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Crónicas chinas. Día 6: entre murallas en Pingyao

Crónicas chinas. Día 6: entre murallas en Pingyao

Típica calle que atraviesa el casco antiguo

Había sido nuestra primera noche durmiendo en un tren. Al no ser muchas horas de trayecto, tampoco se pueden dormir todas las horas que quieres. En este caso, a las 6:30 de la mañana llegaba el tren a Pingyao. Íbamos a pasar la jornada visitando esta ciudad amurallada, ya que por la noche, cogíamos otro tren nocturno. Como me imaginaba que iba a ser una paliza, contratamos una habitación en un hostel para poder descansar durante el día y darnos una ducha nada más llegar. Lo bueno del hostel que reservamos es que tenían servicio de recogida en la estación del tren. Nada más salir, había varios chinos enseñando unos carteles, y uno con mi nombre, claro. Esperábamos un coche, pero nos montaron en un carrito de golf con capacidad para seis personas, y nos llevaron junto con otras tres chicas hasta el Harmony Guesthouse.

Cocinando en un callejón

Nada más llegar, hicimos el check-in y nos fuimos a dormir, todavía eran las 7 de la mañana, ¿y que hacíamos a esas horas por las calles de Pingayo cuando estaba todo cerrado? fue la mejor decisión. Tres horas más durmiendo nos vinieron de perlas para descansar del todo y afrontar el día frescos. Al despertarnos, nos desayunamos un rico café y unas frutas con yoghurt de coco. El hostel estaba preparado sobre todo para occidentales, por lo que los desayunos que tenían eran perfectos para nosotros. El hostel estaba dentro de las murallas de la ciudad, por lo que nada más salir por la puerta empezamos el paseo por sus antiguas calles. Era como si no hubiera pasado el tiempo, por algo decían que Pingyao era la ciudad amurallada mejor conservada de China. Sus calles y sus casas se mantenían como en otra época. Encima había un gran ambiente, con mucha animación. Lo más curioso que nos encontramos nada más salir fue su iglesia católica. Para más inri, y al ser domingo, estaban celebrando misa en ese momento. Los fieles se agolpaban en la puerta y en la calle. Nos acercamos para asomarnos un poco y verla por dentro. Era igual que las occidentales, en ese sentido no eran diferentes. Lo que choca es que sean católicos, y que por ejemplo tengan una estatua de la virgen en el patio, no nos lo esperábamos.

Tras dar unas cuantas vueltas, y como el calor apretaba de una manera brutal, decidimos parar para comer y refrescarnos un poco. Todavía era un poco pronto, pero era lo mejor que podíamos hacer en ese momento. Encontramos un restaurante lleno de occidentales, y ahí nos metimos: Dejuyuan Restaurant. En vez de comer dentro, le dijimos a la chica para comer en el patio. Era muy chulo, y encima estaríamos solos. Una vez más, nos pedimos unos noodles, una montaña de noodles concretamente (ese era el nombre del plato), y unos dumplins vegetales. La comida estuvo muy bien. Por cierto, que estaba recomendado por la Lonely, ¿casualidad? yo creo que no, la guía volvía a acertar. Con lo bien que se estaba en el patio, y tras tomar un café de verdad, daba autentica pereza moverse de ahí. Eran las 3 de la tarde, y caía un sol de justicia. Pero había que salir, todavía nos quedaban un montón de cosas por descubrir en Pingayo.

Las murallas que rodeaban la ciudad

En ese momento empezamos la verdadera ruta por Pingyao, compramos la entrada para las murallas (estaba incluida en una especie de bono que servia para visitar todos puntos de interés) y nos subimos a las mismas. Desde las alturas se podía ver como la antigua ciudad se mantenía intacta entre las murallas, con la misma forma, y como en las afueras había construcciones modernas que rompían con lo que había sido siglos. Lo normal una vez subidos a las murallas hubiera sido darse un paseo por las mismas, ya que había cuatro puertas de entrada a la ciudad, cada una con torre, pero en esos momentos, con una temperatura cercana a los 35 grados, a ver quien era el valiente que se ponía a pasear sin ninguna sombra, y al menos con media hora de trayecto hasta la próxima torre. Así que nos bajamos, y volvimos a adentrarnos en las callejuelas, que al menos tenían sombra.

