Crónicas chinas. Día 16: Moon Hill, la colina de la luna y el sol
Esti se levanto algo peor de las tripas ese día. El día anterior había comido casi normal, pero al parecer no tenía el estomago del todo bien, ya que tuvo que ir al baño un par de veces antes de bajar a desayunar. Visto lo visto, hizo un desayuno lo más limpio posible, y se tomo un fortasec para fortalecer el estomago. Con lo que había llovido la noche anterior (parece que en esta ciudad llueve a mares solo por la noche), no sabíamos si podríamos hacer algo en nuestro ultimo día en Yangshuo, pero amaneció despejado y con un calor de justicia. Teníamos pensado visitar Moon Hill, una colina con forma de luna (de ahí su nombre), desde la que había unas vistas espectaculares de la zona. No sabíamos si alquilar una bici o ir en taxi, pero como Esti no estaba del todo bien, decidimos coger el taxi y asegurarnos.

Preparamos las maletas, las dejamos en la recepción del hotel, y un taxi vino a buscarnos. Por primera vez desde que estábamos en China, íbamos a tener una mujer como taxista. No era algo muy común. En el trayecto hasta Moon Hill nos cruzamos un montón de bicis, algo que se llevaba bastante en esta zona, el terreno era llano (excepto por sus características montañas) e invitaba a descubrir los lugares de interés sobre dos ruedas. Cuando llegamos a la entrada del recinto de Moon Hill, un grupo de veinte señoras se agolpaban en la misma, y saltaron como un resorte al ver llegar el taxi. Nada más verlas, nos temimos lo peor. Y así fue. Nada más aparcar el coche, nos vinieron dos señoras a vendernos agua o refrescos. Les dijimos que no, que ya teníamos. Y ellas no hacían más que repetir: later, later. Incluso hubo una que empezó a seguirnos, y me tuve que dar la vuelta y decirle que nos dejara de seguir. Por delante teníamos una subida elegante. Veíamos el pico a lo lejos, a una buena altura, por lo que tendríamos que subir un buen rato. En un cartel de la entrada ya nos avisaban de que tendríamos que ascender 800 escalones para llegar hasta arriba. Y es que no había sendero ni pista, eran todo escaleras. A eso había que sumarle el calor infernal que hacia ya a esas horas, 30 grados como mínimo, y que estábamos subiendo por un bosque de bambú con una humedad terrible. La subida se hizo larga, sudábamos a chorros, y goteabamos sin parar. Esti llego arriba como pudo, y es que no era broma, suponía un esfuerzo físico importante.

Por si no tuviéramos bastante con la subida, una de las señoras que habíamos despachado debajo subió detrás nuestro y nos adelanto, comentando que más tarde nos ofrecería las bebidas. No me extraña. Con todo lo que se sudaba, el hecho de no tener agua podía suponer un problema. Por fin llegamos arriba, y las vistas desde la colina eran espectaculares, hasta ese momento habíamos visto los montes a ras del suelo, y ahora los veíamos por encima. Teníamos una perspectiva totalmente distinta. Con lo que cascaba el sol en la cumbre, donde había ni una sombra, no se podía estar mucho tiempo. Así que después de sacar algunas fotos iniciamos el descenso, con cuidado por la humedad y los escalones desgastados (ya me pegue un buen resbalón, por suerte sin caerme). La sudada que tenía era tal, que cuando llegue abajo me tuve que quitar la camiseta, parecía que me hubiera bañado en el rio con la ropa puesta. La taxista alucino al verme, saco una cajita de toallitas y empezó a secarme los brazos y la espalda. Al final fui sin camiseta hasta el hotel, por lo que baje las ventanillas del coche hasta abajo y el aire que entraba me ayudo a dejar de sudar y secarme.
Nada más entrar al hotel me puse otra camiseta que tenía en la mochila. Al ver que llegábamos con tanto calor, nos pusieron el aire acondicionado, nos sentamos en unos sofás y me tome una LiQuan bien fría para reponer líquidos. Aquello era la gloria. No habíamos pasado tanto calor en ningún sitio, ni en Egipto. No había dinero para pagar el rato que estuvimos en el hotel. Estábamos tan a gusto, que comimos allí. Además, no queríamos experimentos con la comida, Esti quería solo arroz blanco, y no teníamos ganas de andar dando explicaciones (en el hotel todos hablaban ingles perfectamente).

A la hora de la siesta, como no teníamos habitación, nos fuimos a un cáfe con sofás, casi a oscuras, donde Esti hasta se durmió. Estábamos buscando un lugar de ese estilo, y lo encontramos en West Street. Desde fuera ya se veía que estaba todo a oscuras, y que había unas butacas que invitaban a pasar, sentarse, y quedarse dormido. Teníamos un par de horas por delante, que aprovechamos todo lo que pudimos. Pero llego la hora del autobús, y con pena tuvimos que marcharnos, en la calle había llovido un buen rato, pero en esa ciudad daba igual, por mucho que lloviera nunca refrescaba. Nos pasamos por el hotel para recoger las maletas, y tras despedirnos de los chicos de recepción, que habían sido muy majos en todo, nos fuimos andando hasta la estación de autobuses. No era muy grande, pero nos costo coger el bus local a Guilin, ha ya todo el mundo nos mandaba al directo, pero no era el que queríamos. El directo nos dejaba en otra parada, y el local nos dejaba directamente en la estación de trenes. A pesar de ser supuestamente el que tenía más paradas, llegamos mucho antes de lo previsto a Guilin. Nos soltaron frente a la estación, y a buscarnos la vida.

