fbpx

Navegando por
Mes: julio 2012

Crónicas chinas. Día 12: relax en la aldea Dong

Crónicas chinas. Día 12: relax en la aldea Dong

El más grande de los puentes de Chengyang

Tras llegar tan tarde la noche anterior, amanecimos un poco cansados en el Dong Hotel. Por la noche no pudimos apreciarlo, pero uno de los puentes del viento y la lluvia, tan característicos de la etnia Dong, se apostaba frente al balcón de la habitación, a escasos metros. Pero no era solo el puente; el río, los arrozales y las montañas, hacían de aquel un lugar especial. El asomarse a la ventana, y verlo todo en conjunto, no tenía precio. Pero no fue el paisaje lo único que nos alegro la mañana, tras el mal desayuno del día anterior, esta vez no tuvimos queja de ningún tipo: café, tostadas, tortilla y tortitas, el desayuno de los campeones. En ese sentido, el Dong Hotel estaba más que preparado para acoger turistas occidentales: cartas en ingles, el gerente que lo hablaba perfectamente y comida occidental además de la local. No es que fuera un gran hotel, la verdad es que era mas bien un hostel, pero la amabilidad de la familia, junto con el entorno en el que se encontraba, suplía el resto de carencias que pudiera tener.

Interior del puente

Tuvimos suerte también con el tiempo. Amaneció nublado, por lo que por fin nos despedíamos de la engorrosa lluvia que padecimos desde que llegamos a Fenghuang. De todos modos, aunque hubiera llovido, hubiera sido difícil estropear el paisaje del área escénica de Chengyang. Nos encontrábamos concretamente en la aldea Ma’an, una más entre las que componían la zona, pero que tenía el mayor puente de todas. El que estaba junto al hotel nos gusto, pero el importante, el más conocido de todos, era impresionante. Encima, los pequeños molimos de madera que recogían el agua del río y la transportaban a los arrozales terminaban de crear la foto perfecta. Frente al puente, multitud de jóvenes se agolpaban, sentados, con laminas y lápices en mano, intentado dibujar el puente y el paisaje. Y lo lograban.

Una vez cruzado el puente, nos adentramos en la zona más poblada de la aldea. Las casas de madera, todas siguiendo las pautas de la arquitectura local, se agolpaban en lo alto de una colina. Cuando llegamos al punto más alto, descubrimos la plaza, con su torre del tambor y su escenario. En ese momento acababa de llegar un grupo de turistas con su guía, y los lugareños se disponían a ofrecer un espectáculo de folklore local. No nos quedamos mucho tiempo en la plaza, mas que nada por el acoso de las ancianas del lugar, que se nos acercaban como moscas intentando vendernos pulseras y demás cachivaches.

Mujeres trabajando en los arrozales

Nos alejamos de la plaza y continuamos caminando el resto de la mañana. No solo por la aldea Ma’an, también por las que estaban por los alrededores. De este modo descubrimos más puentes y torres, y pudimos apreciar mejor cual era el modo de vida de la etnia. Además del turismo, la agricultura era su otra fuente de ingresos, los arrozales se extendían por cualquier esquina, y los hombres y mujeres trabajaban el campo. Lo que nos resulto muy curioso fue que la mayoría de las viejas del lugar andaban totalmente encorvadas. A las jóvenes las veíamos con el típico palo cargado con dos cestas en sus costados o llevando a los críos pequeños, siempre sobre la espalda, o totalmente agachadas en los arrozales; estaba claro que la deformación era producto del tipo de trabajo que hacían.

Panorámica de la aldea Ma’an

Daba gusto pasear por el lugar, al menos, no nos molestaban intentando vendernos de todo. Pero en algún momento teníamos que comer, y elegimos un hostal que tenía buena pinta, encima con la carta en ingles. Fue un acierto, ya que comimos un arroz exquisito (lo normal viendo todo el arroz que había en la zona) y una calabaza rebozada, también típica, de quitar el hipo. Encima las cervezas del lugar superaban a las que habíamos conocido hasta ese momento en China. Lo más común hasta ese momento había sido la cerveza Tsintao de medio litro, no había opción con el tamaño, pidieras lo que pidieras, te plantaban el pedazo botellón en la mesa. En este caso, las cervezas de la marca Lichuan, eran de 600 ml, por lo que las superaban.

Típico molino utilizado para recoger agua del río

Con el estomago lleno, y el cuerpo cansado de andar toda la mañana, nos dedicamos una siesta de las que se dice de pijama y orinal. Al despertar, nos dimos otro paseo por la aldea, sin prisas, sin agobios, disfrutando del paisaje. Encima tuvimos el punto cómico del día cuando una señora le ofreció a Esti vestirse con trajes típicos de la zona para hacerse unas fotos, y yo le dije que si, que si queríamos. Así que a Esti no le quedo más remedio que enfundarse la ropa, ponerse una especia de corona de metal, y colocarse con el puente de fondo para las fotos. La señora lo estaba pasando en grande, no se si algún occidental se había prestando anteriormente a esto. A Esti no le gusto tanto la idea, pero creo que al final se lo paso bien, a pesar de que paso un poco de vergüenza. Otra cosa curiosa que nos paso fue que un niño pequeño se me acerco y me empezó a tocar los pelos del brazo. No habría visto muchos occidentales, y encima, como tenía pelos en el brazo todavía alucinaba más. Nos dijeron algo en chino, vete a saber que fue.

Tras las divertidas anécdotas, volvimos al hostal de la mañana a tomar algo, y aprovechamos para conectarnos a internet, ya que tenían wifi. Pero a diferencia de la mañana, nos volvimos al hotel a cenar. Teníamos que concretar un asunto de un taxi para el día siguiente, y queríamos comentarlo directamente con el gerente, Michael Yang, que era el único que hablaba ingles. Al resto de personal del hotel, hubiera sido una perdida de tiempo explicarles nada, ni con el diccionario en la mano. Por suerte, conseguimos hablar con el y cerrar los asuntos pendientes para el día siguiente. Ya los había comentado con el por email, pero no estaba de mas recordárselo. De paso, le pedimos consejo sobre que podíamos cenar. Menos mal que estaba, ya que unos instantes antes, una de las chicas nos había traído la carta del desayuno en vez de la de la cena. Michael nos recomendó el cerdo local, así que le hicimos caso, yo al menos que me lo comí, y estaba buenísimo. Lo acompañamos con un tofu especiado y tomate con huevo. Claro esta, también con un par de cervezas Lichuan. Todo esto, en la terraza del hotel, anocheciendo, y a la espera de que se fuera la luz.

Esti vestida con el traje típico de la etnia Dong

Despedimos la jornada volviendo de nuevo al puente. Ya estaba de noche, y estaba iluminado con unos potentes focos, que lo hacían más espectacular que durante el día. Intentamos hacer alguna foto, pero era imposible, la luz de lo focos era tan potente que deslumbro todos los intentos que hicimos. Y esto fue todo lo que dio de si la jornada en la aldea Dong, tranquilidad y buenos alimentos.

