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Categoría: CHINA

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

Crónicas chinas. Día 2: Ciudad prohibida y mercadillos de ‘comida’

El cansancio acumulado durante los días anteriores se noto en el primer despertar pekines. Teníamos pensado levantarnos un poco pronto, pero fue imposible. El desayuno en el hotel se cerraba a las 9:30, y llegamos por los pelos. Menos mal que para eso los chinos no son nada estrictos, y nos dejaron desayunar tranquilamente y sin prisas. El desayuno buffet era una mezcla de comida occidental y oriental: desde los dim sum, dulces y frutas chinas, hasta el café, cereales, huevos o beicon más europeos. Nada más terminar arrancamos para el metro, Íbamos con un poco de retraso. Es curioso lo del transporte en las grandes ciudades, da igual que estés en Londres, Madrid o Beijing, no hay cosa más fácil en el mundo, o al menos es lo que nos pareció. En este caso, hay que admitir que era más sencillo, ya que estaban todas las señales en inglés y los nombres en pinyin, la traducción del chino clásico al alfabeto occidental.

Uno de los inmensos patios de la Ciudad Prohibida

Primera parada del día: plaza de Tiananmen y la Ciudad Prohibida. Nada más salir de la parada del metro, nos encontramos la entrada al mausoleo de Mao. Una gran foto suya presidía la fachada principal. Tampoco nos apetecía ver la momia de Mao, así que una vez pasados los controles de seguridad (que eran unos cuantos), nos adentramos en la Ciudad Prohibida. Lo más impresionante de este complejo es su magnitud. Salas, templos y plazas por doquier, es difícil imaginárselo sin estar presente. En la película ‘El ultimo emperador‘ se llega a apreciar relativamente, pero es difícil captar tanta grandeza. Las hordas de turistas chinos que asolaban la entrada nos hacían temernos lo peor, pero era tan espacioso todo, que entrábamos todos los que quisiéramos y más.

Sacar las entradas fue muy fácil. Tras despachar a algún reventa, en 5 minutos estábamos pasando los tornos. Al igual que en el templo de los lamas, fuimos pasando templos y patios uno tras otro. No llegamos a contarlos, pero llegaba un momento que empezaba a parecer el día de la marmota. Bromas aparte, cada templo o edificio superaba al anterior, hasta que llegamos a unos jardines, en los que descansamos un momento a la sombra. El sol nos castigaba sin piedad, y era común ver a multitud de chinos sentándose en las pocas sombras que había. En nuestro caso, nos salimos del recorrido oficial, y entramos en un patio más pequeño en el que corría algo de aire, así que aprovechamos para descansar un rato y refrescarnos.

Detalle de uno los pasillos interiores

En uno de los patios, me pidieron mi primera foto. Para los chinos que no viven en ciudades como Beijing o Shanghai, no es algo muy normal ver occidentales, y entre tanto turista chino que había, seguramente alguno los habría visto solo en la tele. En conclusión, se me plantaron dos chinos, que parecían un poco pueblerinos, a sacarse unas fotos con el que escribe estas líneas. Lo más gracioso de todo es que en ese momento estaba grabando un vídeo, y tenía a los susodichos a unos metros, enfrente mío, metidos de lleno en la escena. Después, al ver el video, descubrimos la secuencia completa: como se me quedaron mirando, y se acercaban, poco a poco, entre risas. Los tíos se fueron más contentos que unas castañuelas. Ya estaba avisado de que esto pasaría, y así ocurrió.

La parte norte del palacio, la de la salida, era un complejo de jardines en el que pudimos apreciar algunos pequeños templos y esculturas. Obviamente, no podían faltar las típicas tiendas de recuerdos, así como refrescos y helados. También pudimos ver a la salida las estatuas de los elefantes de oro, que nos gustaron bastante. En conclusión, la visita a la ciudad prohibida impresiona más por su magnitud, que por lo que puedes ver aparte de sus patios y templos. Muchas estancias se encontraban cerradas, y solo era posible verlas desde la calle. Y para dificultar el asunto, los turistas chinas se agolpaban y se hacían fotos como locos frente a las estancias, por lo que había que meter un par de empujones para poder acercarse y ver algo.