La primera impresión que nos dio Guilin fue muy mala. Suciedad, malos olores, tiendas de mal aspecto. Encima, el ambiente nos pareció irrespirable, aparte del calor, daba la impresión de estar bastante contaminado. Una vez nos aseguramos de que el tren aparecía en la lista de próximás salidas, volvimos a la calle para encontrar un sitio donde cenar. Como he comentado antes, nos parecía que todo tenía muy mal aspecto. Seguramente en la zona más turística estaría todo mucho más cuidado y limpio, pero en las afueras de la estación, era difícil encontrar un restaurante que nos inspirara cierta confianza. De hecho, no se si aquellos chiringuitos podrían llegar a llamarse restaurantes, tenían más aspecto de comedor social. Dimos un par de vueltas a a estación. Lo normal en las ciudades un poco grandes de China es que haya alguna cadena occidental de comida, tipo MacDonalds, Kentucky o PizzaHut, cerca de las estaciones. Aquí no vimos nada, por lo que seguimos la calle principal en busca de algo que nos convenciera mínimamente. Y tuvimos suerte, ya que encontramos un restaurante, de comida occidental, que se llamaba algo así como Hullr… (no nos acordamos), pero era una cadena china de comida. En el cartel de fuera vimos el anuncio de un filete de cerdo que supuestamente cocinaban al estilo madrileño. ¿Cual será ese estilo? Vaya a Madrid y pregunte.

Por dentro tenía muy buen aspecto: todo limpio como una patena, buen olor, camareros arreglados y aseados, y lo mejor, la comida tenía una pinta estupenda. La especialidad de la casa eran la carne a la brasa puesta en todas sus variedades posibles, que ellos decían que coincidían con la manera de cocinarlos en las distintas partes del mundo, de ahí la referencia a Madrid. ¿Y para que llevarles la contraria? La comida esta muy buena, encima te servían te helado sin parar, que venia bien para refrescar. Esto lo acompañaban con una sopa y con un buffet de ensaladas y fruta. La ración de carne estaba muy bien, era la primera vez desde que estaba en China que conseguía ver un trozo de carne en el plato que no estuviera troceado y mezclado con verduras u otra cosa. Se salió la cena. Pensábamos que íbamos a cenar una porquería y quedamos súper contentos.
Aunque lo mejor vino cuando me acerque al buffet para coger algo de fruta para el postre. Ya tenía la típica fruta china en el plato, cuando vi algo que me llamo la atención: era una especie gelatina negra, cortada en cuadrados. Le pregunte a una de las camareras lo que era, pero no tenía ni idea de ingles y me lo decía una y otra vez en chino, ahora tampoco recuerdo como lo llamaban exactamente. El caso es que como no tenía tan mala pinta me lo eche al plato y me senté con el en la mesa. Empece a probarlo, me comí dos o tres cucharadas, pero no terminaba de pillarle el sabor, al menos era algo que no había probado nunca. Un poco después, vino una de las camareras con el nombre escrito en ingles. Se habían molestado en buscar a alguien que fuera capaz de traducir y escribirlo. La verdad es que fueron muy simpáticos. O quizá mejor que no lo hubieran hecho, ya que al descubrir lo que era, me entro una mala sensación en el estomago. Primero me pasaron a mi la traducción, yo la leí y no entendí nada de lo que ponía, así que se la pase a Esti, que solo fue capaz de entender una palabra: tortoise. Lo que viene a ser una tortuga, vamos. Bravo, quería probar algo raro en China y lo había conseguido sin querer. Tampoco tuve malas sensaciones, pero si que me notaba algo raro en el estomago. Era todo psicológico. Al menos, ya podía decir que había comido tortuga.

Tras el percance culinario, nos volvimos a la estación, y en un rato estábamos montando en el tren que nos llevaría a Shenzhen, la ciudad china que hace frontera con Hong Kong. Nos aguardaban 13 horas de traqueteo. Al menos, el tren era el más decente en el que habíamos montado, y solo se monto un chico en nuestro compartimento de litera blanda, que fue leyendo la prensa deportiva China y que no dijo ni palabra en todo el trayecto. Pero lo más gracioso nos ocurrió cuando estábamos en la sala de espera del tren, ya que fuimos la atracción de un grupo de jubilados. Empezaron a hablarnos, y lógicamente no les entendidos nada, menos mal que había una chica cerca que hablaba ingles y nos fue traduciendo, que de donde éramos, a donde íbamos,… Solo hablábamos con una señora, pero los que estaban alrededor estaban al tanto de lo que decíamos y comentando la jugada. No les entendíamos, pero se notaba a leguas de que hablaban.