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Crónicas chinas. Día 9: agur Xian, kaixo Hunan

Crónicas chinas. Día 9: agur Xian, kaixo Hunan

Último día en Xian. Dedicamos la mañana a pasear cerca del hotel. Por un lado estaba el parque que habíamos descubierto la noche anterior, y por otro, había barrios menos céntricos, pero que nos servirían para hacer ciertos recados que en el centro serian imposibles de hacer. Los parques y paseos que descubrimos la noche anterior seguían siendo impresionantes. No era lo mismo, sin la iluminación perdía gran parte de su atractivo, pero en cambio las florituras que hacían con el agua de las fuentes bien merecían un paseo. Lo más curioso resulto fijarse en los arboles que por la noche se iluminaban con color rojo, ya que realmente no eran arboles, pero que si no te fijabas con detalle, engañaban totalmente.

Torre de la Campana de Xian

Una vez visto el parque de día, nos salimos de la zona más turística y empezamos a caminar por calles paralelas. No hacia falta caminar mucho para que el ambiente cambiara. Pasaba de los típicos chiringuitos para turistas, a tiendas de barrio de todo tipo de productos. Y eso era precisamente lo que buscábamos. Queríamos encontrar una especie de bazar en el que comprar un candado para la maleta, que aunque parezca mentira, hasta ese momento no teníamos. Y mira que hemos viajado. Y por otro, un adaptador de enchufes. Lo primero lo encontramos sin problemas, uno con combinación numérica. Pero en cambio el adaptador no. Lo que si encontramos fue una sucursal del Bank of China, el banco del estado, y que más confianza nos inspiraba a la hora de cambiar euros a yuanes o a la hora de sacar dinero en el cajero automático. Tuvimos que sacar los pasaportes y rellenar un par de impresos, pero al de un rato ya teníamos más yuanes en nuestro poder.

El noodle de 4 metros ya partido

Paseo tras paseo, nos había entrado el hambre, y sin salir de la zona, encontramos un restaurante conocido en Xian, el First noodles under the sun. Su especialidad era un noodle de casi 4 metros de largo que no podíamos dejar de pedir. Además lo acompañamos con un plato raro: una especie de bloques de gelatina, y una ensalada de brotes de soja. Al sacarnos los noodles, la camarera nos lo fue partiendo y poniendo en dos cuencos distintos, cada uno con una salsa distinta. Parece que no confiara en que fuéramos capaces de partirlo. Y algo de complicación si que tenía, pero estoy seguro de que podríamos hacerlo, a esas alturas éramos unos maestros en el uso de los palillos. Todo el mundo pedía ese plato, pero fuimos los únicos a los que se los partieron. El plato estrella era ese, pero nos gusto muchísimo más el de la gelatina. De los brotes de soja ni hablar, que picaban una autentica barbaridad, estaban bien pero sin más.

La tarde la pasamos de nuevo en el centro, concretamente en el barrio musulmán. Teníamos que seguir buscando el adaptador de enchufes. Hasta ese momento no lo habíamos necesitado, pero estábamos cerca de adentrarnos en la China profunda, donde seguramente nos haría mucha falta. Tras dar vueltas al barrio buscando una tienda que no fuera de comida ni recuerdos, en un pequeño bazar encontramos lo que estábamos buscando. No estábamos seguros de si el enchufe seria de dos o tres patillas, pero la señora que atendía, en un casi perfecto inglés, nos explico que allí utilizaban el de tres.

Torre del tambor de Xian

Una de hechos los deberes, nos sentamos en un Starbucks, donde degustamos un café decente, y lo mejor, nos aprovechamos del aire acondicionado. En la calle podría hacer perfectamente 35 grados. Y ahí nos tiramos un buen rato. Coincidió que estaban grabando un spot publicitario, por lo que fuimos testigos en primera persona de las distintas tomas: había un chica en la terraza, acariciando a su perro y tomándose un café. Eso fue todo, pero alrededor se congregaron multitud de curiosos, que no paraban de sacar fotos. Nos quedamos con la duda de si la chica seria famosa en China, pero no tenía pinta, ya que no le pidieron ningún autógrafo.

