Crónicas chinas. Día 14: navegando por el río Li
Tras la espantada del día anterior de Michael Yang, avisamos en el hotel que queríamos algo para desayunar, y como las 6 de la mañana era muy pronto para que se levantaran a preparar algo, nos cogimos al menos un par de zumos para el camino. Nos esperaban 3 horas de taxi hasta el muelle de Guilin, donde debíamos coger el crucero por el río Li. A diferencia de Michael, la señora porteadora (o jaguar como les llamaban ellos) llego puntual. Ya había amanecido cuando descendimos por las escaleras, por lo que pudimos ver por ultima vez el paisaje de las montañas y despedirnos de los arrozales.

El trayecto en coche se hizo bastante llevadero. Bajamos de las montañas por la sinuosa carretera casi sin darnos cuenta, encima a esas horas había muy poco trafico. Sin embargo, teníamos que atravesar la ciudad de Guilin, por lo que estuvimos un buen rato en el típico atasco mañanero. A pesar del trafico y la locura de los conductores chinos, llegamos al muelle antes de la hora. Menos mal. Por confusión, no habíamos concretado la fecha a la empresa con la que contratamos el crucero, y a pesar de que les llamamos, nos fue imposible coger un barco con esa compañía. Tuvimos suerte de todo modos, ya que había una chica de la oficina de turismo de Guilin, que nos ayudo en todo: nos compro los billetes para otro barco e incluso nos llevo hasta el mismo muelle y nos indico en cual teníamos que montar. Se trataba de un barco destinado a turistas chinos, por lo que la chicharrilla estaba asegurada.
Sin embargo, lo que condiciono totalmente el crucero fue el mal tiempo. Llovía a cántaros, y encima, hacia una densa niebla en las montañas, por lo que la primera parte del crucero fue decepcionante. Por una parte, no pudimos ver con claridad las montañas de Dragoi Bola (así las bautizamos por la forma única que tenían). Y por otra, al estar lloviendo, tampoco pudimos estar mucho tiempo en cubierta para poder apreciar lo poco que se asomaba por la niebla. En conclusión, que nos quedamos sin apreciar la altura y forma de los montes, por lo que tuvimos que conformarnos con las imágenes que se veían en las postales y reclamos turísticos.

Para cuando quisimos darnos cuenta, sobre las 11 de la mañana, ya estaba lista la comida, tipo buffet, que estaba incluida en el precio del crucero. Ahí si que se vio la autentica chicharra. Estábamos todos en una cola, íbamos pasando por delante de los recipientes y nos íbamos echando la comida en el plato. Al parecer, alguna de las señoras no debió entender el concepto de ese tipo de filas: una vez que pasas por delante de una bandeja, no puedes volverte atrás, ya que los que van detrás tuyo van en sentido contrario. Pues una señora chandalera, de color rosa por cierto (lo comento por si os la cruzáis, para que salgáis corriendo), tuvo que liarla. Primero intento hacerle un bloqueo a Esti, que consiguió esquivarla y seguir adelante, pero yo me quede atrapado entre la chandalera y una señora que tenía detrás, y que llevaba más de un mes sin comer, al menos eso parecía por su forma de empujarme. Y me quede en medio, ni para adelante ni para detrás. Y las señoras chillando entre ellas y empujando cada una en un sentido. Yo ya estaba bufando y jurando en arameo. Menos mal que no me entendían nada. Tampoco las insulte, pero unos juramentos a tiempo son mano de santo en estos casos, aunque no te entiendan, solo con el tono es suficiente.

El tiempo mejoro mucho después de comer, por lo que pudimos estar en la cubierta sin paraguas ni poncho. La pena fue que a esa altura del crucero, las mejoras vistas ya habían pasado. De todos modos, cerca de Yangshuo, que era donde atracaba el barco, el paisaje cambiaba de nuevo, y pudimos apreciar las formaciones montañosas tan características de esta zona, y que como comentaba antes, son las mismás que las de Dragoi Bola. Al final, y seguramente por el mal tiempo, el crucero no fue ni por asomo lo que esperábamos. Habíamos leído maravillas sobre el mismo, pero nos quedamos con la duda de si había sido solo por el tiempo, o realmente no era para tanto.