Uno de los dos elefantes de oro

Tras visitar uno de los monumentos más importantes de Beijng, tocaba cumplir con otra de las cosas que hay que hacer en esta ciudad: degustar el afamado pato laqueado. Juantxu y Cris nos habían recomendando el restaurante De Yuan Roast Duck, y hacia allí nos dirigimos en el metro. Sabíamos su ubicación aproximada, en la famosa Dashilan Street, pero incluso con el plano en la mano nos costo un poco dar con el. Cuando pensábamos que habíamos encontrado la calle (y así era, como más tarde descubrimos), preguntamos a una china que se nos ofreció, y que nos mando por donde no era. Así que volvimos hacia atrás y nos metimos por unas barriadas de dar miedo, si no estuviéramos en China. Seguimos el plano lo mejor que pudimos, siguiendo alguna indicación más, y al final, por fin encontramos el restaurante. Lo malo fue que entre tanta vuelta y vuelta, estaba cerrado. Habíamos llegado a las 3 y media, y no volvían a abrir hasta las 5. Mala suerte, pero seguíamos con el estomago protestando por el hambre. Unos metros más adelante encontramos un bar que tenía buena pinta, con un cartel de recomendación de Lonely Planet (seria en la anterior edición, no en la nuestra), y ahí nos metimos: Tianhai Restaurant.

Al rico lagarto y culebra, lo del medio, vete a saber que era

La carta estaba en inglés, y el camarero se defendía al menos para atendernos. Como no nos apetecía hacer experimentos, nos decantamos por unos noodles y un cubo de arroz con una tortilla encima. Acertamos de pleno. Los noodles nos costo comerlos un poco más de los esperado, por eso de los palillos y de lo largos que eran, pero con un poco de paciencia terminamos con ellos. El arroz estuvo incluso más sabroso, pero lo más curioso es que estaba presentado en un pequeño cubo de madera. Otros extranjeros que entraron un poco después nos preguntaron que habíamos comido, y les recomendamos los dos platos sin dudarlo. De hecho, los pidieron y creemos que les gustaron. Aunque la comida estaba muy bien, lo más curioso de este bar era que tenían unos botes en la barra de los más asquerosos: lagartos, y algunos cosas más que no pudimos identificar, metidos en lo que supuestamente era vinagre. Para salir corriendo.

Nos quedaba toda la tarde por delante, y nos tocaba visitar el famoso mercado de los insectos y demás pinchos morunos. Si pensábamos que los lagartos eran asquerosos, no hacía falta más que darse una vuelta por el mercado que comento para alucinar: escorpiones, ranas, gusanos, ciempiés, culebras, pequeños tiburones, testículos, tripas… Vamos, imposible salir con hambre de aquel lugar. Lo único que nos atrevimos a tomar fue la leche de un coco. Los dependientes nos ofrecían su comida una y otra vez, pero ni nos acercábamos a los puestos. Lo que nos dimos cuenta fue que los propios chinos no comían más que el mejunje de las tripas y algún pincho moruno que parecía de pollo. En ningún momento vimos a ninguno comerse un escorpión (algunos los pinchaban y estaban vivos antes de hacerlos a la brasa, se les veía retorcerse en los pinchos). En un hutong cercano, descubrimos la misma comida, pero impregnado todo de un olor penetrante y nauseabundo. El mercado era un espacio abierto en el que corría el aire, pero en el hutong, era imposible salir sin estar mareado. No recomendado para estómagos delicados.