Crónicas chinas. Día 11: Fenghuang bajo la lluvia

Crónicas chinas. Día 11: Fenghuang bajo la lluvia

Tras un día de lluvia constante, el undécimo día de viaje amaneció también lluvioso y gris. Parecía increíble que hubiéramos estado todos los días hasta ese momento a más de 30 grados y con un sol abrasador. Pero el clima era muy distinto en esta zona. Como el desayuno no era en el edificio del hotel, tuvimos que salir a la calle y buscar el lugar, solo con un ticket con el nombre del sitio, y una ligera idea de donde podía estar. Tras recorrernos la calle arriba y abajo, nos cansamos y empezamos a preguntar al personal. Hasta que llegamos a preguntar a uno que estaba en la misma puerta. Las letras chinas, a pesar de que no las entendíamos, no se parecían ni por asomo a lo que ponía en el papel. Al menos habíamos llegado al sitio.

Vendedor ambulante de pepinos, se los comían crudos y andando por la calle

Cuando subimos a la segunda planta, descubrimos que el desayuno del día anterior no había sido tan malo, ya que no nos encontramos el esperado café, ni las tostadas, ni un poco de bollería. Por lo menos tienen fruta, pensé, y me serví una especie de sandia. Cuando llegue a la mesa descubrí que la habían bañado en chili y picaba demasiado comérselo a las 8 de la mañana. Así que me llene el plato de tomates y unos panecillos que estaban hechos al vapor. En el segundo intento, vi algo que parecían tiras de patatas fritas y me lo serví. Cuando empece a comerlos descubrí que era patata, pero las raíces, los brotes. Como no, con picante. Estaban incomibles. Poco más aprovechable había, así que nos volvimos al hotel y me comí una manzana que nos habían dado en un hotel anterior.

Barcas semihundidas

Habíamos desayunado muy pronto, por lo que nos dio tiempo a echarnos un rato antes de hacer las maletas para salir. Ibamos a pasar el día en Fenghuang, pero teníamos que salir del hotel antes de las 12. Al hacer el checkout, y al dejar las maletas junto a la recepción, me encontré a dos chavales, los botones supongo, dormidos dentro de una pequeña habitación. Pero había que ver como estaban, sentados sobre una silla, y uno encima del otro. Menuda estampa. Lo nunca visto.

A salir del hotel, tuvimos que echar mano del paraguas y del poncho. Yo llevaba la mochila forrada con un plástico que traía la propia mochila, ya que con lo que caía, seguro que se me mojaba entera. Y nos pusimos a pasear por las mojadas calles. Esta vez nos fuimos por una zona que no habíamos visto el día anterior. Era mucho menos turístico, y se podían ver las verdaderas casas y callejuelas del casco antiguo. Cuando estábamos cruzando uno de los puentes, vimos como había un grupo de mujeres lavando la ropa a mano en el río. En medio de una ciudad y en el siglo XXI. Ver para creer.

Pasear bajo la lluvia tiene su punto, pero llega un momento que cansa, y mucho. Así que tras el desayuno chino que habíamos padecido, nos apetecía algo de comida de la nuestra. El día anterior habíamos echado el ojo a un bar que mencionaba la Lonely y en el que ofrecían café, pizzas, helados, etc. Además tenía wifi. Pero lo mejor era las vistas sobre el puente más bonito de Fenghuang. Nos sentamos en un ventanal, observando tanto el puente HongQiao como las barcas que pasaban bajo sus arcos. El puente en cuestión era similar al Puente Veccio de Florencia, ya que tenía un montón de tiendas y puestos, salvando las distancias, por supuesto.

Detalle de los postes que sujetan las casas

El Soul Coffee, siempre haciendo caso a lo que dice nuestra querida Lonely, era el lugar perfecto para tomar un café y un buen trozo de tarta de chocolate. Y que mejor que dejarse aconsejar y disfrutar del chocolate, que llevábamos días sin probar, y de un café de verdad. En la carta también incluían vinos de importación, alguno español, y hasta ¡¡puros habanos!! La variedad y calidad de todo lo que servían estaba incluido en el precio, claro. Nos tiramos un buen rato saboreando el café y la tarta, el momento lo merecía. Estábamos tan a gusto, y encima con wifi para poder hablar por whatsapp o skype, que nos quedamos también a comer. Tenían comida occidental, y en ese momento era lo que más nos apetecía, tras el desayuno maldito que habíamos sufrido. Además de una pizza, nos pedimos unas gambas rebozadas. Todo acompañado con una coca-cola, que también llevábamos días sin probar. Al final, estuvimos casi dos horas en el local, pero con lo que llovía, y lo bien que estábamos, ¿Por que movernos?

Puente HongQiao

Y nos dimos el ultimo paseo por Fenghuang, esta vez tuvimos suerte, ya que paro de llover y nos pudimos despedir de la ciudad como se merecía. Pasamos por ultima vez por la calle de los restaurantes y nos despedimos de las ratas enjauladas, vimos pasar por ultima vez las barcas con los lugareños disfrazados y cantando, nos sentimos observados por ultima vez por los turistas chinos… Tocaba marchar. Habíamos pedido un taxi en el hotel, ya que no nos apetecía volver a montar en un motocarro. Teníamos que coger un autobús a Jishou, una ciudad cercana en la que cogeríamos el siguiente tren, destino a Sanjiang.

El trayecto fue mejor que el de ida, pero al llegar nos llevamos una sorpresa, ya que supuestamente la estación de autobuses estaba pegada a la de trenes, pero al bajar del bus allí no había nada de nada. Por suerte, y antes de tener que sacar el diccionario, un chico muy amable, que hablaba inglés, nos dijo que el también iba a la estación y que le siguiéramos. Fue tan amable que hasta nos paró un taxi y le dijo a taxista a donde tenía que llevarnos. Buenas personas hay en todo el mundo. Pero claro, sin contar con los taxistas chinos, no había más que ver como se hacia el orejas, sonreía y como si nada. El tío había arrancando y no había bajado la bandera. Yo se la señalaba y seguía sonriendo, hasta que a la tercera vez, en la que puse el dedo encima de la bandera, el taxista hizo un gesto como diciendo, uy, se me había olvidado.

Pasarela sobre el río Tuo Jiang

Como teníamos tiempo antes de coger el tren, nos dimos un paso por los alrededores, pero tampoco muy lejos, que íbamos cargados con la maleta. Nada más llegar a una ciudad china, se nota si es turística o no, en el caso de Jishou, no deben pasar muchos extranjeros, ya que se nos quedaba mirando todo el mundo sin disimulo. Tras vuelta y vuelta, ser una vez más el foco de atención, y ver solo puestos callejeros, nos encontramos un restaurante que tenía una pinta aceptable. No había ni carteles en inglés ni fotos de los platos, pero la aventura es la aventura. Al vernos entrar por la puerta, se quedaron alucinados, y nos sentaron en la mesa más cercana. Llegaba el momento de la verdad, tocaba hacernos entender. Durante un rato intentamos explicarles que queríamos, con el diccionario en la mano, pero no tuvimos mucha suerte. La chica más joven hablaba unas pocas palabras en inglés, pero no las suficientes para entendernos. Fue tal el lío, que hasta se nos acerco el cocinero con una cebolla roja en la mano, algo nos quiso decir, pero ni idea de que, supongo que quería cocinarnos un plato con esa cebolla. Finalmente tuvimos que pedirles que sacaran lo que ellas quisieran. En el diccionario ponía una frase que venia a decir, ¿Cual es la especialidad de la casa?, y eso les soltamos. Que sacaran lo que quisieran. Nos daba igual, con tal de comer, que fuera lo que fuera.