Humor chino

Como teníamos incluida la entrada a otras atracciones, nos pasamos la tarde visitando museo tras museo. Para empezar, el banco más antiguo de Pingyao, que fue el primero de China en trabajar con cheques. Se podían visitar las antiguas dependencias del banco, y a su vez explicaban como funcionaban en otra época. También visitamos el museo de la guerra: con yelmos, lanzas, armaduras de mallas, contenía una autentica colección de objetos relacionados con el antiguo arte de la guerra, la antigua claro, pistolas no había. Muy similar fue el museo de las artes marciales, con su patio en el practicaban, y en el que había una buena colección de lanzas y mazos. En otro de los patios se podía practicar el tiro con arco, y no pude evitarlo, por diez yuanes, tenía que hacerlo. No acerté al globo que había en la diana, pero al menos nos divertimos un rato intentándolo.

La visita a los distintos museos fue interesante, pero sin duda lo mejor era que todos estaban construidos en patios, y que bien se estaba a la fresca. Tras estos museos, hicimos una para en el Sakura Café para tomar un refrigerio. Aunque parezca increíble, sonó Behin batean Loiolan, en una versión instrumental. Alucinamos. Pensábamos que la cancion era de Benito Lertxundi, al menos la música, ¿Será que se la había copiado a alguien? ¿O realmente habíamos escuchado a Benito en Pingyao? Nos quedamos con la duda, aunque lo más probable seria que Benito hubiera versioneado alguna canción conocida. Ya nos enteraríamos a la vuelta.

Puerta en el templo de Confucio

Tras refrescarnos con una especie de zumo, volvimos a la solana. Queríamos visitar un par de templos, así que seguimos el plano de la ciudad y nos internamos por una de las calles que supuestamente llevaba a la puerta este. Mientras íbamos caminando, nos cruzamos con una especia de procesión o fiesta. Llevaban una especie de paelleras de flores por delante, detrás unos cuantos hombres porteaban algo, era similar a una procesión. Otros tocaban instrumentos. No entendíamos nada, no le veíamos el sentido, al menos en ese momento. Grabados en video a la comitiva por curiosidad. Al de un par de días, ya tras darle vueltas, llegamos a la conclusión de se trataba de un entierro. En esos momentos ni se nos paso por la cabeza. Menos mal que no nos reímos ni hicimos ningún gesto raro, solo grabamos. Y es que viendo el espectáculo que habían montado, nadie hubiera pensado que fuera un funeral.

Para terminar la jornada, visitamos un par de templos. Para empezar uno taoista, con unas estatuas increíbles. No era muy grande, pero era interesante. Lo que más nos gusto fueron las estatuas sin duda. Poco después nos acercamos al templo de Confucio. Era cuatro veces más grande que el anterior, con un monto de patios, salas y jardines. Sinceramente, me quedaría con el taoista, mucho más sencillo.

La tarde había sido muy intensa, habíamos visitado muchas cosas, y sobre todo, habíamos andado mucho. Como tampoco teníamos ganas de dar más vueltas, cenamos directamente en el hostel. Lo más curioso fue que a mitad de cena se fue la luz, no del hostel, sino de la ciudad. La calle se quedo a oscuras. Menos mal que todavía había claridad y se veía algo. Lo raro es que fuera el único apagón que habíamos visto, teniendo en cuenta toda la energía que se malgasta en China. Como les gusta los carteles luminosos…

Después de cenar, nos montamos de nuevo en el carrito de golf, y a la estación. Nos aguardaba otra noche de tren. Hasta ese momento habíamos viajado en compartimentos cerrados de cuatro personas, pero para esa noche nos tocaba el asiento duro, compartimento de seis literas y sin puerta. Al menos con mejor ventilación. A eso si que se le podía llamar chicharrilla. Ambiente había para dar y tomar, pero ambiente chino.

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