Escorpiones empalados, antes de pasar por la barbacoa…
… y escorpión churruscadito listo para comer

Pero si esto era asqueroso, a la hora de cenar descubrimos que no era para tanto. Cómo estábamos cansados, cenamos en un restaurante en la misma calle del hotel, y al abrir la carta alucinamos. Gusanos de bambú, termitas, cabezas de pato, y alguna cosa más que no quiero recordar. La carta estaba bastante limitada para nosotros. Finalmente nos pedimos un plato de verduras, y un plato de carne de Yunnan. Le comente si podía ser sin picante, el plato tenia las típicas guindillas rojas junto al nombre y porque la comida de esa región tiene fama de ser muy muy picante, pero me dijo que no, que el plato era así. Y es que era carne en tiras con guindilla verde, ajo y chili rojo. O mejor, todo el picante posible acompañado de algo de carne. Pues nos atrevimos. Desde el primer bocado todo un placer para los sentidos. Lo curioso es que no me picaban los labios, pero tenía la lengua medio dormida y sudaba a goterones. Menos mal que la cerveza china hace estos duros momentos más llevaderos. No nos terminamos el plato, pero anduvimos cerca. Y es que a pesar del picor estaba muy rico, encima, no hay otra cosa que le guste más a Esti que el picante.

Segundo día en China, y sin intento de timo. Fue una jornada muy entretenida, con muchas cosas vistas, y en la que empezamos a descubrir la gastronomía china menos apetecible para los occidentales. Esto solo era el comienzo.

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Crónicas chinas. Día 1: llegamos a Beijing

Nada más salir por la puerta del aeropuerto, cambias de realidad totalmente. Hasta ese momento vives en un punto intermedio entre dos países, pero cuando vas a coger el primer taxi, te das cuenta de que algo ha cambiado: están intentando timarte. Gracias a que Juantxu nos aviso. En primer lugar, y como estábamos sobre aviso, preguntamos al taxista cuanto nos podría cobrar por ir hasta en el hotel. según la web del hotel, serian unos 90 yuanes, y el tío nos decía que sobre 450-500, juas juas. Vaya estampa, yo diciéndole que era muy caro, que en el hotel me decían que 90, y no se le ocurre otra cosa que soltarme que los del hotel hablaban de euros. Menudo caradura. Ahí le dejamos al tío jeta. Volvimos a intentarlo con otro taxista, y esta vez nos decía que saldría más o menos ese dinero, que el ponía la taxímetro, y lo que saliera. Nos convenció y tras montarnos y arrancar, recordé otro consejo de Juantxu: que bajen siempre la bandera. El tío arranco como si nada, así que tuve que recordarle que tenía que bajarla. Segundo intento de timo. Por suerte, no paso nada más, y nos llevo cerca del hotel sin ninguna cosa rara más. A la hora de pagar, nos salió 70 yuanes, más barato incluso de lo que inicialmente pensábamos.

Patio del hotel de Beijing

Teóricamente, y desde donde nos había dejado el taxista, solo teníamos que seguir recto por la calle, y ya estábamos en el hotel. Tras andar unos 10 minutos, y en vista de que no aparecía, preguntamos a un chino que pasaba por ahí. Nos quedamos blancos cuando nos dijo que faltaban ¡2 km! No podría ser, era imposible, teníamos el mapa en la mano, y debíamos estar muy cerca. Finalmente descubrimos que el inglés del chino era malísimo: estábamos a 20 metros. El cartel del Beijing Double Happiness Courtyard se asomaba entre varios farolillos. Para nuestra estancia en Beijing habíamos elegido un hotel con patio, algo muy característico en esta ciudad. Decorado con muebles antiguos, camas de estilo chino, con sus faroles, todo de madera, muy chino vamos.

El hecho de que estuviera recomendando por los visitantes de Tripadvisor nos pareció garantía suficiente, ocupaba el segundo puesto en el ranking de los mejor valorados. Y realmente acertamos: su decoración, el gusto con el que estaba distribuido, que el personal de recepción hablaba un perfecto ingles (mejor que el nuestro), su exquisito trato; no tenemos nada malo que decir sobre este hotel, todo lo contrario. Lo primero que hicimos fue darnos un ducha, ya que hacia 18 horas que habíamos salido de casa, y necesitábamos refrescarnos, sobre todo por el agobiante calor que hacía en Beijing. Pasamos del invierno vasco al caluroso verano chino. De la lluvia, a un achicharrante sol. En estos días que pasamos en la capital, y a pesar de lo que dicen de la contaminación, conseguimos ver el sol, e incluso alguna estrella. Al aterrizar si que notamos que había una intensa nieblilla, que nos impedía ver si estábamos no cerca del suelo, es lo que tiene la polución.

