horas que habíamos salido de casa, y necesitábamos refrescarnos, sobre todo por el agobiante calor que hacía en Beijing. Pasamos del invierno vasco al caluroso verano chino. De la lluvia, a un achicharrante sol. En estos días que pasamos en la capital, y a pesar de lo que dicen de la contaminación, conseguimos ver el sol, e incluso alguna estrella. Al aterrizar si que notamos que había una intensa nieblilla, que nos impedía ver si estábamos no cerca del suelo, es lo que tiene la polución.

Esti con uno de los templos de fondo

Para esa primera tarde en Beijing, teníamos previsto visitar dos templos, pero finalmente solo pudimos visitar uno, el Templo de los Lamas. Dicen que si solo tienes tiempo para visitar un templo, este es su mejor exponente. Nosotros llegábamos un poco justos, ya que entre una cosa y otra nos habíamos retrasado bastante, pero nos dio tiempo de sobra para visitarlo. En cambio no tuvimos ningún problema en el metro, sacamos los billetes en ventanilla y en solo dos paradas salíamos en la estación de Lama Temple. Nos costo dar con el entrada del templo, ya que había varias salidas, pero en un momento estábamos comprando los tickets y caminando por sus jardines. Para haceros una idea de cual es la estructura de la mayoría de los templos chinos, se van cruzando templos, uno tras otro, y cada uno de ellos seria el equivalente a una ermita. Atraviesas uno, te encuentras un patio, y a por el siguiente templo. Así hasta el infinito. En cada uno de los patios, los creyentes quemaban incienso, y se arrodillaban para rezar. Además del aspecto religioso, importante para ellos, para nosotros se trataba de un lugar arquitectónicamente interesante. Poco a poco te vas acostumbrando a la forma de los templos, pero de entrada, y siendo el primero, impacta la forma en que están construidos. Como distribuyen las salas, los patios, los pasillos. Otro aspecto que impacta son los vivos colores con los que decoran y esmaltan cada uno de los motivos decorativos, desde las tejas hasta los iconos de los dragones. En cambio, para las esculturas que había en cada templo, optaban por un intenso y brillante color dorado. Si fuera oro, cuantos kilos y kilos se podrían fundir. En el interior de los templos estaba prohibido sacar fotos, por lo que tampoco podemos mostrar las esculturas budistas que vimos.

Creyentes budistas rezando

Tras llevarnos una grata impresión del templo, la tarde no daba tiempo para más. El cansancio iba haciendo mella en nuestros cuerpos. En el avión tampoco pudimos dormir todo lo que quisimos, y el jetlag nos estaba afectando más de lo esperado. Para esa primera noche habíamos previsto cenar en un restaurante, el Hua, que nos había recomendando Juantxu. Sobre el mapa, y en teoría, estábamos bastante cerca, pero una cosa es el mapa y otra la realidad. Nos volvimos locos calle arriba y calle abajo, pero no conseguimos encontrar siquiera el hutong donde estaba. Lo que si nos encontramos fueron varios hutongs con comida callejera, pero precisamente no era lo más apetecible, sobre todo viendo en que condiciones cocinaban. El concepto de limpieza de los chinos, del que seguramente hablaremos una y otra vez en este blog, es muy diferente al nuestro, pero que muy diferente.

Al final decidimos meternos en un restaurante, que parecía ser de una cadena china, en el que no hablaban ni palabra de ingles. Menos mal que el lenguaje de los gestos es el más internacional de todos. Por suerte, todas las cartas en China vienen con la foto del plato, por lo que al menos sabes que aspecto tiene lo que te vas a llevar a la boca, otra cosa muy distinta es saber con que lo han hecho. Como no tenían los nombres en ingles, fuimos a lo fácil: un plato de fideos, y otro de tortilla sobre un lecho de verduras. Y acertamos. Para beber, Juantxu nos había dado la palabras mágicas: gen pinda pi you, o lo que viene a ser en castellano, cerveza fría. Hay que remarcar lo de gen pinda, por que si no te lo sacan todo hirviendo. De hecho, nos sacaron dos vasos de agua calentorra, que era lo ultimo que apetecía para refrescarse. Para ser la primera cena estuvo bastante bien, seguramente ni por asomo como en el Hua, pero no tuvimos queja.

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