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Crónicas chinas. Día 10: Fenghuang is different

Crónicas chinas. Día 10: Fenghuang is different

Tocaba madrugar. Nos esperaba un traslado en bus, y no sabíamos exactamente la hora de salida, así que teníamos que ir a la estación y esperar. En el desayuno, empezamos a tener problemas para poder elegir algo que llevar a la boca. Hasta este momento los desayunos eran occidentales, pero a medida que nos adentramos en la China profunda, cada vez se veía menos fruta, café o tostadas. Los chinos no hacían más que desayunar fideos, huevos duros, verduras y te. Los primeros días nos hacia gracia, pero estábamos llegando al limite. Cada vez hay menos cosas que nos gustaran para desayunar.

Área de descanso china

En la puerta del hotel cogimos un taxi hasta la estación del bus. Estaba a solo cinco minutos. Al reservar el hotel había tenido en cuenta que estuviera cerca tanto del aeropuerto como de la estación. En ese sentido nos había salido redonda la jugada. En la taquilla, conseguimos hacernos entender y sacar dos billetes, no fue muy complicado. Nos tocaba esperar 45 minutos hasta el siguiente autobús. Así que nos sentamos en unos bancos y a esperar. Lo bueno de esos tiempos de espera es que te vas fijando en detalles en los que hasta ese momento no caías. La zona era más rural, se veía en la vestimenta de las personas, sus caras o el color de la piel también eran distintas de lo que habíamos visto hasta ese momento.

El bus hasta Fenghuang fueron 4 horas de traqueteo constante. Las carreteras chinas eran para ir en todoterreno. Menudos baches. Íbamos botando todo el rato, intentaba escribir el blog y no hacía más que teclear letras erróneas. El suplicio se alivio, ya que a medida que nos acercábamos empezamos a ver que el paisaje cambiaba: montañas y arrozales por doquier. A mitad de camino, nos pararon en una especie de estación de servicio, por llamarle algo, en la que había un puesto de comida y una pequeña tienda. Los conductores aprovecharon para darle un manguerazo al autobús. Todo de los más cañi.

Detalle de las típicas casas de Fenghuang

Al llegar a Fenghuang nos dejaron en una parada en las afueras, estaba lloviendo a mares. Esperábamos que hubiera taxis, pero lo único que había eran una especie de motocarros con tres ruedas y unas motos normales. Los de las motos se ofrecieron a llevarnos, pero solo entraba una persona sentada detras… Le dije que llevábamos una maleta, pero le daba igual, siguió insistiendo. Con el que si regateamos fue con un hombre que tenía un motocarro, nos parecía algo caro lo que nos pedía, pero en esta ocasión no nos quedo más remedio que ceder en el regateo: no había otra forma de salir de allí. Nos montamos en la parte de atrás del motocarro y arrancamos bajo una intensa lluvia. Menos mal que lo contratamos, el hotel estaba muy muy lejos, y con la que caía, podíamos haber muerto ahogados por el camino.

Antiguo paso para cruzar el río

Llegamos al Phoenix Jiangtian Holiday Village Resort y en la recepción no hablaban ni una palabra de inglés, pero hicimos el check in sin problemas. El hotel no estaba mal, algo peor que los últimos que habíamos estado, pero estaba limpio y hasta tenía un ordenador de sobremesa. Menos mal que el Windows es universal, y aunque todos los nombres estaban en chino, conseguí utilizarlo sin problemas. En un momento, dejamos las maletas y salimos a comer algo. Eran las cuatro de la tarde, y todo el mundo había comido ya, así que no había mucho donde elegir, además, no había ningún cartel en inglés por ningún lado. Al final, nos sentamos en un restaurante que tenía la cocina a la vista, así que nos acercamos a la cocina y le señalamos lo que queríamos: unos noodles (para variar) y una especie de tortilla (pensábamos que era tortilla, pero era tofu). Lo malo es que no vendían bebida, y la comida picaba una barbaridad. Intentamos pedirles cerveza pero decían que no tenían. Al final les pedimos agua, y nos sacaron un vaso, nada de botella. Por si acaso, casi ni la probamos, no fuera a ser que pilláramos alguna pirrilera. En algún momento tuve que beber unos sorbos, no hubo más remedio, con el picante no aguantaba más.