Tras pasar la tarde en el centro, tocaba recoger la maleta en el hotel para irnos al aeropuerto. Cogimos un taxi hasta el hotel y ya se notaba que era hora punta, había un trafico infernal. Una vez con la maleta en nuestro poder, teníamos que volver a cruzar la ciudad, ya que íbamos a ir al aeropuerto en el airport express. Con el atasco que había, llegamos a pensar que hasta perdíamos el bus, pero no, con el taxista que nos toco sería imposible. Ahora nos reímos al recordar el trayecto que nos brindo el tío loco, pero para habernos pegado una galleta. Que manera de adelantar, que acelerones en las rectas, que frenadas, conductor agresivo seria quedarse corto para describirlo. Incluso en algún momento se metió por un aparcamiento paralelo e hizo un adelantamiento de película. Parecía que estábamos en una escena de A todo gas, con Vin Diésel al volante.

Calle principal del barrio musulman

El vuelo fue sin ningún contratiempo. Era un vuelo corto, de poco más de una hora, y se notaba que íbamos a una zona rural y bastantes pasajeros no habían salido mucho de casa. De entrada, en el autobús que nos llevo a la pista, alucinaron cuando vieron que Esti llegaba a agarrarse de la barandilla, cuando alguno de ellos no llegaba ni de lejos. Se estuvieron partiendo de risa un buen rato, sobre todo, cuando descubrieron que no llevaba tacones. ¿Nunca habían visto una chica de esa altura? La gota que colmo el vaso llego cuando estábamos a punto de aterrizar, y la señora que tenía a mi lado (que en un principio intento sentarse en nuestros asientos con todo el morro del mundo), cogió unos papeles, hizo unas bolas, y se las metió en los oídos. Paletismo al poder. Parece que el cambio de altura y la presión no le sentó bien, y se le taponaron los oídos, pero, ¿Donde se pensaba que había montado? Una vez más, ver para creer.

Eran gente de campo, sin más, no parecían mala gente. Los que si que podrían haberse afiliado al hampa era el gremio de taxistas de Zhangjiajie, que era donde habíamos aterrizado. De entrada, llegamos a unas horas un poco tardías, las 23:30, pero eso no es excusa para intentar tangarnos. Nada más salir por la única puerta del aeropuerto, se nos acercaron como buitres. Yo ya sabía que el hotel estaba a solo dos kilómetros, de hecho lo había reservado expresamente por su ubicación. Cuando les dijimos el nombre del hotel, uno de ellos nos dijo que le siguiéramos, nos llevo a su taxi, montamos la maleta en el capó, y empezó el espectáculo. Le pregunte cuanto nos cobraría, ya que dábamos por seguro que no iba a bajar la bandera ni de coña. Me soltó que 50 yuanes, y alucinamos, ¿más de 5 euros por un trayecto de 5 minutos? Le dijimos que no, que era mucho. Pensábamos que el tío iba a intentar regatear cuando le dijimos que sacara la maleta del capó, pero ni se inmuto y la saco. Estaba jugando claramente conque en esos momentos era la única manera de salir de ahí. Pero no cedimos. Y nos alejamos. Al de poco nos vino otro y nos dijo que 20 yuanes, nos pareció más un precio más razonable y le dijimos que adelante. Con el tiempo he llegado a pensar que todo podía haber sido un teatro para que no negociáramos los 20 al ver la gran diferencia y que era mucho más barato. Puede ser, pero nunca lo sabremos.

Lo importante en esos momentos era llegar al Dacheng Shanshui International Hotel. Y lo hicimos en 5 minutos. El check in fue rápido, y en poco más de media hora ya estábamos instalados en la habitación. Solo íbamos a estar una noche, por lo que ni deshicimos las maletas. Al día siguiente tocaba madrugar, queríamos coger el autobús a Fenghuang a las 9 de la mañana, y teníamos que desayunar antes.

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