Y llegamos a Yangshuo. Nada más bajarnos del barco, empezó el acoso al turista, nos querían vender de todo: postales, libros, paseos en barca, habitaciones,… Así que repetimos una y otra vez el típico ‘no thanks’. Algunos no se daban por vencidos e insistían, incluso te seguían, hasta que te dabas la vuelta y les dejabas bien clarito que no. Durante el rato que estuvimos buscando el Bamboo House Resort Hotel, fue un acoso constante, sobre todo, porque nos cruzamos la calle comercial por excelencia de la ciudad, la West Street. Llegamos bien de tiempo para hacer el check in, era un poco antes de la hora (el crucero había llegado antes de tiempo), pero no nos pusieron ninguna pega y nos dejaron entrar a la habitación. El hotel era una pasada, por fuera no parecía gran cosa, pero las habitaciones eran de autentico lujo. La valoración de los usuarios de booking volvía a ser una referencia más que valida, habíamos acertado de nuevo.

Dedicamos la tarde a dar un paseo por el pueblo, y los moscardones no pararon de acosarnos, extranjero que ven, a por el. Y ya no solo eran los que querían venderte algo, sino los que querían sacarse fotos. En ese caso, no era ninguna molestia. Se nos acercaban el típico grupo de adolescentes para sacarse fotos con nosotros. En una ocasión, nos sacamos fotos con un grupo de seis chicas, una foto con cada una. Con otro grupo de chicas, nos paso algo muy curioso, ya que querían invitarnos a una fiesta que iban a celebrar el día siguiente. Había cerveza gratis, incluso nos enseñaron un papel de promoción de la fiesta. El tema nos olió un poco mal, por lo que declinamos la invitación. Habíamos oído hablar de un timo en el que estudiantes chinas llevaban a extranjeros a una ceremonia el te, y en la que obviamente, los extranjeros pagaban el desorbitado precio en su totalidad. No lo parecía, pero no sabíamos si podía tratarse de algo similar. De todos modos, no desaprovecharon la oportunidad de sacarse una foto con nosotros.

Para la noche compramos entradas para un espectáculo protagonizado por los lugareños, el Impression Sanjie Liu. Se trataba de una show creado por la persona que diseño la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos de Beijing. Con más de 600 personas participando, fue un espectáculo total. Lo más meritorio de todo, que lo realizaban sobre el agua. Al ser de noche, jugaban con luces y focos de todos los colores para crear ilusiones ópticas y escenas visualmente increíbles. Por ejemplo, ver a 200 personas, caminando sobre el agua, en la oscuridad, con un traje brillante que cambiaba de color. Todos coordinados, y haciendo movimientos al unísono. Como en todos los sitios, hay personas que no tienen respeto por nada. Nos toco detrás un señor que se dedico la hora que duro, a comentarlo en voz alta, a cantar las canciones y a dar golpes en la silla de Esti con del pie. Pero lo más curioso de todo es que la gente se marchaba antes de que finalizara, todo por salir pronto, y casi ni aplaudió. O nosotros somos un poco paletos, ya que alucinamos con el show, o los chinos nos saben apreciar ni agradecer nada. Casi ni aplaudieron. Eso si, durante el espectáculo, todos grabando como locos con el móvil.

Por primera vez desde que llegamos a China, tuvimos que hacer una recena. La verdad es que no fue nuestro día en cuanto a las comidas. Nos acercamos a un vegetariano con la esperanza de comer algo más sano. Pero lo que conseguimos fue salir decepcionados, la comida no nos gusto nada, y mira que es díficil que a nosotros no nos guste algo. De los tres platos que pedimos, ninguno de los tres nos convenció. Y para rematar la jugada, llevaba días con la idea de probar el vino más famoso de China, el Great Wall, por lo que me pedí una botella pequeña. No se si el vino estaba picado o pasado, me inclino porque si, en caso contrario, tendría que decir que el vino chino es el peor vino que he probado nunca. Bueno, de entrada, si le podemos llamar vino. Nos habían hablado muy bien de este vino, pero fue el dinero peor gastado. Mi idea era llevarme alguna botella para casa, y tenía que probarlo antes. Después de la cata, tenía claro que no me llevaba nada a casa. Por si fuera poco, nos quedamos con bastante hambre, y terminamos en un MacDonalds (otra vez), recenando una hamburguesa
Pero la noche no termino ahí. Algo le sentó mal a Esti durante la cena, que estuvo devolviendo un buen rato. Llego un poco tocada al hotel, pero se metió en la cama, y sin más. Cuando al de una hora se despertó súbitamente y tuvo que ir corriendo al baño. Tras devolver tres veces, y echar todo lo que tenía, se encontró mucho mejor y se volvió a dormir, eso si, todavía con dolor de tripas.