Esti con uno de los templos de fondo

Para esa primera tarde en Beijing, teníamos previsto visitar dos templos, pero finalmente solo pudimos visitar uno, el Templo de los Lamas. Dicen que si solo tienes tiempo para visitar un templo, este es su mejor exponente. Nosotros llegábamos un poco justos, ya que entre una cosa y otra nos habíamos retrasado bastante, pero nos dio tiempo de sobra para visitarlo. En cambio no tuvimos ningún problema en el metro, sacamos los billetes en ventanilla y en solo dos paradas salíamos en la estación de Lama Temple. Nos costo dar con el entrada del templo, ya que había varias salidas, pero en un momento estábamos comprando los tickets y caminando por sus jardines. Para haceros una idea de cual es la estructura de la mayoría de los templos chinos, se van cruzando templos, uno tras otro, y cada uno de ellos seria el equivalente a una ermita. Atraviesas uno, te encuentras un patio, y a por el siguiente templo. Así hasta el infinito. En cada uno de los patios, los creyentes quemaban incienso, y se arrodillaban para rezar. Además del aspecto religioso, importante para ellos, para nosotros se trataba de un lugar arquitectónicamente interesante. Poco a poco te vas acostumbrando a la forma de los templos, pero de entrada, y siendo el primero, impacta la forma en que están construidos. Como distribuyen las salas, los patios, los pasillos. Otro aspecto que impacta son los vivos colores con los que decoran y esmaltan cada uno de los motivos decorativos, desde las tejas hasta los iconos de los dragones. En cambio, para las esculturas que había en cada templo, optaban por un intenso y brillante color dorado. Si fuera oro, cuantos kilos y kilos se podrían fundir. En el interior de los templos estaba prohibido sacar fotos, por lo que tampoco podemos mostrar las esculturas budistas que vimos.

Creyentes budistas rezando

Tras llevarnos una grata impresión del templo, la tarde no daba tiempo para más. El cansancio iba haciendo mella en nuestros cuerpos. En el avión tampoco pudimos dormir todo lo que quisimos, y el jetlag nos estaba afectando más de lo esperado. Para esa primera noche habíamos previsto cenar en un restaurante, el Hua, que nos había recomendando Juantxu. Sobre el mapa, y en teoría, estábamos bastante cerca, pero una cosa es el mapa y otra la realidad. Nos volvimos locos calle arriba y calle abajo, pero no conseguimos encontrar siquiera el hutong donde estaba. Lo que si nos encontramos fueron varios hutongs con comida callejera, pero precisamente no era lo más apetecible, sobre todo viendo en que condiciones cocinaban. El concepto de limpieza de los chinos, del que seguramente hablaremos una y otra vez en este blog, es muy diferente al nuestro, pero que muy diferente.

Al final decidimos meternos en un restaurante, que parecía ser de una cadena china, en el que no hablaban ni palabra de ingles. Menos mal que el lenguaje de los gestos es el más internacional de todos. Por suerte, todas las cartas en China vienen con la foto del plato, por lo que al menos sabes que aspecto tiene lo que te vas a llevar a la boca, otra cosa muy distinta es saber con que lo han hecho. Como no tenían los nombres en ingles, fuimos a lo fácil: un plato de fideos, y otro de tortilla sobre un lecho de verduras. Y acertamos. Para beber, Juantxu nos había dado la palabras mágicas: gen pinda pi you, o lo que viene a ser en castellano, cerveza fría. Hay que remarcar lo de gen pinda, por que si no te lo sacan todo hirviendo. De hecho, nos sacaron dos vasos de agua calentorra, que era lo ultimo que apetecía para refrescarse. Para ser la primera cena estuvo bastante bien, seguramente ni por asomo como en el Hua, pero no tuvimos queja.

