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Crónicas chinas. Día 11: Fenghuang bajo la lluvia

Crónicas chinas. Día 11: Fenghuang bajo la lluvia

Tras un día de lluvia constante, el undécimo día de viaje amaneció también lluvioso y gris. Parecía increíble que hubiéramos estado todos los días hasta ese momento a más de 30 grados y con un sol abrasador. Pero el clima era muy distinto en esta zona. Como el desayuno no era en el edificio del hotel, tuvimos que salir a la calle y buscar el lugar, solo con un ticket con el nombre del sitio, y una ligera idea de donde podía estar. Tras recorrernos la calle arriba y abajo, nos cansamos y empezamos a preguntar al personal. Hasta que llegamos a preguntar a uno que estaba en la misma puerta. Las letras chinas, a pesar de que no las entendíamos, no se parecían ni por asomo a lo que ponía en el papel. Al menos habíamos llegado al sitio.

Vendedor ambulante de pepinos, se los comían crudos y andando por la calle

Cuando subimos a la segunda planta, descubrimos que el desayuno del día anterior no había sido tan malo, ya que no nos encontramos el esperado café, ni las tostadas, ni un poco de bollería. Por lo menos tienen fruta, pensé, y me serví una especie de sandia. Cuando llegue a la mesa descubrí que la habían bañado en chili y picaba demasiado comérselo a las 8 de la mañana. Así que me llene el plato de tomates y unos panecillos que estaban hechos al vapor. En el segundo intento, vi algo que parecían tiras de patatas fritas y me lo serví. Cuando empece a comerlos descubrí que era patata, pero las raíces, los brotes. Como no, con picante. Estaban incomibles. Poco más aprovechable había, así que nos volvimos al hotel y me comí una manzana que nos habían dado en un hotel anterior.

Barcas semihundidas

Habíamos desayunado muy pronto, por lo que nos dio tiempo a echarnos un rato antes de hacer las maletas para salir. Ibamos a pasar el día en Fenghuang, pero teníamos que salir del hotel antes de las 12. Al hacer el checkout, y al dejar las maletas junto a la recepción, me encontré a dos chavales, los botones supongo, dormidos dentro de una pequeña habitación. Pero había que ver como estaban, sentados sobre una silla, y uno encima del otro. Menuda estampa. Lo nunca visto.

A salir del hotel, tuvimos que echar mano del paraguas y del poncho. Yo llevaba la mochila forrada con un plástico que traía la propia mochila, ya que con lo que caía, seguro que se me mojaba entera. Y nos pusimos a pasear por las mojadas calles. Esta vez nos fuimos por una zona que no habíamos visto el día anterior. Era mucho menos turístico, y se podían ver las verdaderas casas y callejuelas del casco antiguo. Cuando estábamos cruzando uno de los puentes, vimos como había un grupo de mujeres lavando la ropa a mano en el río. En medio de una ciudad y en el siglo XXI. Ver para creer.

Pasear bajo la lluvia tiene su punto, pero llega un momento que cansa, y mucho. Así que tras el desayuno chino que habíamos padecido, nos apetecía algo de comida de la nuestra. El día anterior habíamos echado el ojo a un bar que mencionaba la Lonely y en el que ofrecían café, pizzas, helados, etc. Además tenía wifi. Pero lo mejor era las vistas sobre el puente más bonito de Fenghuang. Nos sentamos en un ventanal, observando tanto el puente HongQiao como las barcas que pasaban bajo sus arcos. El puente en cuestión era similar al Puente Veccio de Florencia, ya que tenía un montón de tiendas y puestos, salvando las distancias, por supuesto.

Detalle de los postes que sujetan las casas

El Soul Coffee, siempre haciendo caso a lo que dice nuestra querida Lonely, era el lugar perfecto para tomar un café y un buen trozo de tarta de chocolate. Y que mejor que dejarse aconsejar y disfrutar del chocolate, que llevábamos días sin probar, y de un café de verdad. En la carta también incluían vinos de importación, alguno español, y hasta ¡¡puros habanos!! La variedad y calidad de todo lo que servían estaba incluido en el precio, claro. Nos tiramos un buen rato saboreando el café y la tarta, el momento lo merecía. Estábamos tan a gusto, y encima con wifi para poder hablar por whatsapp o skype, que nos quedamos también a comer. Tenían comida occidental, y en ese momento era lo que más nos apetecía, tras el desayuno maldito que habíamos sufrido. Además de una pizza, nos pedimos unas gambas rebozadas. Todo acompañado con una coca-cola, que también llevábamos días sin probar. Al final, estuvimos casi dos horas en el local, pero con lo que llovía, y lo bien que estábamos, ¿Por que movernos?

Puente HongQiao

Y nos dimos el ultimo paseo por Fenghuang, esta vez tuvimos suerte, ya que paro de llover y nos pudimos despedir de la ciudad como se merecía. Pasamos por ultima vez por la calle de los restaurantes y nos despedimos de las ratas enjauladas, vimos pasar por ultima vez las barcas con los lugareños disfrazados y cantando, nos sentimos observados por ultima vez por los turistas chinos… Tocaba marchar. Habíamos pedido un taxi en el hotel, ya que no nos apetecía volver a montar en un motocarro. Teníamos que coger un autobús a Jishou, una ciudad cercana en la que cogeríamos el siguiente tren, destino a Sanjiang.

