Crónicas chinas. Día 13: arrozales en PingAn
Tocaba madrugar un día más. Entre trenes, desajustes de sueño y alimenticios, cada día costaba un poco más levantarse. En esta ocasión, habíamos quedado a las 6 de la mañana para desayunar. Después, a las 6 y media, un taxi vendría a buscarnos para llevarnos a la estación de autobuses de Sanjiang. A la hora acordada, estábamos en el comedor del hotel, pero allí no había nadie. Al tratarse de un negocio familiar, y el hotel una especie de casa rural, tampoco podíamos esperar la atención de 24 horas de un gran hotel, pero al menos, si se quedaba, que menos que presentarse. Pues allí no apareció nadie. Tampoco sabíamos si Michael Yang vivía en la misma casa, por lo que no sabiamos que hacer. Al final, subimos a la habitación y bajamos con las maletas, allí seguía sin haber nadie. Hasta que llego el taxista y salimos a explicarle que no estaba Michael. Teníamos que pagar el hotel y un par de comidas, sino no le hubiéramos dicho nada al chofer y nos hubiéramos ido sin mas. Al final, el taxista se metió dentro de la plata baja, y fue a despertar a Michael, que venia detras de el todo dormido, y diciendo: sorry, the breakfast, sorry. Le dijimos que nos daba igual el desayuno, pero que teníamos que pagarle. El tío se quedo con cara de poker, estaba sobadisimo. Se agacho, cogió una piedra y empezó a hacer las cuentas haciendo marcas en el suelo. Mientras ocurría todo esto, nosotros le estábamos observando alucinados. Esti saco un boli y se lo ofreció, Michael se quedo mirando y lo cogió, como diciendo, es verdad, que hago escribiendo en el suelo. Después de esa dantesca escena, al final el tío nos cobro mucho menos de lo que debíamos haber pagado, pero bueno, nosotros no le íbamos a decir nada, y menos cuando nos dejo sin desayunar.

El trayecto en taxi hasta Sanjiang fue rápido. Encima, nada más llegar a la estación de autobuses, una señora nos pregunto si íbamos a Longsheng. Al decirle que si, nos dijo directamente que la siguiéramos. Teníamos intención de desayunar algo en la estación, pero para cuando nos dimos cuenta ya estábamos montados en el autobús. Es curioso lo de los autobuses chinos, en todas las estaciones hay señoras que se encargan de organizar los autobuses, de mandar a las personas a uno u a otro, o de cobrar durante el viaje. ¿Tendrán una comisión? Al no llevar ningún tipo de uniforme, muchas veces no sabes si estas siguiendo a una señora cualquiera o realmente tiene algo que ver con el autobús. En este caso fue todo el trayecto con nosotros hasta Longsheng. Hora y media de viaje en el que el estomago protestaba a base de rugidos.

Llegamos a Longsheng, y aun nos quedaba otro bus a PingAn. Estaba siendo una jornada de mucho movimiento: un taxi y dos autobuses. Menos mal que todos nos iba saliendo bien. En la estación de Longsheng, no llegamos a preguntar nadie por el autobús a PingAn, nos fuimos directamente a las tiendas a comprar algo para desayunar. Llevábamos tres horas en marcha sin haber probado bocado de nada. La solución fue zamparnos dos paquetes de galletas y unos zumos, tampoco había mucho donde elegir. Mientras comprabamos, una señora se nos acerco, estaba vestida con un traje regional, y nos decía: ¿PingAn? Creiamos que nos quería decir que ella era de allí. Nosotros le dijimos que si, al principio riéndole las gracias, hasta que empezó a ponerse más pesada. No sabíamos que nos contaba, pero no callaba. Le dijimos que no queríamos nada, que nos dejara tranquilos. Nos acercamos a la sala de espera y nos sentamos para comer lo que habíamos comprado. Cual fue nuestra sorpresa cuando vimos a la señora que venia a donde estábamos. Ya directamente le mandamos a paseo, pero parece que no lo pillaba, hasta que le metí un medio bufido y se alejo, pero no mucho, ya que se sentó cerca, a solo cuatro asientos. Parecía que no iba a parar de molestarnos. De vez en cuando nos decía algo, pero optamos directamente por ignorarla, que fue la mejor forma de que nos dejara de dar el tostón. Como estábamos aburridos de aguantarla, nos levantamos y salimos de la sala de espera para dirigirnos a donde estaban los buses. Otra de esas señoras que organizan los autobuses, nos indico amablemente cual era el que iba a PingAn, por lo que nos sentamos dentro, quedaba media hora, pero estabamos mejor solos que mal acompañados. Al de un rato se subió la señora al autobús, e hizo un ultimo intento de vendernos algo, tampoco sabíamos que, pero directamente pasamos de ella y mirábamos para por lado cuando nos hablaba. Fue la ultima vez que la soportamos, por fin, ya estábamos más que aburridos.

El trayecto hasta PingAn fue espectacular. Sabíamos que la zona de arrozales a la que íbamos estaba a mucha altura, pero no nos imaginábamos que a tanta. Subimos un puerto con unas curvas de quitar el hipo, encima en autobús. Menos mal que teníamos el cuerpo hecho a todo, ya soportábamos lo que nos echaran, era imposible marearse. Una horas después de salir de Longsheng, estábamos en el parking de entrada al pueblo. Para entrar al mismo, habíamos comprado previamente la entrada, por lo que ya solo teníamos que encontrar a nuestros porteadores. Si, si, habéis leído bien. Al estar construido en una montaña, y al ser tan antiguo, no había carretera como tal para subir, existía una calzada con una anchura de un metro, que en su mayor parte era escalera. En el hotel nos ofrecieron la posibilidad de ayudarnos con las maletas, por lo que entendimos que era algo normal, sabíamos que había una subida de un cuarto de hora por escaleras. Lo que no fue muy normal fue encontrarnos a una señora de más cuarenta y cinco años, que nos iba a hacer de mula de carga. Me daba vergüenza. Era la mitad de pequeña que yo. Se puso una cesta en la espalda, apoyo la maleta encima, y tras atarla con unas cuerdas, nos dijo que la siguiéramos. Ver para creer. En PingAn debe ser de lo más común, ya que al bajar del bus había un montón de mujeres esperando para ayudar con las maletas.