Imagen nocturna en Fenghuang

Esperamos expectantes a que sacaran los platos, mientras tomábamos el te. Cuando se nos acerco la dueña para decirnos algo de una botella de licor que había en la mesa. Obviamente, no le entendíamos nada, y solo sonreíamos. Al de poco, se acerco la chica joven, y nos explico que quería que catáramos el licor. Teníamos que apuntarnos en una lista, poniendo nuestro nombre y teléfono, para dejar constancia. Al principio me dio un poco de reparo, pero al final acepte la invitación, y me abrí la mini botella y me serví en el vaso. Tenia una graduación de 34 grados, por lo que tampoco era tan fuerte, no podía ser para tanto. A todo esto la chica estaba esperando a que lo probara y le dijera algo. Very good, le solté. Y se marcho contenta a la mesa de al lado, a seguir con la promoción.

Unos minutos después llego el primer plato. Toma cebolla roja. Allí estaba, el cocinero se había salido con la suya. Era un plato de carne en tiras, de cerdo concretamente, acompañado solamente de la cebolla. Por fin un plato sin picante y sin salsas. Y estaba buenísimo. Cuando acabábamos de devorar el primer plato, nos sacaron el segundo: revuelto de tomate con huevo, acompañado de un cuenco de arroz. Exquisito también. Hacia días que no comíamos tan limpio. Y todo esto sin saber lo que habíamos pedido.

Cerdo con cebolla roja en Jishou

De vuelta a la estación del tren, pasamos los controles y nos invitaron a pasar a una sala de espera VIP. Amablemente nos explicaron, más bien leímos en un papel, que si entrábamos podríamos tomar te, café, cargar los móviles o conectarnos a internet. Y todo por un módico precio de 10 yuanes. Lo que no sabíamos es que además teníamos preferencia a la hora de montarnos al tren, las ideas de las compañías aéreas trasladadas al ferrocarril chino, toda una innovación. En la sala de espera, había cuatro señores, a los que bautizamos como los Paco Martínez Soria. El show que montaron fue bueno. Sobre todo uno de ellos, que se paso por todos los bancos y mesas cotilleando lo que hacia el personal. Con total naturalidad. Incluso se puso a mi lado, se detuvo, y observo que hacia con el iPad. Durante el resto del tiempo, y hasta el momento que nos montamos al tren, estuvo haciendo tonterías y volviendo locas a las azafatas de la estación.

El trayecto fue de solo cuatro horas, pero al menos pudimos ir descansando en litera blanda. A las 1:50 de la madrugada, y con un poco de retraso, llegamos a la estación de Sanjiang donde nos esperaba un taxista. Nos faltaba el último trayecto del día, por carretera hasta la aldea de Chengyang. En media hora, durante la cual no nos cruzamos ningún coche, estábamos en el Dong Hotel.

Crónicas chinas. Día 10: Fenghuang is different

Crónicas chinas. Día 10: Fenghuang is different

Tocaba madrugar. Nos esperaba un traslado en bus, y no sabíamos exactamente la hora de salida, así que teníamos que ir a la estación y esperar. En el desayuno, empezamos a tener problemas para poder elegir algo que llevar a la boca. Hasta este momento los desayunos eran occidentales, pero a medida que nos adentramos en la China profunda, cada vez se veía menos fruta, café o tostadas. Los chinos no hacían más que desayunar fideos, huevos duros, verduras y te. Los primeros días nos hacia gracia, pero estábamos llegando al limite. Cada vez hay menos cosas que nos gustaran para desayunar.

Área de descanso china

En la puerta del hotel cogimos un taxi hasta la estación del bus. Estaba a solo cinco minutos. Al reservar el hotel había tenido en cuenta que estuviera cerca tanto del aeropuerto como de la estación. En ese sentido nos había salido redonda la jugada. En la taquilla, conseguimos hacernos entender y sacar dos billetes, no fue muy complicado. Nos tocaba esperar 45 minutos hasta el siguiente autobús. Así que nos sentamos en unos bancos y a esperar. Lo bueno de esos tiempos de espera es que te vas fijando en detalles en los que hasta ese momento no caías. La zona era más rural, se veía en la vestimenta de las personas, sus caras o el color de la piel también eran distintas de lo que habíamos visto hasta ese momento.

El bus hasta Fenghuang fueron 4 horas de traqueteo constante. Las carreteras chinas eran para ir en todoterreno. Menudos baches. Íbamos botando todo el rato, intentaba escribir el blog y no hacía más que teclear letras erróneas. El suplicio se alivio, ya que a medida que nos acercábamos empezamos a ver que el paisaje cambiaba: montañas y arrozales por doquier. A mitad de camino, nos pararon en una especie de estación de servicio, por llamarle algo, en la que había un puesto de comida y una pequeña tienda. Los conductores aprovecharon para darle un manguerazo al autobús. Todo de los más cañi.

Detalle de las típicas casas de Fenghuang

Al llegar a Fenghuang nos dejaron en una parada en las afueras, estaba lloviendo a mares. Esperábamos que hubiera taxis, pero lo único que había eran una especie de motocarros con tres ruedas y unas motos normales. Los de las motos se ofrecieron a llevarnos, pero solo entraba una persona sentada detras… Le dije que llevábamos una maleta, pero le daba igual, siguió insistiendo. Con el que si regateamos fue con un hombre que tenía un motocarro, nos parecía algo caro lo que nos pedía, pero en esta ocasión no nos quedo más remedio que ceder en el regateo: no había otra forma de salir de allí. Nos montamos en la parte de atrás del motocarro y arrancamos bajo una intensa lluvia. Menos mal que lo contratamos, el hotel estaba muy muy lejos, y con la que caía, podíamos haber muerto ahogados por el camino.

Antiguo paso para cruzar el río

Llegamos al Phoenix Jiangtian Holiday Village Resort y en la recepción no hablaban ni una palabra de inglés, pero hicimos el check in sin problemas. El hotel no estaba mal, algo peor que los últimos que habíamos estado, pero estaba limpio y hasta tenía un ordenador de sobremesa. Menos mal que el Windows es universal, y aunque todos los nombres estaban en chino, conseguí utilizarlo sin problemas. En un momento, dejamos las maletas y salimos a comer algo. Eran las cuatro de la tarde, y todo el mundo había comido ya, así que no había mucho donde elegir, además, no había ningún cartel en inglés por ningún lado. Al final, nos sentamos en un restaurante que tenía la cocina a la vista, así que nos acercamos a la cocina y le señalamos lo que queríamos: unos noodles (para variar) y una especie de tortilla (pensábamos que era tortilla, pero era tofu). Lo malo es que no vendían bebida, y la comida picaba una barbaridad. Intentamos pedirles cerveza pero decían que no tenían. Al final les pedimos agua, y nos sacaron un vaso, nada de botella. Por si acaso, casi ni la probamos, no fuera a ser que pilláramos alguna pirrilera. En algún momento tuve que beber unos sorbos, no hubo más remedio, con el picante no aguantaba más.

