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Crónicas chinas. Día 7: llegamos a Xian

Crónicas chinas. Día 7: llegamos a Xian

Y llego el día de mi cumpleaños. Esta vez me llego seis horas antes, durmiendo en el tren camino a Xian, por lo que en China soy oficialmente seis horas más joven, casi nada. Para las 5:30 encendieron las luces del tren, por lo que estábamos todos despiertos y listos para bajarnos, pero no fue hasta una hora después cuando llegamos a nuestra siguiente parada: Xian. Nada más salir de la estación, empezaron a abordarnos los típicos pesados, ofreciendo taxis, visitas guiadas, coches privados, etc. Pero en ese momento solo pensábamos en desayunar algo, estábamos hambrientos.

Patio principal del hotel

Lo primero que vimos frente a la estación fue un MacDonalds, y ahí que nos plantamos. Al menos nos asegurábamos un café y un zumo. Y así fue, esas dos cosas las tenían, pero todo lo demás no era lo que más apeteciera para desayunar: hamburguesas y fritangas varias. Como que nos quedaba otra opción, al final tomamos café, zumo y una loncha de pescado rebozado. Sobre todo, por meter algo al cuerpo que no fuera liquido. Tras cargar medianamente las pilas, nos fuimos a coger un taxi para ir al hotel. Hicimos cola un rato, espantamos a los pesados de turno, y estuvimos hablando un rato con una pareja de Nueva Zelanda. Encima como éramos los cuatro medio rubios, se pensaban que íbamos juntos, y nos ofrecían todo el rato un coche para ir en grupo.

Supuestamente no podíamos entrar al hotel antes de las 12, y nos presentamos sobre las 8. Menos mal que nos dejaron entrar a la habitación. Necesitábamos darnos una ducha y descansar un rato. El Tang Dynasty Art Garden Hotel era increíble: jardines, fuentes, patios, esculturas, una pasada. Una paraíso dentro del caos que era Xian. Acertamos de lleno al reservarlo, tras un par de días de transición, necesitábamos un sitio fijo para cambiar el chip, y descansar de verdad, en vez de reposar. Esa era la idea que teníamos, y no podía habernos salido mejor. Aunque lo mejor de todo fue que como la llave de la habitación que teníamos se fastidio al entrar, nos llevaron a una habitación muchísimo mejor, que tenía una terraza que daba al patio. Un lujo.

Gran Pagoda de la Oca

Descansamos una rato, nos duchamos y salimos a dar una vuelta cerca del hotel y a intentar comer. Poco a poco nos íbamos adaptando a los horarios chinos: comer sobre las 12, y cenar sobre las 18. Estábamos en las afueras, pero había un centro comercial al lado y comimos en un restaurante en el que había bastante gente y entramos solo por eso, si hay muchos dentro, es que darán bien de comer. Se llamaba Soup Dumplims. Para empezar, la carta no estaba en ingles, por lo que saque el diccionario y nos hicimos entender a duras penas. Les preguntamos cual era su especialidad, y resultaron ser los dumplims, de hecho todo el minuto los pedía. Nos sacaron unos rellenos de cerdo que nos encantaron. Pedimos también un poco de pasta, y como nos quedamos con hambre, un plato de coliflor. En vez de hervida o cocida, estaba como salteada, pero lo mejor no era eso, sino el montón de chili que llevaba. Que sudores, que calores, lo que sufrí. Y eso que no comí chili, sino solo la coliflor.

Incienso encendido por los creyentes

Después de comer visitamos la Gran Pagoda de la Oca, que esta justo enfrente. No se cuantos templos llevábamos ya, pero poco a poco no estábamos empezando a cansar de tanto rezo. Seguro que si fueran iglesias cristianas no hubiéramos aguantado mucho. Lo más característico de esta pagoda era su altura, desde la que seguramente habría bonitas vistas, pero que no llegamos a apreciar. Después de pagar la entrada al recinto, quisieron cobrarnos por entrar a la torre, tontos si, pero de remate no. Nos dimos unos paseos por los jardines y el resto de templos del complejo, y como estábamos un poco cansados, y empezaba a llover, decidimos descansar y echar una siesta. El hotel estaba a dos minutos andando. Ya volveríamos a salir por la tarde noche para dar una vuelta por el barrio musulmán y celebrar mi cumpleaños cenando.