El Longji One Hotel era igualito a como lo describían las fotos de su pagina web. Al entrar a la habitación alucinamos con las vistas a los arrozales, tenía unos ventanales descomunales, por lo que podíamos apreciar el increíble paisaje. A pesar de llevar unas horas moviéndonos de un sitio para otro, tampoco paramos mucho en el hotel, ya que estábamos deseando salir y caminar entre los balcones de los arrozales. De entrada teníamos pensado hacer una ruta entre varios pueblos, en la que se pasaban por ciertos miradores, Habíamos leído que eran 4 horas de excursión, pensábamos que en total, pero eran solo hasta el final, después tocaba volver. Era una paliza, podíamos haber hecho la ida andando y coger un taxi para volver a pueblo, pero íbamos con el tiempo muy justo, y tampoco nos merecía la pena andar corriendo. Finalmente lo descartamos, pero no nos quedamos sin ver paisajes espectaculares. Alrededor del pueblo había unos senderos, bien indicados, que te llevaban por los puntos con mejores vistas de lo arrozales. Solo había que ir siguiendo las señales. Nos encontramos unas buenas cuestas, sobre todo al principio, pero era la mejor forma de ver los arrozales de PingAn como se merecían. Seria difícil encontrar un paisaje tan espectacular como ese.

Una vez más, se volvía a demostrar de que eran capaces los chinos: Como habían hecho aquellas terrazas, en unas montañas como aquellas, con aquel desnivel. Y no era solo el hecho de construirlas, todo aquello había que trabajarlo, había que arar, quitar las hierbas, plantar, recoger; todo en un terreno nada favorable. En un terreno llano no hubieran tenido tanto mérito, ni hubieran conseguido simular con las montañas, la columna de un dragón, ya que así los llamaban: los arrozales de la columna de dragón.
A pesar de no haber hecho la ruta que teníamos en mente, nos llego toda la mañana recorrer los montes y los arrozales más alejados. Teniendo en cuenta el desayuno que habíamos tenido, el hambre empezó a apretarnos, así que comimos en una restaurante con una terraza muy agradable. La comida también estuvo bien. Probamos el plato típico del pueblo: el arroz cocido dentro de una caña de bambú. No era el arroz con mayor sabor del mundo, pero tenía un toque especial, un sabor distinto. Estando donde estábamos, estaba claro que el plato estrella tenía que llevar arroz.

Para después de comer dejamos la parte inferior del pueblo, que era la más accesible. Solo teníamos que bajar por las escaleras hasta salir a los arrozales. Los lugareños estaban trabajando la tierra, por lo que pudimos apreciar como era el trabajo que hacían. La verdad es que no es muy recomendable. Trabajar con tanta humedad tiene que ser duro, más aun que el esfuerzo físico que supone. Meterse en el barrizal para dar la vuelta a la tierra, es un claro ejemplo. No nos hacían mucho caso al vernos pasar, pero al menos todos nos saludaban, ellos soltaban un hello, y nosotros un nihao.

La niebla se estaba adueñando de las montañas, y junto con ella, llego la lluvia. Así que nos volvimos al hotel, después de habernos recorrido todo el pueblo y sus arrozales. Era el momento de descansar un poco y de adecentarse, darse una ducha y ponerse ropa limpia (o lo que quedaba). En un pueblo perdido en las montañas, una vez que se hecha la noche, poco más puedes hacer ademas de cenar y meterte pronto a la cama. Y nosotros tan a gusto con el plan. Estábamos deseando probar la comida de hotel, al tratarse de un negocio familiar, seguro que la comida era casera y merecía la pena. Y así fue. Volvimos a pedir el arroz hecho en bambú, y fue incluso mejor que el de la comida. Pero lo que más nos gusto fue el salteado de bambú. Acostumbrados a comer el bambú que nos ponen en los chinos de Euskadi, más duro que una piedra, alucinamos con lo tierno que estaba, y con el sabor, casi no tenía salsa, y mejor así. Una vez probado el bambú de las montañas de PingAn, no se si volveremos a probar el otro.
Para redondear la cena, me pedí una especie de vino casero, o así lo llamaban ellos. Vino de frutas era su denominación exacta. El concepto de vino que tienen los chinos es muy erróneo, puede que a algún otro extranjero le vendan la moto, pero a nosotros, que tenemos La Rioja al lado, no nos la cuelan. Lo que ellos llamaban vino, era una especie de licor hecho con lichis (la fruta esa que sacan siempre en los chinos), que se asemejaba más al patxaran que a otra cosa. Y es que realmente lo elaboraban así, metían el licor con los lichis en una botella y lo dejaban reposar, igualito que el patxaran. En este caso, no creo que utilizaran anís. El resultado era un licor fuerte, pero de buen sabor, y que me sirvió para acompañar la comida. Por una vez, no me pedí la litrona de cerveza. En esa tesitura, en un agradable ambiente, y asomados a los enormes ventanales, vimos como la niebla y la oscuridad hacia desaparecer los arrozales. Hasta mañana.