Nuestra idea era echar una siesta y volver a salir, pero empezamos a caminar por las calles, y como estábamos tan a gusto, y había dejado de llover, nos pasamos toda la tarde paseando, la ciudad lo merecía, era de película, pero estaba plagada de turistas chinos, era como el Salou de China, con la excepción de que la ciudad era chulísima. A las dos orillas del río se apilaban las casas de madera, apoyadas en unos pilares que no inspiraban mucha confianza, pero la estampa era de postal. El encanto de esa ciudad era precisamente ese toque decadente y gris. Mientras paseábamos, intentaban vendernos coronas de flores en todas las esquinas, y las chicas chinas las llevaban todo orgullosas. No sabíamos si tendría algún significado, o era simplemente una turistada. Además de las flores también les daba por vestirse con los trajes típicos de la zona y sacarse fotos como si fueran para un book.

Ratas preparadas para saltar a la cazuela

Mientras paseábamos vimos que en los restaurante tenían la comida en jaulas o peceras, en la calle, vale que hubiera peces, pero vimos pollos, culebras o ratas. Un golpe, y a la cazuela. La verdad es que las ratas daban bastante asco. No sabíamos sin eran ratas exactamente, pero eran muy parecidas. Las culebras también daban un poco repelús. Estaban metidas en un balde como si nada. Lo de los peces no tenía nombre, los metían en las peceras para dar sensación de que iban a estar frescos, cuando más de uno estaba panza arriba, más muerto que muerto. Si lo que intentaban era convencer a la gente, a nosotros todo lo contrario, a ver si te van a meter un pez chungo en el plato, encima vete a saber desde cuando estaba allí.

Dimos un montón de vueltas, y al final cenamos en un chiringuito de noodles. En Fenghuang no tenían fotos de los platos en los restaurantes, por lo que no nos atrevíamos a meternos en ninguno. Fuimos a lo seguro, y entramos en uno de noodles que tenía pinta de limpio. Y aunque parezca mentira, nos echaron tripas en el cuenco, y nos las comimos. Parecían setas cuando las vimos, pero en el cuenco descubrimos lo que eran. Nos daba igual, todo para adentro, visto lo visto, era lo mejor que podíamos comer allí. Acompañamos los noodles con un par de churros, que nos hacían de pan.

Fenghuang de noche

Si durante el día la ciudad era bonita, de noche se salió. Se convierte en un lugar muy distinto. Con todos los edificios iluminados con luces de colores. Además de las luces, había un montón de bares o pubs, a los que los chinos iban a desmelenarse. En la calle había chicos y chicas jóvenes que intentaban atraer a los viandantes al interior. Karaoke, alcohol, música alta y luces mareantes. Menudo cóctel. Lo decía la Lonely, el lugar era el del desmelene vacacional de los chinos.

No llegamos a descubrir sin el desfase era total. Ya que nos fuimos al hotel antes de empezara la fiesta de verdad. No teníamos contratado el desayuno, y nos dimos dado cuenta de que por la zona no había ningún sitio cerca donde desayunar, así que preguntamos en recepción. Las chicas no tenían ni idea de inglés, y nos pusieron al teléfono con una persona, que supuestamente sabia ingles. Le explique que queríamos desayunar al día siguiente, y le pregunte el precio, pero al tío no se le entendía nada. Se puso Esti al teléfono, y consiguió hacerle entender lo que queríamos. Así que nos dieron unos tickets para la mañana siguiente, y a la habitación. En la mesilla, nos encontramos una bolsa de lo que parecían caramelos. Los habían dejado los del hotel. Eran los caramelos típicos de la zona. Los vendían en todos los puestos. Al probarlos, descubrimos que de dulces no tenían nada, más bien eran picantes, como todo lo que se comen en Hunan. Yo me comí solo uno, y suficiente, pero Esti se comió el paquete entero. Lo mejor es que nos quedaron dos paquetes más, solo nos habíamos comido uno de los tres que tenía la bolsa.

Crónicas chinas. Día 9: agur Xian, kaixo Hunan

Crónicas chinas. Día 9: agur Xian, kaixo Hunan

Último día en Xian. Dedicamos la mañana a pasear cerca del hotel. Por un lado estaba el parque que habíamos descubierto la noche anterior, y por otro, había barrios menos céntricos, pero que nos servirían para hacer ciertos recados que en el centro serian imposibles de hacer. Los parques y paseos que descubrimos la noche anterior seguían siendo impresionantes. No era lo mismo, sin la iluminación perdía gran parte de su atractivo, pero en cambio las florituras que hacían con el agua de las fuentes bien merecían un paseo. Lo más curioso resulto fijarse en los arboles que por la noche se iluminaban con color rojo, ya que realmente no eran arboles, pero que si no te fijabas con detalle, engañaban totalmente.

Torre de la Campana de Xian

Una vez visto el parque de día, nos salimos de la zona más turística y empezamos a caminar por calles paralelas. No hacia falta caminar mucho para que el ambiente cambiara. Pasaba de los típicos chiringuitos para turistas, a tiendas de barrio de todo tipo de productos. Y eso era precisamente lo que buscábamos. Queríamos encontrar una especie de bazar en el que comprar un candado para la maleta, que aunque parezca mentira, hasta ese momento no teníamos. Y mira que hemos viajado. Y por otro, un adaptador de enchufes. Lo primero lo encontramos sin problemas, uno con combinación numérica. Pero en cambio el adaptador no. Lo que si encontramos fue una sucursal del Bank of China, el banco del estado, y que más confianza nos inspiraba a la hora de cambiar euros a yuanes o a la hora de sacar dinero en el cajero automático. Tuvimos que sacar los pasaportes y rellenar un par de impresos, pero al de un rato ya teníamos más yuanes en nuestro poder.

El noodle de 4 metros ya partido

Paseo tras paseo, nos había entrado el hambre, y sin salir de la zona, encontramos un restaurante conocido en Xian, el First noodles under the sun. Su especialidad era un noodle de casi 4 metros de largo que no podíamos dejar de pedir. Además lo acompañamos con un plato raro: una especie de bloques de gelatina, y una ensalada de brotes de soja. Al sacarnos los noodles, la camarera nos lo fue partiendo y poniendo en dos cuencos distintos, cada uno con una salsa distinta. Parece que no confiara en que fuéramos capaces de partirlo. Y algo de complicación si que tenía, pero estoy seguro de que podríamos hacerlo, a esas alturas éramos unos maestros en el uso de los palillos. Todo el mundo pedía ese plato, pero fuimos los únicos a los que se los partieron. El plato estrella era ese, pero nos gusto muchísimo más el de la gelatina. De los brotes de soja ni hablar, que picaban una autentica barbaridad, estaban bien pero sin más.

