Crónicas chicas. Día 18: nos vamos de islas, Hong Kong y Lantau

Nos levantamos como nuevos, después del viaje el día anterior, se agradecía despertarse entre unas sabanas limpias y un colchón de verdad. Pero lo que más agradecimos fue el megadesayuno que nos metimos en el hotel. Había de todo para elegir, y todo muy bueno. Café de verdad, que te rellenaban una y otra vez, sin tener que levantarte, eso no tiene precio. Un dimsum relleno de verduras que nos encanto. Gran variedad de fruta, fresca y sin picante (no como en Fenghuang). Un lujo.
Para el segundo día en Hong Kong, habíamos previsto una excursión a la isla de Lantau. Visitaríamos el monasterio de Po Lín, con su Buda gigante, y algún pueblo de pescadores. Primero tuvimos que coger el metro hasta cerca del aeropuerto (pasamos de largo el Disneyland), para después montarnos en un autobús de línea que circulaba solo por Lantau. Tenían el aire a tope, y menos mal, en la calle hacia un calor infernal, mínimo 30 grados.

Teníamos una segunda opción para llegar al monasterio, un teleférico que cruzaba las montañas, pero después de montarme en la muralla china, ya había cubierto el cupo. Además este no era de juguete como el de Badaling, ya había visto imágenes antes en internet, y ascendía a una altura que mi vértigo no podría soportar.
Tras ascender un puerto con unas curvas mareantes (Lantau era muy montañoso), llegamos por fin al monasterio. Sin duda lo más llamativo era el buda. Mientras ascendíamos por la carretera, en la lejanía, se podía divisar perfectamente. Y es que tenía 26 metros de altura y lo habían construido sobre una colina bastante alta. Era impresionante. Había que subir unas escaleras para llegar arriba, pero ya desde abajo, antes de iniciar el ascenso, impresionaba. Una vez llegabas a su altura, sus dimensiones asustaban. Lo que nos resulto más curioso fue la cruz gamada que tenía en su pecho. Obviamente no tenia nada que ver con los nazis, ya que este tipo de símbolos son muchísimo más antiguos y se repiten en infinidad de culturas (nuestro laburu es un claro ejemplo). En este caso, lo que nos sorprendió es que fuera exactamente igual. Debajo del Buda, había un pequeño museo, donde se podían apreciar varias esculturas y reliquias. Como no somos unos expertos en budismo, y estaba todo en chino, para nosotros tampoco tenía mucho interés. Los chinos en cambio hacían reverencias y rezaban. Antes de salir, nos entregaron un botellín de agua y un helado, que estaban incluidos con la entrada. Lo mejor que nos pudo pasar, el sol castigaba una barbaridad.

La isla de Lantau tenía otros atractivos aparte del Buda, uno de ellos era el poblado de pescadores de Tai O. Volvimos a coger otro autobús regional, que nos bajo de la montaña para acercarnos a la costa, a la altura del mar. Lo más interesante de este pueblo era ver las casas de los pescadores, construidas sobre el agua. Aunque más que casas parecían chabolas. También resulto curioso ver como secaban el pescado o cualquier tipo de animal sacado del mar. Desde marisco a pescado, algas, lo que fuera. Aquello, una vez seco, parecía cualquier otra cosa menos pescado. Viendo como pegaba el sol, seguro que el que tenían tirado en la calle no tardaría mucho en secarse. Y es que vaya calor. No aguantamos mucho en el pueblo. Al menos el autobús de vuelta tenía el aire acondicionado a tope, a pesar de ser una chocolatera que paro en todas las paradas habidas y por haber (incluso en la cárcel de Lantau, seguro que se monto algún preso). A lo que invitaba era a bajarse del bus y darse un baño en cualquiera de las numerosas playas que había, que por cierto estaban todas vacías, va a ser que a los chinos no les gusta la playa, porque mejor día que ese para darse un baño no podía haber.

El autobús nos dejo en el mismo punto que habíamos cogido el anterior, así que como había un enorme centro comercial (uno más de la infinidad que había en Hong Kong), no nos complicamos y comimos en un restaurante que había en el mismo. De paso nos vino bien para refrescarnos, descansar un poco y cargar las pilas. Teníamos pensado ir a echar la siesta al hotel, así que fue simplemente fue un adelanto. Nos quedaba un rato para volver hasta Kowloon, y para cuando llegáramos seria muy tarde para comer en ningún sitio. Así como lo pensamos, lo hicimos, siesta y descanso hasta media tarde.

Para esa tarde habíamos reservado dos de los platos fuertes que ofrece Hong Kong: el Star Ferry hasta la isla de Hong Kong, y el Peak Tram, funicular que sube a la montaña más alta de la isla y desde donde hay unas vistas espectaculares. El ferry es una de las estampas más típicas, el barco surcando la ría en dirección a la isla. El embarcadero estaba a solo dos minutos de nuestro hotel, de hecho veíamos Victoria Harbour y los ferrys partiendo desde la ventana. Durante los pocos minutos que dura el trayecto, se observa el skyline desde una vista distinta. Tampoco es para tirar cohetes, esta bien, pero sin más. En mitad de la ría nos sacudió una ola, que nos hizo balancearnos bastante, el menos tuvo su punto de emoción. También te cruzabas con otros barcos, incluso algún crucero que estaba atracado. Lo mejor era ver como se acercaban los barcos y golpeaban un par de veces el muelle antes de amarrarlos. Como no pueden controlarlos para hacer una maniobra suave, tienen que hacerlo con brusquedad, pero tiene su gracia.