Pinchos morunos en la barrio musulman

El barrio musulmán es de lo más animado. Hay mucho ambiente, puesto de comida y productos típicos se suceden por estrechas callejuelas, todas iluminadas por vistosos rótulos. Fuimos paseando, y a su vez fijándonos que cocinan en cada puesto: fideos, kebab, cordero, dulces, de todo, y la mayoría con buena pinta. Se notaba mucho el contraste de una ciudad a otra, no se si es por el hecho de que son musulmanes, o directamente que la raza es distinta. Xian es una ciudad de locura, las anteriores no eran tranquilas, pero esta superaba con mucha diferencia a las anteriores, incluso a lo que vivimos en Beijing. Centros comerciales, tiendas de lujo, grandes avenidas, el único oasis es el barrio musulmán y la zona en la que tenemos el hotel, plagada de jardines, fuentes y paseos.

Para cenar, y tras dar unas cuantas vueltas y descartar el MacDonalds (otra vez no por favor), el Pizzahut, el KFC o el Subway (aunque parezca mentira, el centro esta plagado de estos restaurantes), optamos por volver hacer caso a la Lonely. Elegimos el restaurante Maogong Xiangcaiguan, supuestamente uno de los mejores de Xian. Cogimos un taxi y conseguimos decirle al taxista a donde queremos ir: cerca de la pequeña pagoda. Por el camino nos pregunto de donde eramos, o eso creíamos que nos había dicho. Como para decirle donde estaba Euskadi, cuando no sabían ni donde estaba España. El taxista nos había dejado frente a la pagoda, pero al estar de noche, y llover a mares, no nos situábamos, cuando se suponía que el restaurante esta ahí mismo. No había ningún nombre en inglés en el restaurante, y lo que ponía en chino no coincidía con lo que ponía en la guía. Tras dar un par de vueltas a la calle, y preguntar a varios chinos, finalmente resulta que era el primero, y lo descubrimos por la estatua de Mao que había en la puerta. Por fin, ya casi estábamos calados.

Patatas picantes para cenar

No parecía que hubieran entrado muchos extranjeros antes, ya que fuimos la atracción del lugar. Al menos la carta esta en inglés, pero con las fotos muchas veces sería suficiente: el primer plato de la carta era tortuga, y salía en la foto, flipamos. También había otros platos pata temblar: mono, tripas, etc., lo común por esos lares. Lo que mejor pinta tenía por la foto es un plato de cerdo, especialidad de la casa, y otro de patadas. El cerdo lo comí yo solo, esta tierno y muy rico, pero tenía un poco de grasa, que le da su toque. Esti seguía sin probar la carne si no tenía más remedio.

El restaurante estaba especializado en comida de Hunan, y se notaba que les gustaba el picante, ya que el plato de las patatas estaba repleto de chili, una vez más, nos preparamos para sudar. Esti lo comía como si nada, pero yo me bebía mi cerveza (caliente por cierto, era imposible que la sacaran fría, aunque se lo dije claramente), y me tuve que pedir otra para poder soportar el picante. Nunca pensé que la comida fuera tan picante en China. Encima las patatas las sacaron sobre un hornillo, para mantener el calor, que lo que hizo fue darme aun más calor a mi, no solo al plato.

A la salida jarreaba de manera increíble. Después de tantos días de un calor infernal, veíamos la lluvia, es más, la padecíamos. Para volver al hotel teníamos que pedir otro taxi, y entre que era de noche, y la lluvia, nos costo un buen rato encontrar uno libre. De hecho, no lo paramos, sino que dejo a una chica y nos metimos dentro antes de que escapara. Menos mal que lo pillamos, hubiéramos terminado caladisimos y sin forma de volver al hotel.

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