La tarde la pasamos de nuevo en el centro, concretamente en el barrio musulmán. Teníamos que seguir buscando el adaptador de enchufes. Hasta ese momento no lo habíamos necesitado, pero estábamos cerca de adentrarnos en la China profunda, donde seguramente nos haría mucha falta. Tras dar vueltas al barrio buscando una tienda que no fuera de comida ni recuerdos, en un pequeño bazar encontramos lo que estábamos buscando. No estábamos seguros de si el enchufe seria de dos o tres patillas, pero la señora que atendía, en un casi perfecto inglés, nos explico que allí utilizaban el de tres.

Torre del tambor de Xian

Una de hechos los deberes, nos sentamos en un Starbucks, donde degustamos un café decente, y lo mejor, nos aprovechamos del aire acondicionado. En la calle podría hacer perfectamente 35 grados. Y ahí nos tiramos un buen rato. Coincidió que estaban grabando un spot publicitario, por lo que fuimos testigos en primera persona de las distintas tomas: había un chica en la terraza, acariciando a su perro y tomándose un café. Eso fue todo, pero alrededor se congregaron multitud de curiosos, que no paraban de sacar fotos. Nos quedamos con la duda de si la chica seria famosa en China, pero no tenía pinta, ya que no le pidieron ningún autógrafo.

Tras pasar la tarde en el centro, tocaba recoger la maleta en el hotel para irnos al aeropuerto. Cogimos un taxi hasta el hotel y ya se notaba que era hora punta, había un trafico infernal. Una vez con la maleta en nuestro poder, teníamos que volver a cruzar la ciudad, ya que íbamos a ir al aeropuerto en el airport express. Con el atasco que había, llegamos a pensar que hasta perdíamos el bus, pero no, con el taxista que nos toco sería imposible. Ahora nos reímos al recordar el trayecto que nos brindo el tío loco, pero para habernos pegado una galleta. Que manera de adelantar, que acelerones en las rectas, que frenadas, conductor agresivo seria quedarse corto para describirlo. Incluso en algún momento se metió por un aparcamiento paralelo e hizo un adelantamiento de película. Parecía que estábamos en una escena de A todo gas, con Vin Diésel al volante.

Calle principal del barrio musulman

El vuelo fue sin ningún contratiempo. Era un vuelo corto, de poco más de una hora, y se notaba que íbamos a una zona rural y bastantes pasajeros no habían salido mucho de casa. De entrada, en el autobús que nos llevo a la pista, alucinaron cuando vieron que Esti llegaba a agarrarse de la barandilla, cuando alguno de ellos no llegaba ni de lejos. Se estuvieron partiendo de risa un buen rato, sobre todo, cuando descubrieron que no llevaba tacones. ¿Nunca habían visto una chica de esa altura? La gota que colmo el vaso llego cuando estábamos a punto de aterrizar, y la señora que tenía a mi lado (que en un principio intento sentarse en nuestros asientos con todo el morro del mundo), cogió unos papeles, hizo unas bolas, y se las metió en los oídos. Paletismo al poder. Parece que el cambio de altura y la presión no le sentó bien, y se le taponaron los oídos, pero, ¿Donde se pensaba que había montado? Una vez más, ver para creer.

Eran gente de campo, sin más, no parecían mala gente. Los que si que podrían haberse afiliado al hampa era el gremio de taxistas de Zhangjiajie, que era donde habíamos aterrizado. De entrada, llegamos a unas horas un poco tardías, las 23:30, pero eso no es excusa para intentar tangarnos. Nada más salir por la única puerta del aeropuerto, se nos acercaron como buitres. Yo ya sabía que el hotel estaba a solo dos kilómetros, de hecho lo había reservado expresamente por su ubicación. Cuando les dijimos el nombre del hotel, uno de ellos nos dijo que le siguiéramos, nos llevo a su taxi, montamos la maleta en el capó, y empezó el espectáculo. Le pregunte cuanto nos cobraría, ya que dábamos por seguro que no iba a bajar la bandera ni de coña. Me soltó que 50 yuanes, y alucinamos, ¿más de 5 euros por un trayecto de 5 minutos? Le dijimos que no, que era mucho. Pensábamos que el tío iba a intentar regatear cuando le dijimos que sacara la maleta del capó, pero ni se inmuto y la saco. Estaba jugando claramente conque en esos momentos era la única manera de salir de ahí. Pero no cedimos. Y nos alejamos. Al de poco nos vino otro y nos dijo que 20 yuanes, nos pareció más un precio más razonable y le dijimos que adelante. Con el tiempo he llegado a pensar que todo podía haber sido un teatro para que no negociáramos los 20 al ver la gran diferencia y que era mucho más barato. Puede ser, pero nunca lo sabremos.

Lo importante en esos momentos era llegar al Dacheng Shanshui International Hotel. Y lo hicimos en 5 minutos. El check in fue rápido, y en poco más de media hora ya estábamos instalados en la habitación. Solo íbamos a estar una noche, por lo que ni deshicimos las maletas. Al día siguiente tocaba madrugar, queríamos coger el autobús a Fenghuang a las 9 de la mañana, y teníamos que desayunar antes.

Crónicas chinas: día 8. Terracotta warriors

Crónicas chinas: día 8. Terracotta warriors

Tras el ajetreo del taxi del día anterior, nos levantamos tarde. Tampoco teníamos prisa, ya que dedicaríamos el día a visitar los guerreros de Terracotta, y estaba a solo una hora en autobús. Así que nos plantamos en el desayuno del hotel poco antes de la hora de cierre del comedor. El desayuno era una mezcla entre oriental y occidental. Por un lado, había los típicos huevos con beicon y salchichas, y por otro, todo tipo de verduras, sopas, pastas y arroces chinos. Incluso había una taza con gusanos, muy apetitosos por cierto. Tras desayunar dedicamos un rato a hacer unas gestiones por internet: teníamos que comprar los billetes para el crucero del río Li, y la web de la empresa no estaba accesible en China, la habían censurado directamente. Era alucinante. No me quedo más remedio que mandarles un email y pedirles información sobre los precios y el modo de pago. Al menos contestaron muy rápido, y antes de salir del hotel ya habíamos finiquitado las gestiones. Solo nos faltaba pagar.

Vista panorámica del pabellón 1

Y con los deberes hechos, nos cogimos un taxi en la puerta del hotel (esta vez parece que nos estaban esperando, y no como la noche anterior), y nos fuimos hasta la estación de trenes, donde se cogía el bus directo a la zona del museo del ejercito de Terracotta. En una hora nos encontramos en la taquilla, con las entradas en la mano, e impacientes por visitar una de las mayores maravillas del mundo. Para llegar a la zona de las excavaciones, había que montarse en un cochecillo parecido a los de golf, pero con más plazas, algo muy típico en China.