Crónicas chinas. La previa

Crónicas chinas. La previa

Iniciar un viaje a China puede resultar una de las mayores experiencias de la vida. A priori, viajas con la mente abierta, y con la idea de aprender todo lo posible de una cultura tan diferente a la nuestra. A la hora de plantearnos esta aventura, teníamos dos posibilidades: organizado o por nuestra cuenta. Realmente teníamos dudas de poder movernos por nuestra cuenta, sobre todo por el idioma, pero todas las opiniones que leímos y escuchamos al respecto, hablaban de que no suponía un verdadero problema. Bueno, todo esto lo escribimos a priori, quien sabe si cuando acabe el relato tendré que editar estas palabras.

El hecho de no viajar en un viaje organizado, supone que tener que trabajar previamente cada una de las etapas del viaje. Las distancias entre ciudades, los medios de transporte, los hoteles, la forma de llegar a cada punto de interés.. En el caso de China, no me imagino plantarte allí sin nada previsto, ni reservado, en nuestro caso íbamos para tres semanas, y creo que es totalmente necesario. Supongo que si vas sin ningún tipo de prisa por volver, podrás perder todo el tiempo que quieras, ya que el hecho de no tener mirados los trenes, por ejemplo, te puede hacer quedarte uno o dos días mas en una ciudad. Con todo lo que hay por ver en China (tuvimos que descartar un montón de sitios), a mi personalmente no me gustaría dejar de visitar un lugar por no tener reservado un billete de avión o de tren.

Increible paisaje en Yangshuo

A fin de cuentas, es un trabajo concienzudo, pero que recomiendo, ya que te ayuda a empaparte poco a poco de su forma de vida. En mi caso, la guía Lonely Planet ha sido la mejor ayuda. Jugo a su favor el hecho de que vienen todos los nombres en chino, lo que te puede ayudar a la hora de encontrar un lugar o explicar a un taxista a donde quieres ir. Fue todo un acierto, ya que contiene un montón de valiosa información: hoteles, autobuses, vuelos, lugares de interés, etc. Con todo eso que fui recolectando, mas lo poco que encontré por internet, prepare un guía propia, con la información de cada lugar que visitábamos, la ubicación de los hoteles, como llegar a los aeropuertos, a las estaciones de tren. Asimismo, Juantxu y Cristina nos aconsejaron sobre que debíamos hacer en Beijing: que visitar, donde comer, como movernos, trucos para el regateo, con los taxistas… La primera parte de la guía nos la hicieron practicamente ellos. En definitiva, llevábamos los deberes hechos a China.

Típico bicicarro chino

A la hora de coger los billetes de avión, optamos por volar con Air China, haciendo escala en Frankfourt. Nos pareció la forma mas rápida y económica de volar a Beijing. Si se reservan con mucho tiempo de antelación, salen muy baratos, siempre tendiendo en cuenta el tipo de vuelo que es, en el que atraviesas medio mundo.

Y en eso que paso la boda, en la que disfrutamos como enanos, y llego el día de partir. El lunes 21 de mayo de 2012, nuestra vuelo destino Frankfourt despegaba a las 14:25 horas de Loiu. Por delante, 14 horas de viaje. Coincidencias del destino, en el mismo vuelo nos acompañaba el Aita de Tati, que también se desplazaba hasta China, en su caso por trabajo. Y ahí nos fuimos los tres de Laudio hasta Beijing, donde separamos nuestros caminos tras volar mas de 5000 km. Rite se nos iba para Chengdu, y nosotros nos quedábamos en la capital, donde comenzamos el relato de las crónicas chinas.

Durante las siguientes tres semanas, visitaríamos Beijing, Datong, Pingyao, Xian, Fenghuang, Chengyang, PingAn, Yangshuo, Hong Kong y Shanghai.

P.D. El diario lo he ido escribiendo durante el viaje, ya que teniamos tiempo libre mientras viajabamos de un lado a otro. Nos ha sido imposible ir actualizando el diario a medida que cruzabamos China, ya que WordPress esta censurado, asi como Facebook o Twitter. No es en vivo ni en directo, pero al menos recoge lo que hemos ido viviendo.