Crónicas chinas. Día 17: por fin llegamos a Hong Kong
La noche la pasamos bastante bien en el tren. El chico con el que íbamos casi no hacia ruido, por lo que conseguimos dormir un montón de horas, pero tampoco descansamos igual que lo hubiéramos hecho en una cama. Como sabíamos que estaríamos algo más de tiempo en el tren, el día anterior nos compramos unos bollos y unos zumos, y ese fue nuestro desayuno. Después de estar más de un día sin desayunar, aquello era un lujo. Y menos mal que fuimos previsores, ya que el tren iba con retraso, y sin nada que comer, la espera se hubiera hecho eterna. Y no fue un retraso cualquiera, casi llegamos una hora tarde a Shenzhen. En esos momentos lo único que estábamos deseando era llegar al hotel de Hong Kong. Llevábamos un montón de horas en el tren y no nos habíamos duchado desde el día anterior (encima sudamos bastante en la subida a Moon Hill). Necesitábamos una ducha con urgencia, además de echar la ropa que llevábamos a la bolsa de la ropa sucia.

Pero lo único que se nos hizo largo no fue el viaje en tren. Desde que llegamos a Shenzhen y conseguimos entrar en Hong Kong pasaron casi dos horas. Tuvimos que ir andando casi media hora, siguiendo señales continuamente, subiendo escaleras, metiéndonos por pasillos e incluso cambiando de edificios. Menos mal que estaba bien señalizado, sino hubiera sido imposible no perderse en ese laberinto. Cuando llegamos a la aduana, tocaba en primer lugar salir de China. Tuvimos que rellenar la mitad de un impreso que les dimos al entrar, y que hay que volver a rellenar al salir del país. De nuevo en suelo internacional, tocaba esta vez pasar por la frontera de Hong Kong. Otra vez a rellenar un impreso y a esperar en una cola a que nos dieran el visto bueno y nos dejaran pasar. Nada más entrar en Hong Kong, nos encontramos directamente la estación de tren, por lo que no había más sacar los billetes (ya habíamos cambiado unos euros a dólares de Hong Kong antes de pasar la frontera). Por suerte, la línea que empezaba en la frontera llevaba hasta el centro de Kowloon, y no tuvimos más que hacer un transbordo para llegar al YMCA Salinsbury Hotel.
La ducha fue lo mejor que nos pudo pasar. Parecíamos otras personas después de habernos librado de la suciedad y el mal olor. Encima, estábamos por fin vestidos con ropa limpia. Puede que suene un poco exagerado, pero nos hacia falta quitarnos la sensación de suciedad, no estábamos tan mal, de hecho, comparados con el nivel de limpieza de los chinos seguramente fuéramos unos maniáticos de la limpieza. Después de la ducha, no podíamos más que salir a la calle a comer algo. Eran casi las 3 de la tarde, y habían pasado un montón de horas desde el desayuno, lo necesitábamos. No nos alejamos mucho, y buscamos algo por los alrededores del hotel. A diferencia de otras ciudades, en Hong Kong hay muchos restaurantes, pero los que son un poco buenos, en vez de a pie de calle, están en pisos, por lo que no sirve eso de ver que aspecto tienen para decidirse a entrar o no. En esto casos, es jugártela si no tienes ninguna referencia del sitio. En nuestro caso, nos arriesgamos, y nos salió bien. Era un restaurante bastante bueno, de gama media-alta. En la carta, todos los platos estaban en ingles y con su foto, por lo que no nos volvimos locos pidiendo. Un laksa de pescado y marisco (una especie de sopa de pescado) y unos noodles (el plato estrella del viaje). Calidad y cantidad, por algo estaba lleno de lugareños.

Terminamos de comer a las 4 y media de la tarde, casi la hora de cenar para ellos, pero no éramos los únicos, había bastante gente. Tras lo ajetreado que había sido el día, lo que más nos apetecía era volver al hotel y echarnos un rato para recuperar fuerzas. Que bien nos vino. Ese tipo de cosas no tienen precio. Para las 7 ya estábamos de nuevo en la calle. Lo primero que hicimos fue acercarnos al paseo de la fama, que estaba frente al hotel. Se trataba de una copia del de Hollywood, pero con actores y directores chinos: Bruce Lee, Jackie Chan o Jet Li entre otros (que de entrada eran los únicos que conocíamos). Por supuesto que lo que más nos interesaba era la estrella de Bruce. Encima, le habían dedicado una estatua, que casualmente estaban restaurando en esos momentos, por lo que estaba oculta tras unas tablas. La abrían dos días después, todavía estábamos en Hong Kong, por lo que volveríamos. Cuando estábamos paseando, ya que el paseo esta en la Rivera del rio, coincidió que empezaba el famoso espectáculo de luz del skyline; la Sinfonía de Luces. Tras ver un montón de publicidad sobre el mismo, nos esperábamos un espectáculo digno de los chinos, pero no nos impresiono ni un ápice. Los edificios del skyline se iban iluminando al compás de la música, y algunos megafocos de colores hacían el resto, un espectáculo sin más. O al menos eso nos pareció a nosotros.

Durante el paseo que dimos por los alrededores, nos dio tiempo a ver infinidad de tiendas de lujo, no había más que centros comerciales. Lo que se notaba sobre todo era que los precios eran mucho más altos que en China, lo que repercutía en que la calidad de los restaurantes o tiendas era mucho mayor. Un ejemplo claro eran los restaurantes, ya no había los típicos chiringuitos de mal aspecto, o igual es que había que salirse un poco de las calles principales. Tampoco vimos ningún motocarro, ni el típico chino con la bici cargada hasta arriba de cosas. Aquella no era la China que nos había fascinado hasta ese momento. Lo que si había, y en cada esquina, eran vendedores de relojes o de trajes a medida. No paramos de rechazar tarjetas e invitaciones para visitar tiendas.

Viendo que el calor apretaba una barbaridad, yo ya tenía todo el niqui empapado, nos tomamos algo en bar bastante pijin, pero era lo que necesitábamos en ese momento: aire acondicionado, música agradable y buena cerveza. Por primera vez desde que salimos de casa, me tome una cerveza de grifo. Se agradece tomarse una buena pinta bien tirada y con su espuma. Encima era un cañón, una pedazo de vaso lleno cerveza europea, lo que también estaba bien para variar. No había bebido tanta cerveza en mi vida, seria por el calor, pero es que era beber para sudarla, o al revés, sudar y beber para recuperar líquidos. La cuestion es que era imposible que el alcohol hiciera ningún efecto. Para terminar el día, y como no teníamos mucha hambre porque habíamos comido bastante tarde y unas buenas raciones, optamos por ir al McDonalds. A ese paso me tenía que sacar el carnet de simpatizante. A veces se agradece no tener que pensar que pedir. Un menú BigMac, y ya esta. Sabes lo que tienen y no hay sorpresas con la comida.