Antes de meternos en ninguna excavación, pudimos ver un video que nos sirvió para situarnos en la época de la construcción, y que iba contando cronológicamente la historia hasta nuestros días. Después, y siguiendo las instrucciones de la Lonely, empezamos la visita a los tres pabellones de menor a mayor, mejor ver antes lo menos interesante, ir entrando en el contexto, y terminar con el plato fuerte. Fue todo un acierto. El tercero de los pabellones era el más pequeño, y el que menos soldados contenía. El segundo, en cambio, tenía unas dimensiones descomunales, pero casi ningún soldado visible, estaban la mayoría bajo tierra. Y por ultimo, el primer pabellón, el más importante, y el que se puede ver en todas las fotos sobre los guerreros. Increíble. Indescriptible. Filas y filas de guerreros, y todos distintos. No es de extrañar que su construcción les costara 40 años de trabajo. Lo más curioso es que han estado durante siglos bajo tierra, hasta que hace 30 años los descubrieron por casualidad unos campesinos. Impresiona verlos frente a frente. Sin duda, y hasta ese momento, era lo que más nos había gustado del viaje. Acercarse hasta Xian se compensa solamente con esta visita. Aunque perezca mentira, y se trata de solo tres pabellones, tardamos unas horas en visitarlos, parándonos cada dos por tres a leer las indicaciones, u observando cada detalle de los soldados.

Los soldados vistos desde cerca

Para cuando salimos del museo eran casi las cuatro de la tarde. Pero nos dio tiempo a regatear en un puesto y comprar unas figurillas de los soldados, para tener de recuerdo. Poco a poco le íbamos cogiendo el truco al regateo, de los 75 que nos pedían, se quedaron en 25. Todo gracias a que Esti se puso dura. Yo le dije que 40, Esti dijo que no, hicimos un amago de salir de la tienda y la propia dependienta bajo hasta 25. Seguro que seguía ganando dinero, pero al menos no se nos río a la cara. El regateo era un auténtico coñazo. Lo último que hicimos antes de coger el bus de vuelta fue paramos a comer en un Dicos, la cadena de hamburguesas chinas, lo que viene a ser su MacDonalds. Lo curioso es que en estos sitios son todas las hamburguesas de pollo, casi no tienen otra carne.

En lo que quedaba de tarde, decidimos volver a darnos un paseo por el barrio musulmán, que siempre estaba muy animado. Lo que hicimos a diferencia del día anterior, fue meternos en un mercado de todo tipo de ropa, complementos, antigüedades, etc. la mayoría imitaciones. Era pequeño, pero nos sirvió para hacernos una idea de lo que podríamos encontrarnos a la hora de hacer las compras de ultima hora. Lo más curioso es que en un puesto intentaron vendernos algo hablando en castellano, era la primera vez que lo oíamos desde que habíamos llegado a China, y el tío nos demostró que se había aprendido bien los números.

El famoso yangrou paomo

Al igual que el día anterior, y como hasta ese momento la Lonely no nos había fallado, decidimos darle otra oportunidad, y emprendimos la búsqueda de uno de los restaurantes que recomendaban. Nos costo un buen rato dar con el. Teníamos claro en que calle estaba, pero no terminábamos de encontrarlo, encima no tenía rótulos en ingles, y estaba en una segunda planta, en vez de en plena calle. Al final, preguntamos a un par de personas, y gracias a ellos dimos con el. Se trataba de un restaurante fundado en 1898, uno de los más conocidos de la ciudad, el Lao Sun Jia. Nuestra idea a probar su especialidad, el yangrou paomo, una especie de sopa con migas de pan, fideos, maiz molido, pan de pita y carne de carnero. Era lo más típico en Xian. Cuando abrimos la carta, ponía que llevaba tripas de carnero. Esti se negó a tomarlo, pero yo estaba dispuesto a darles una oportunidad. Si era su plato estrella, y en el restaurante todo el mundo lo tomaba, ¿Porque no iba a probarlo yo? Al final resulto que no era ese plato, pero era muy similar: en vez de tripas llevaba carne normal. Esti se había pedido otra cosa, pero como resulto que no lo tenían, al final termino pidiendo lo mismo que yo. El toque musulmán se notaba, y mucho, en el plato. El sabor era totalmente distinto a lo que habíamos estado comiendo hasta ese momento. Al principio nos costo hacernos al sabor, pero al final la sopa nos encanto. Y más cuando la acompañamos con los ajos y el cilantro que nos sacaron en otro plato.

El parque y la pagoda de fondo

Como ya estaba de noche al salir, nos cogimos un taxi para volver al hotel. Esta vez nos toco un taxista un poco loco, si hay alguno sano en China claro, y nos dejo cerca del hotel, pero en una zona que no habíamos descubierto todavía. Sabíamos que en la pagoda de la oca había un espectáculo nocturno de luces y colores, pero más que el show en si, descubrimos un parque increíble junto a la pagoda. Los arboles con bombillas rojas o moradas en sus ramas, la pagoda totalmente iluminada, el ambiente, las estatuas… Fue una pasada, sin duda, uno de los parque más bonitos que hayamos visto nunca de noche. Recomendable al 100% darse un paseo nocturno.

Crónicas chinas. Día 7: llegamos a Xian

Crónicas chinas. Día 7: llegamos a Xian

Y llego el día de mi cumpleaños. Esta vez me llego seis horas antes, durmiendo en el tren camino a Xian, por lo que en China soy oficialmente seis horas más joven, casi nada. Para las 5:30 encendieron las luces del tren, por lo que estábamos todos despiertos y listos para bajarnos, pero no fue hasta una hora después cuando llegamos a nuestra siguiente parada: Xian. Nada más salir de la estación, empezaron a abordarnos los típicos pesados, ofreciendo taxis, visitas guiadas, coches privados, etc. Pero en ese momento solo pensábamos en desayunar algo, estábamos hambrientos.

Patio principal del hotel

Lo primero que vimos frente a la estación fue un MacDonalds, y ahí que nos plantamos. Al menos nos asegurábamos un café y un zumo. Y así fue, esas dos cosas las tenían, pero todo lo demás no era lo que más apeteciera para desayunar: hamburguesas y fritangas varias. Como que nos quedaba otra opción, al final tomamos café, zumo y una loncha de pescado rebozado. Sobre todo, por meter algo al cuerpo que no fuera liquido. Tras cargar medianamente las pilas, nos fuimos a coger un taxi para ir al hotel. Hicimos cola un rato, espantamos a los pesados de turno, y estuvimos hablando un rato con una pareja de Nueva Zelanda. Encima como éramos los cuatro medio rubios, se pensaban que íbamos juntos, y nos ofrecían todo el rato un coche para ir en grupo.