Nada más pisar la isla de Hong Kong, te encuentras con los enormes rascacielos frente a frente. O mejor dicho, los miras desde debajo, echando la cabeza para atrás como puedes. Casualmente, la zona que estaba frente al muelle estaba toda levantada por las obras, por lo que tampoco se podía pasear. Tampoco es que hubiera muchas aceras, En esa parte de la ciudad los viandantes caminaban sobre el suelo, circulando por una especies de pasarelas que comunicaban las distintas calles, y que cruzaban por lujosos centros comerciales. Los coches por el suelo, y las personas por las alturas. Nosotros tampoco tuvimos que movemos mucho. Había un autobús que comunicaba directamente el muelle con la estación del funicular, y como era un bus de dos pisos, pudimos ir contemplando el paisaje urbano característico de Hong Kong.
Al llegar a la estación nos encontramos una cola descomunal: la primera para sacar las entradas, y la segunda, una vez sacadas, para montarse en los vagones. Tampoco teníamos predilección por subir de día o de noche, pero en esas circunstancias, veríamos la ciudad iluminada. Tardamos casi una hora en montarnos. Durante ese tiempo aguantamos el calor y las aglomeraciones como pudimos, además de alguna que otra señora que tenía que montarse la primera y sentarse donde ella quería. Lo normal en estos casos. No le veíamos mucho sentido, ya que todas las plazas eran sentadas e íbamos todos sentados mirando hacia delante, cuando teníamos la ciudad a nuestras espaldas. En el primer tramo, el Peak Tram escala literalmente la montaña circulando entre los rascacielos. Increíble subir entre las casas. En el segundo tramo, ya en monte abierto, hace un pequeño giro gracias al que se tienen unas vistas increíbles de las torres. Un trayecto corto pero interesante, tampoco da mucho juego para grabar o sacar fotos, así que ni lo intentamos, esperábamos al que en el mirador tuviéramos unas vistas espectaculares. Junto con el billete del tranvía, vendían una entrada para un mirador de 360 grados de la isla, aquello prometía.

Nada más bajarnos del funicular, nos dimos cuenta de que estábamos en un centro comercial (otro más). Para llegar al mirador había que ir subiendo piso a piso, creo que unos cinco, en los que había tiendas de todo tipo, pero sobre todo restaurantes con vistas a la ciudad. Estábamos a una altura considerable, así que mejor reclamo no podían tener. Pero a nosotros lo que nos interesaba era el mirador. Cuando llegamos arriba, había multitud de personas agolpadas en la barandilla. Ya se moverán, pensamos, a ver si alguien se cansa y podemos hacer alguna foto de la ciudad, que de noche es espectacular. Pero no había manera, no se movía nadie. Nos pusimos detrás de unas chicas, que como la mayoría de los chinos eran bajitas, y pudimos apreciar las vistas y sacar alguna foto. De todos modos, y a pesar de esperar un rato, seguían todos en sus sitios. Incluso había una chica que estaba sentada en el suelo, pero mirando hacia dentro, no hacia fuera. Aquello era el colmo, menudos tíos jetas. Llegamos a la conclusión de que estaban esperando a las 8, que empezaba el espectáculo de luces del skyline. Pero todavía quedaban veinte minutos. Al final, nos marchamos bastante cabreados por no poder disfrutar de las vistas a gusto, sin tener que mirar por encima de ninguna cabeza. Y por si fuera poco, tuvimos que esperar otro rato en la cola para volver a coger el funicular de bajada. Acabamos hasta los mismísimos. Por lo menos al bajar disfrutamos de las vistas. Lo que supuestamente era la mayor atracción de Hong Kong, había sido decepcionante para nosotros, quizá demásiada aglomeración de gente. Aunque también puede ser que después de haber estado en Suiza, esto nos impresione menos. Cuando llegamos abajo, todavía había una cola larguísima de personas esperando, daban ganas de decirles que lo dejaran para otro día.

Siguiendo la recomendación que nos hicieron en la oficina de turismo, adonde fuimos a por un plano, tras visitar el Peak Tram lo mejor que podíamos hacer era acercarnos al Soho a cenar. Así que nada más salir de la estación, nos montamos en un taxi y le pedimos que nos llevara. No estaba muy lejos, pero estábamos lo suficientemente cansados (el calor seguía siendo asfixiante, y seguramente por eso estábamos agotados) como para no apetecemos darnos una caminata. Al llegar al Soho nos encontramos algo que no esperábamos. Era muy bonito de noche, con todas las luces de restaurantes y pubs, en una cuesta arriba que se salvaba gracias a unas escaleras mecánicas, y con bastante encanto. Pero el problema no era el continente, sino el contenido. Aquello estaba plagado de ingleses, pijos a más no poder, vestidos con sus mejores ropas y dispuestos a figurar mientras se tomaban sus pintas y copas. ¿Donde nos habíamos metido? No podía ser la misma China que llevábamos recorriendo dos semanas. Nos gusto tan poco, que nos marchamos sin cenar, ni tan siquiera tomamos algo. Ya no era solo cuestión de gustarnos o no, con las pintas de turistas que teníamos, y lo mal vestidos que íbamos en comparación con ellos, no nos habrían dejado entrar en más de un sitio. Y en los que si, solo porque teníamos aspecto de ingleses.
Así que bajamos del Soho hasta Central, que estaba a la par de la ría, caminando por las pasarelas que había mencionado antes. No tuvimos que pisar prácticamente el suelo hasta llegar abajo. Muy curioso. En Central solo tuvimos que coger el metro, y en un par de paradas estábamos saliendo frente al hotel. Estábamos tan cansados, que solo pensamos en entrar y cenar en la cafetería. Teníamos tanta sed que me bebí dos cervezas, una antes de empezar a cenar, y Esti parecido, no se había bebido dos coca-colas seguidas en su vida. Al menos quitamos la sed, cenamos bien (era todo occidental), y nos refrescamos con el aire. Ya estábamos listos para dormir.