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Crónicas chinas. Día 12: relax en la aldea Dong

Crónicas chinas. Día 12: relax en la aldea Dong

El más grande de los puentes de Chengyang

Tras llegar tan tarde la noche anterior, amanecimos un poco cansados en el Dong Hotel. Por la noche no pudimos apreciarlo, pero uno de los puentes del viento y la lluvia, tan característicos de la etnia Dong, se apostaba frente al balcón de la habitación, a escasos metros. Pero no era solo el puente; el río, los arrozales y las montañas, hacían de aquel un lugar especial. El asomarse a la ventana, y verlo todo en conjunto, no tenía precio. Pero no fue el paisaje lo único que nos alegro la mañana, tras el mal desayuno del día anterior, esta vez no tuvimos queja de ningún tipo: café, tostadas, tortilla y tortitas, el desayuno de los campeones. En ese sentido, el Dong Hotel estaba más que preparado para acoger turistas occidentales: cartas en ingles, el gerente que lo hablaba perfectamente y comida occidental además de la local. No es que fuera un gran hotel, la verdad es que era mas bien un hostel, pero la amabilidad de la familia, junto con el entorno en el que se encontraba, suplía el resto de carencias que pudiera tener.

Interior del puente

Tuvimos suerte también con el tiempo. Amaneció nublado, por lo que por fin nos despedíamos de la engorrosa lluvia que padecimos desde que llegamos a Fenghuang. De todos modos, aunque hubiera llovido, hubiera sido difícil estropear el paisaje del área escénica de Chengyang. Nos encontrábamos concretamente en la aldea Ma’an, una más entre las que componían la zona, pero que tenía el mayor puente de todas. El que estaba junto al hotel nos gusto, pero el importante, el más conocido de todos, era impresionante. Encima, los pequeños molimos de madera que recogían el agua del río y la transportaban a los arrozales terminaban de crear la foto perfecta. Frente al puente, multitud de jóvenes se agolpaban, sentados, con laminas y lápices en mano, intentado dibujar el puente y el paisaje. Y lo lograban.

Una vez cruzado el puente, nos adentramos en la zona más poblada de la aldea. Las casas de madera, todas siguiendo las pautas de la arquitectura local, se agolpaban en lo alto de una colina. Cuando llegamos al punto más alto, descubrimos la plaza, con su torre del tambor y su escenario. En ese momento acababa de llegar un grupo de turistas con su guía, y los lugareños se disponían a ofrecer un espectáculo de folklore local. No nos quedamos mucho tiempo en la plaza, mas que nada por el acoso de las ancianas del lugar, que se nos acercaban como moscas intentando vendernos pulseras y demás cachivaches.

Mujeres trabajando en los arrozales

Nos alejamos de la plaza y continuamos caminando el resto de la mañana. No solo por la aldea Ma’an, también por las que estaban por los alrededores. De este modo descubrimos más puentes y torres, y pudimos apreciar mejor cual era el modo de vida de la etnia. Además del turismo, la agricultura era su otra fuente de ingresos, los arrozales se extendían por cualquier esquina, y los hombres y mujeres trabajaban el campo. Lo que nos resulto muy curioso fue que la mayoría de las viejas del lugar andaban totalmente encorvadas. A las jóvenes las veíamos con el típico palo cargado con dos cestas en sus costados o llevando a los críos pequeños, siempre sobre la espalda, o totalmente agachadas en los arrozales; estaba claro que la deformación era producto del tipo de trabajo que hacían.

Panorámica de la aldea Ma’an

Daba gusto pasear por el lugar, al menos, no nos molestaban intentando vendernos de todo. Pero en algún momento teníamos que comer, y elegimos un hostal que tenía buena pinta, encima con la carta en ingles. Fue un acierto, ya que comimos un arroz exquisito (lo normal viendo todo el arroz que había en la zona) y una calabaza rebozada, también típica, de quitar el hipo. Encima las cervezas del lugar superaban a las que habíamos conocido hasta ese momento en China. Lo más común hasta ese momento había sido la cerveza Tsintao de medio litro, no había opción con el tamaño, pidieras lo que pidieras, te plantaban el pedazo botellón en la mesa. En este caso, las cervezas de la marca Lichuan, eran de 600 ml, por lo que las superaban.

Típico molino utilizado para recoger agua del río

Con el estomago lleno, y el cuerpo cansado de andar toda la mañana, nos dedicamos una siesta de las que se dice de pijama y orinal. Al despertar, nos dimos otro paseo por la aldea, sin prisas, sin agobios, disfrutando del paisaje. Encima tuvimos el punto cómico del día cuando una señora le ofreció a Esti vestirse con trajes típicos de la zona para hacerse unas fotos, y yo le dije que si, que si queríamos. Así que a Esti no le quedo más remedio que enfundarse la ropa, ponerse una especia de corona de metal, y colocarse con el puente de fondo para las fotos. La señora lo estaba pasando en grande, no se si algún occidental se había prestando anteriormente a esto. A Esti no le gusto tanto la idea, pero creo que al final se lo paso bien, a pesar de que paso un poco de vergüenza. Otra cosa curiosa que nos paso fue que un niño pequeño se me acerco y me empezó a tocar los pelos del brazo. No habría visto muchos occidentales, y encima, como tenía pelos en el brazo todavía alucinaba más. Nos dijeron algo en chino, vete a saber que fue.

Tras las divertidas anécdotas, volvimos al hostal de la mañana a tomar algo, y aprovechamos para conectarnos a internet, ya que tenían wifi. Pero a diferencia de la mañana, nos volvimos al hotel a cenar. Teníamos que concretar un asunto de un taxi para el día siguiente, y queríamos comentarlo directamente con el gerente, Michael Yang, que era el único que hablaba ingles. Al resto de personal del hotel, hubiera sido una perdida de tiempo explicarles nada, ni con el diccionario en la mano. Por suerte, conseguimos hablar con el y cerrar los asuntos pendientes para el día siguiente. Ya los había comentado con el por email, pero no estaba de mas recordárselo. De paso, le pedimos consejo sobre que podíamos cenar. Menos mal que estaba, ya que unos instantes antes, una de las chicas nos había traído la carta del desayuno en vez de la de la cena. Michael nos recomendó el cerdo local, así que le hicimos caso, yo al menos que me lo comí, y estaba buenísimo. Lo acompañamos con un tofu especiado y tomate con huevo. Claro esta, también con un par de cervezas Lichuan. Todo esto, en la terraza del hotel, anocheciendo, y a la espera de que se fuera la luz.

Esti vestida con el traje típico de la etnia Dong

Despedimos la jornada volviendo de nuevo al puente. Ya estaba de noche, y estaba iluminado con unos potentes focos, que lo hacían más espectacular que durante el día. Intentamos hacer alguna foto, pero era imposible, la luz de lo focos era tan potente que deslumbro todos los intentos que hicimos. Y esto fue todo lo que dio de si la jornada en la aldea Dong, tranquilidad y buenos alimentos.

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