Supuestamente no podíamos entrar al hotel antes de las 12, y nos presentamos sobre las 8. Menos mal que nos dejaron entrar a la habitación. Necesitábamos darnos una ducha y descansar un rato. El Tang Dynasty Art Garden Hotel era increíble: jardines, fuentes, patios, esculturas, una pasada. Una paraíso dentro del caos que era Xian. Acertamos de lleno al reservarlo, tras un par de días de transición, necesitábamos un sitio fijo para cambiar el chip, y descansar de verdad, en vez de reposar. Esa era la idea que teníamos, y no podía habernos salido mejor. Aunque lo mejor de todo fue que como la llave de la habitación que teníamos se fastidio al entrar, nos llevaron a una habitación muchísimo mejor, que tenía una terraza que daba al patio. Un lujo.

Gran Pagoda de la Oca

Descansamos una rato, nos duchamos y salimos a dar una vuelta cerca del hotel y a intentar comer. Poco a poco nos íbamos adaptando a los horarios chinos: comer sobre las 12, y cenar sobre las 18. Estábamos en las afueras, pero había un centro comercial al lado y comimos en un restaurante en el que había bastante gente y entramos solo por eso, si hay muchos dentro, es que darán bien de comer. Se llamaba Soup Dumplims. Para empezar, la carta no estaba en ingles, por lo que saque el diccionario y nos hicimos entender a duras penas. Les preguntamos cual era su especialidad, y resultaron ser los dumplims, de hecho todo el minuto los pedía. Nos sacaron unos rellenos de cerdo que nos encantaron. Pedimos también un poco de pasta, y como nos quedamos con hambre, un plato de coliflor. En vez de hervida o cocida, estaba como salteada, pero lo mejor no era eso, sino el montón de chili que llevaba. Que sudores, que calores, lo que sufrí. Y eso que no comí chili, sino solo la coliflor.

Incienso encendido por los creyentes

Después de comer visitamos la Gran Pagoda de la Oca, que esta justo enfrente. No se cuantos templos llevábamos ya, pero poco a poco no estábamos empezando a cansar de tanto rezo. Seguro que si fueran iglesias cristianas no hubiéramos aguantado mucho. Lo más característico de esta pagoda era su altura, desde la que seguramente habría bonitas vistas, pero que no llegamos a apreciar. Después de pagar la entrada al recinto, quisieron cobrarnos por entrar a la torre, tontos si, pero de remate no. Nos dimos unos paseos por los jardines y el resto de templos del complejo, y como estábamos un poco cansados, y empezaba a llover, decidimos descansar y echar una siesta. El hotel estaba a dos minutos andando. Ya volveríamos a salir por la tarde noche para dar una vuelta por el barrio musulmán y celebrar mi cumpleaños cenando.

Pinchos morunos en la barrio musulman

El barrio musulmán es de lo más animado. Hay mucho ambiente, puesto de comida y productos típicos se suceden por estrechas callejuelas, todas iluminadas por vistosos rótulos. Fuimos paseando, y a su vez fijándonos que cocinan en cada puesto: fideos, kebab, cordero, dulces, de todo, y la mayoría con buena pinta. Se notaba mucho el contraste de una ciudad a otra, no se si es por el hecho de que son musulmanes, o directamente que la raza es distinta. Xian es una ciudad de locura, las anteriores no eran tranquilas, pero esta superaba con mucha diferencia a las anteriores, incluso a lo que vivimos en Beijing. Centros comerciales, tiendas de lujo, grandes avenidas, el único oasis es el barrio musulmán y la zona en la que tenemos el hotel, plagada de jardines, fuentes y paseos.

Para cenar, y tras dar unas cuantas vueltas y descartar el MacDonalds (otra vez no por favor), el Pizzahut, el KFC o el Subway (aunque parezca mentira, el centro esta plagado de estos restaurantes), optamos por volver hacer caso a la Lonely. Elegimos el restaurante Maogong Xiangcaiguan, supuestamente uno de los mejores de Xian. Cogimos un taxi y conseguimos decirle al taxista a donde queremos ir: cerca de la pequeña pagoda. Por el camino nos pregunto de donde eramos, o eso creíamos que nos había dicho. Como para decirle donde estaba Euskadi, cuando no sabían ni donde estaba España. El taxista nos había dejado frente a la pagoda, pero al estar de noche, y llover a mares, no nos situábamos, cuando se suponía que el restaurante esta ahí mismo. No había ningún nombre en inglés en el restaurante, y lo que ponía en chino no coincidía con lo que ponía en la guía. Tras dar un par de vueltas a la calle, y preguntar a varios chinos, finalmente resulta que era el primero, y lo descubrimos por la estatua de Mao que había en la puerta. Por fin, ya casi estábamos calados.

Patatas picantes para cenar

No parecía que hubieran entrado muchos extranjeros antes, ya que fuimos la atracción del lugar. Al menos la carta esta en inglés, pero con las fotos muchas veces sería suficiente: el primer plato de la carta era tortuga, y salía en la foto, flipamos. También había otros platos pata temblar: mono, tripas, etc., lo común por esos lares. Lo que mejor pinta tenía por la foto es un plato de cerdo, especialidad de la casa, y otro de patadas. El cerdo lo comí yo solo, esta tierno y muy rico, pero tenía un poco de grasa, que le da su toque. Esti seguía sin probar la carne si no tenía más remedio.

El restaurante estaba especializado en comida de Hunan, y se notaba que les gustaba el picante, ya que el plato de las patatas estaba repleto de chili, una vez más, nos preparamos para sudar. Esti lo comía como si nada, pero yo me bebía mi cerveza (caliente por cierto, era imposible que la sacaran fría, aunque se lo dije claramente), y me tuve que pedir otra para poder soportar el picante. Nunca pensé que la comida fuera tan picante en China. Encima las patatas las sacaron sobre un hornillo, para mantener el calor, que lo que hizo fue darme aun más calor a mi, no solo al plato.

A la salida jarreaba de manera increíble. Después de tantos días de un calor infernal, veíamos la lluvia, es más, la padecíamos. Para volver al hotel teníamos que pedir otro taxi, y entre que era de noche, y la lluvia, nos costo un buen rato encontrar uno libre. De hecho, no lo paramos, sino que dejo a una chica y nos metimos dentro antes de que escapara. Menos mal que lo pillamos, hubiéramos terminado caladisimos y sin forma de volver al hotel.

Crónicas chinas. Día 6: entre murallas en Pingyao

Crónicas chinas. Día 6: entre murallas en Pingyao

Típica calle que atraviesa el casco antiguo

Había sido nuestra primera noche durmiendo en un tren. Al no ser muchas horas de trayecto, tampoco se pueden dormir todas las horas que quieres. En este caso, a las 6:30 de la mañana llegaba el tren a Pingyao. Íbamos a pasar la jornada visitando esta ciudad amurallada, ya que por la noche, cogíamos otro tren nocturno. Como me imaginaba que iba a ser una paliza, contratamos una habitación en un hostel para poder descansar durante el día y darnos una ducha nada más llegar. Lo bueno del hostel que reservamos es que tenían servicio de recogida en la estación del tren. Nada más salir, había varios chinos enseñando unos carteles, y uno con mi nombre, claro. Esperábamos un coche, pero nos montaron en un carrito de golf con capacidad para seis personas, y nos llevaron junto con otras tres chicas hasta el Harmony Guesthouse.