Nuestra idea era echar una siesta y volver a salir, pero empezamos a caminar por las calles, y como estábamos tan a gusto, y había dejado de llover, nos pasamos toda la tarde paseando, la ciudad lo merecía, era de película, pero estaba plagada de turistas chinos, era como el Salou de China, con la excepción de que la ciudad era chulísima. A las dos orillas del río se apilaban las casas de madera, apoyadas en unos pilares que no inspiraban mucha confianza, pero la estampa era de postal. El encanto de esa ciudad era precisamente ese toque decadente y gris. Mientras paseábamos, intentaban vendernos coronas de flores en todas las esquinas, y las chicas chinas las llevaban todo orgullosas. No sabíamos si tendría algún significado, o era simplemente una turistada. Además de las flores también les daba por vestirse con los trajes típicos de la zona y sacarse fotos como si fueran para un book.

Ratas preparadas para saltar a la cazuela

Mientras paseábamos vimos que en los restaurante tenían la comida en jaulas o peceras, en la calle, vale que hubiera peces, pero vimos pollos, culebras o ratas. Un golpe, y a la cazuela. La verdad es que las ratas daban bastante asco. No sabíamos sin eran ratas exactamente, pero eran muy parecidas. Las culebras también daban un poco repelús. Estaban metidas en un balde como si nada. Lo de los peces no tenía nombre, los metían en las peceras para dar sensación de que iban a estar frescos, cuando más de uno estaba panza arriba, más muerto que muerto. Si lo que intentaban era convencer a la gente, a nosotros todo lo contrario, a ver si te van a meter un pez chungo en el plato, encima vete a saber desde cuando estaba allí.

Dimos un montón de vueltas, y al final cenamos en un chiringuito de noodles. En Fenghuang no tenían fotos de los platos en los restaurantes, por lo que no nos atrevíamos a meternos en ninguno. Fuimos a lo seguro, y entramos en uno de noodles que tenía pinta de limpio. Y aunque parezca mentira, nos echaron tripas en el cuenco, y nos las comimos. Parecían setas cuando las vimos, pero en el cuenco descubrimos lo que eran. Nos daba igual, todo para adentro, visto lo visto, era lo mejor que podíamos comer allí. Acompañamos los noodles con un par de churros, que nos hacían de pan.

Fenghuang de noche

Si durante el día la ciudad era bonita, de noche se salió. Se convierte en un lugar muy distinto. Con todos los edificios iluminados con luces de colores. Además de las luces, había un montón de bares o pubs, a los que los chinos iban a desmelenarse. En la calle había chicos y chicas jóvenes que intentaban atraer a los viandantes al interior. Karaoke, alcohol, música alta y luces mareantes. Menudo cóctel. Lo decía la Lonely, el lugar era el del desmelene vacacional de los chinos.

No llegamos a descubrir sin el desfase era total. Ya que nos fuimos al hotel antes de empezara la fiesta de verdad. No teníamos contratado el desayuno, y nos dimos dado cuenta de que por la zona no había ningún sitio cerca donde desayunar, así que preguntamos en recepción. Las chicas no tenían ni idea de inglés, y nos pusieron al teléfono con una persona, que supuestamente sabia ingles. Le explique que queríamos desayunar al día siguiente, y le pregunte el precio, pero al tío no se le entendía nada. Se puso Esti al teléfono, y consiguió hacerle entender lo que queríamos. Así que nos dieron unos tickets para la mañana siguiente, y a la habitación. En la mesilla, nos encontramos una bolsa de lo que parecían caramelos. Los habían dejado los del hotel. Eran los caramelos típicos de la zona. Los vendían en todos los puestos. Al probarlos, descubrimos que de dulces no tenían nada, más bien eran picantes, como todo lo que se comen en Hunan. Yo me comí solo uno, y suficiente, pero Esti se comió el paquete entero. Lo mejor es que nos quedaron dos paquetes más, solo nos habíamos comido uno de los tres que tenía la bolsa.

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