El trayecto fue mejor que el de ida, pero al llegar nos llevamos una sorpresa, ya que supuestamente la estación de autobuses estaba pegada a la de trenes, pero al bajar del bus allí no había nada de nada. Por suerte, y antes de tener que sacar el diccionario, un chico muy amable, que hablaba inglés, nos dijo que el también iba a la estación y que le siguiéramos. Fue tan amable que hasta nos paró un taxi y le dijo a taxista a donde tenía que llevarnos. Buenas personas hay en todo el mundo. Pero claro, sin contar con los taxistas chinos, no había más que ver como se hacia el orejas, sonreía y como si nada. El tío había arrancando y no había bajado la bandera. Yo se la señalaba y seguía sonriendo, hasta que a la tercera vez, en la que puse el dedo encima de la bandera, el taxista hizo un gesto como diciendo, uy, se me había olvidado.

Pasarela sobre el río Tuo Jiang

Como teníamos tiempo antes de coger el tren, nos dimos un paso por los alrededores, pero tampoco muy lejos, que íbamos cargados con la maleta. Nada más llegar a una ciudad china, se nota si es turística o no, en el caso de Jishou, no deben pasar muchos extranjeros, ya que se nos quedaba mirando todo el mundo sin disimulo. Tras vuelta y vuelta, ser una vez más el foco de atención, y ver solo puestos callejeros, nos encontramos un restaurante que tenía una pinta aceptable. No había ni carteles en inglés ni fotos de los platos, pero la aventura es la aventura. Al vernos entrar por la puerta, se quedaron alucinados, y nos sentaron en la mesa más cercana. Llegaba el momento de la verdad, tocaba hacernos entender. Durante un rato intentamos explicarles que queríamos, con el diccionario en la mano, pero no tuvimos mucha suerte. La chica más joven hablaba unas pocas palabras en inglés, pero no las suficientes para entendernos. Fue tal el lío, que hasta se nos acerco el cocinero con una cebolla roja en la mano, algo nos quiso decir, pero ni idea de que, supongo que quería cocinarnos un plato con esa cebolla. Finalmente tuvimos que pedirles que sacaran lo que ellas quisieran. En el diccionario ponía una frase que venia a decir, ¿Cual es la especialidad de la casa?, y eso les soltamos. Que sacaran lo que quisieran. Nos daba igual, con tal de comer, que fuera lo que fuera.

Imagen nocturna en Fenghuang

Esperamos expectantes a que sacaran los platos, mientras tomábamos el te. Cuando se nos acerco la dueña para decirnos algo de una botella de licor que había en la mesa. Obviamente, no le entendíamos nada, y solo sonreíamos. Al de poco, se acerco la chica joven, y nos explico que quería que catáramos el licor. Teníamos que apuntarnos en una lista, poniendo nuestro nombre y teléfono, para dejar constancia. Al principio me dio un poco de reparo, pero al final acepte la invitación, y me abrí la mini botella y me serví en el vaso. Tenia una graduación de 34 grados, por lo que tampoco era tan fuerte, no podía ser para tanto. A todo esto la chica estaba esperando a que lo probara y le dijera algo. Very good, le solté. Y se marcho contenta a la mesa de al lado, a seguir con la promoción.

Unos minutos después llego el primer plato. Toma cebolla roja. Allí estaba, el cocinero se había salido con la suya. Era un plato de carne en tiras, de cerdo concretamente, acompañado solamente de la cebolla. Por fin un plato sin picante y sin salsas. Y estaba buenísimo. Cuando acabábamos de devorar el primer plato, nos sacaron el segundo: revuelto de tomate con huevo, acompañado de un cuenco de arroz. Exquisito también. Hacia días que no comíamos tan limpio. Y todo esto sin saber lo que habíamos pedido.

Cerdo con cebolla roja en Jishou

De vuelta a la estación del tren, pasamos los controles y nos invitaron a pasar a una sala de espera VIP. Amablemente nos explicaron, más bien leímos en un papel, que si entrábamos podríamos tomar te, café, cargar los móviles o conectarnos a internet. Y todo por un módico precio de 10 yuanes. Lo que no sabíamos es que además teníamos preferencia a la hora de montarnos al tren, las ideas de las compañías aéreas trasladadas al ferrocarril chino, toda una innovación. En la sala de espera, había cuatro señores, a los que bautizamos como los Paco Martínez Soria. El show que montaron fue bueno. Sobre todo uno de ellos, que se paso por todos los bancos y mesas cotilleando lo que hacia el personal. Con total naturalidad. Incluso se puso a mi lado, se detuvo, y observo que hacia con el iPad. Durante el resto del tiempo, y hasta el momento que nos montamos al tren, estuvo haciendo tonterías y volviendo locas a las azafatas de la estación.

El trayecto fue de solo cuatro horas, pero al menos pudimos ir descansando en litera blanda. A las 1:50 de la madrugada, y con un poco de retraso, llegamos a la estación de Sanjiang donde nos esperaba un taxista. Nos faltaba el último trayecto del día, por carretera hasta la aldea de Chengyang. En media hora, durante la cual no nos cruzamos ningún coche, estábamos en el Dong Hotel.

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