Cocinando en un callejón

Nada más llegar, hicimos el check-in y nos fuimos a dormir, todavía eran las 7 de la mañana, ¿y que hacíamos a esas horas por las calles de Pingayo cuando estaba todo cerrado? fue la mejor decisión. Tres horas más durmiendo nos vinieron de perlas para descansar del todo y afrontar el día frescos. Al despertarnos, nos desayunamos un rico café y unas frutas con yoghurt de coco. El hostel estaba preparado sobre todo para occidentales, por lo que los desayunos que tenían eran perfectos para nosotros. El hostel estaba dentro de las murallas de la ciudad, por lo que nada más salir por la puerta empezamos el paseo por sus antiguas calles. Era como si no hubiera pasado el tiempo, por algo decían que Pingyao era la ciudad amurallada mejor conservada de China. Sus calles y sus casas se mantenían como en otra época. Encima había un gran ambiente, con mucha animación. Lo más curioso que nos encontramos nada más salir fue su iglesia católica. Para más inri, y al ser domingo, estaban celebrando misa en ese momento. Los fieles se agolpaban en la puerta y en la calle. Nos acercamos para asomarnos un poco y verla por dentro. Era igual que las occidentales, en ese sentido no eran diferentes. Lo que choca es que sean católicos, y que por ejemplo tengan una estatua de la virgen en el patio, no nos lo esperábamos.

Tras dar unas cuantas vueltas, y como el calor apretaba de una manera brutal, decidimos parar para comer y refrescarnos un poco. Todavía era un poco pronto, pero era lo mejor que podíamos hacer en ese momento. Encontramos un restaurante lleno de occidentales, y ahí nos metimos: Dejuyuan Restaurant. En vez de comer dentro, le dijimos a la chica para comer en el patio. Era muy chulo, y encima estaríamos solos. Una vez más, nos pedimos unos noodles, una montaña de noodles concretamente (ese era el nombre del plato), y unos dumplins vegetales. La comida estuvo muy bien. Por cierto, que estaba recomendado por la Lonely, ¿casualidad? yo creo que no, la guía volvía a acertar. Con lo bien que se estaba en el patio, y tras tomar un café de verdad, daba autentica pereza moverse de ahí. Eran las 3 de la tarde, y caía un sol de justicia. Pero había que salir, todavía nos quedaban un montón de cosas por descubrir en Pingayo.

Las murallas que rodeaban la ciudad

En ese momento empezamos la verdadera ruta por Pingyao, compramos la entrada para las murallas (estaba incluida en una especie de bono que servia para visitar todos puntos de interés) y nos subimos a las mismas. Desde las alturas se podía ver como la antigua ciudad se mantenía intacta entre las murallas, con la misma forma, y como en las afueras había construcciones modernas que rompían con lo que había sido siglos. Lo normal una vez subidos a las murallas hubiera sido darse un paseo por las mismas, ya que había cuatro puertas de entrada a la ciudad, cada una con torre, pero en esos momentos, con una temperatura cercana a los 35 grados, a ver quien era el valiente que se ponía a pasear sin ninguna sombra, y al menos con media hora de trayecto hasta la próxima torre. Así que nos bajamos, y volvimos a adentrarnos en las callejuelas, que al menos tenían sombra.

Humor chino

Como teníamos incluida la entrada a otras atracciones, nos pasamos la tarde visitando museo tras museo. Para empezar, el banco más antiguo de Pingyao, que fue el primero de China en trabajar con cheques. Se podían visitar las antiguas dependencias del banco, y a su vez explicaban como funcionaban en otra época. También visitamos el museo de la guerra: con yelmos, lanzas, armaduras de mallas, contenía una autentica colección de objetos relacionados con el antiguo arte de la guerra, la antigua claro, pistolas no había. Muy similar fue el museo de las artes marciales, con su patio en el practicaban, y en el que había una buena colección de lanzas y mazos. En otro de los patios se podía practicar el tiro con arco, y no pude evitarlo, por diez yuanes, tenía que hacerlo. No acerté al globo que había en la diana, pero al menos nos divertimos un rato intentándolo.

La visita a los distintos museos fue interesante, pero sin duda lo mejor era que todos estaban construidos en patios, y que bien se estaba a la fresca. Tras estos museos, hicimos una para en el Sakura Café para tomar un refrigerio. Aunque parezca increíble, sonó Behin batean Loiolan, en una versión instrumental. Alucinamos. Pensábamos que la cancion era de Benito Lertxundi, al menos la música, ¿Será que se la había copiado a alguien? ¿O realmente habíamos escuchado a Benito en Pingyao? Nos quedamos con la duda, aunque lo más probable seria que Benito hubiera versioneado alguna canción conocida. Ya nos enteraríamos a la vuelta.

Puerta en el templo de Confucio

Tras refrescarnos con una especie de zumo, volvimos a la solana. Queríamos visitar un par de templos, así que seguimos el plano de la ciudad y nos internamos por una de las calles que supuestamente llevaba a la puerta este. Mientras íbamos caminando, nos cruzamos con una especia de procesión o fiesta. Llevaban una especie de paelleras de flores por delante, detrás unos cuantos hombres porteaban algo, era similar a una procesión. Otros tocaban instrumentos. No entendíamos nada, no le veíamos el sentido, al menos en ese momento. Grabados en video a la comitiva por curiosidad. Al de un par de días, ya tras darle vueltas, llegamos a la conclusión de se trataba de un entierro. En esos momentos ni se nos paso por la cabeza. Menos mal que no nos reímos ni hicimos ningún gesto raro, solo grabamos. Y es que viendo el espectáculo que habían montado, nadie hubiera pensado que fuera un funeral.

Para terminar la jornada, visitamos un par de templos. Para empezar uno taoista, con unas estatuas increíbles. No era muy grande, pero era interesante. Lo que más nos gusto fueron las estatuas sin duda. Poco después nos acercamos al templo de Confucio. Era cuatro veces más grande que el anterior, con un monto de patios, salas y jardines. Sinceramente, me quedaría con el taoista, mucho más sencillo.

La tarde había sido muy intensa, habíamos visitado muchas cosas, y sobre todo, habíamos andado mucho. Como tampoco teníamos ganas de dar más vueltas, cenamos directamente en el hostel. Lo más curioso fue que a mitad de cena se fue la luz, no del hostel, sino de la ciudad. La calle se quedo a oscuras. Menos mal que todavía había claridad y se veía algo. Lo raro es que fuera el único apagón que habíamos visto, teniendo en cuenta toda la energía que se malgasta en China. Como les gusta los carteles luminosos…

Después de cenar, nos montamos de nuevo en el carrito de golf, y a la estación. Nos aguardaba otra noche de tren. Hasta ese momento habíamos viajado en compartimentos cerrados de cuatro personas, pero para esa noche nos tocaba el asiento duro, compartimento de seis literas y sin puerta. Al menos con mejor ventilación. A eso si que se le podía llamar chicharrilla. Ambiente había para dar y tomar, pero ambiente chino.