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Crónicas chinas. Día 3: muralla China y palacio de verano

Crónicas chinas. Día 3: muralla China y palacio de verano

Y llego uno de los días más esperados, el de la gran muralla China. El desayuno del hotel comenzaba a las 7 de la mañana y para esa hora estábamos en el comedor. Nos teníamos que dar prisa, queríamos coger un autobús publico, el 919, que nos llevaría al tramo de la muralla conocido como Badaling. Ir en un coche privado suponía gastarse 800 yuanes, cuando el autobús costaba 12 yuanes. No tendríamos las mismas comodidades, pero llegaba el momento de mezclarse con los turistas chinos, y vivir a tope la experiencia.

La supuesta estación de donde salía el bus, Deshengmen, estaba bastante cerca, a tres paradas de metro. Una vez salimos de la estación de metro, nos costo bastante encontrar la marquesina concreta, ya que pensábamos que habría una estación de autobuses, pero realmente se trataba de una calle. Las marquesinas estaban situadas a lo largo de la calle, así que preguntando, y como pudimos, al final nos indicaron donde era. Efectivamente, veíamos el número en el autobús, pero no fue tan sencillo arrancar.

Cuando estábamos en la cola, se nos acerco un señor para decirnos que en la cola de enfrente salía un bus que iba más rápido. Y nos cambiamos, a todo esto, con un japonés que se nos arrejunto desde que estábamos buscando el bus (andaba igual de perdido que nosotros) y que nos seguía, o nosotros a el, ya que estábamos en la misma situación. Mientras esperábamos, el chino de antes empezó a comentarnos que por 400 yuanes nos podía encontrar un coche para los tres. En vista de que era un jeta, y que eso era la cola de los futuros estafados, nos volvimos a la anterior fila.

Vista desde el punto más alto de Badaling

Cuando el bus arranco, nos toco al lado del japonés, y fuimos hablando un rato con el. Nos contó que había conseguido 3 días de vacaciones y se había acercado a China, que le pillaba cerca. Cuando le dijimos que teníamos un mes de vacaciones al año, alucino, y solo pudo decir: me quiero ir a vuestro país. En Japón el tema económico tampoco debe ir muy bien, y también comento que los políticos eran bastante corruptos. En eso somos bastante parecidos. A todo esto, empezamos a apreciar un olor pestilente, los chinos del bus se tapaban la nariz, y ninguno sabíamos de donde venia el tufo. ¿Un escape de metano quizá? El misterio se resolvió cinco minutos después, cuando el autobús se detuvo en el arcén de la autopista. ¿Por qué paramos? Nos preguntamos. De repente se abrió la puerta del bus, y una señora mayor que estaba cerca nuestro, se levanto y tiro una bolsa de plástico afuera. Sin palabras. No creo que haya que desverlar lo que era.

Esti en la muralla

Pero el viaje en un autobús lleno de chinos no deparo ninguna sorpresa más. A medida que nos acercábamos a Badaling, íbamos viendo otros tramos de la muralla, espectaculares. Kilómetros y kilómetros, daba igual la superficie. Si tenían que hacerla subiendo hasta la punta de una montaña, lo hacían. Precisamente, en Badaling había que coger un teleférico para ascender hasta un pico. Yo pensaba que no habría mucha altura, y cuando lo vi empece a ponerme el pañal. Encima eran unas cabinas minúsculas, parecidos a unos huevos kinder. Lo mejor para el vértigo. Encima en algún momento los huevos se quedaron parados, y unos segundos después arrancaban. Como no quedaba más narices, tuve que echarle un par y montarme. Así que me agarre fuerte al asiento y para arriba. Buff. En algún momento miraba para abajo, pero no podía aguantar mucho la mirada. Menos mal que fue rápido, y en unos minutos estábamos arriba. A nuestro lado iba una chinita que iba mucho peor que yo, incluso me anime a decirle algo para distraerla un poco. Unos yankees que iban detrás (creo que eran americanos), se partían la caja y me decían: esto no es nada, en Hong Kong hay uno muchísimo peor. Vaya ánimos que me dieron, no sabían que también teníamos que pasar por la antigua colonia inglesa.

El esfuerzo mereció la pena, ya que nada más llegar arriba se me curaron todos los males. No quiero ni imaginar lo que tuvo que suponer en aquella época una obra de tal magnitud. Ya que no se trata de un simple muro de contención. La altura y la anchura eran considerables. Tras casi escalar para llegar a una de las torres de vigilancia, desde el punto más alto de la montaña podíamos apreciar como la muralla continuaba, atravesando montañas, valles, o lo que fuera. Y eso era solo una pequeña muestra, ya que eran unos escasos kilómetros de los 21000 que habían llegado a medir la muralla. Sin esas increíbles dimensiones, hubiera sido imposible acoger a los cientos de chinos, que como hormigas, circulaban arriba y abajo por la muralla. Fue agobiante. Un día más de calor infernal. Unas cuestas que casi era mejor escalarlas, y los chinos como locos sin parar de grabar y hacerse fotos. Por cierto que esta vez nos volvieron a asaltar para hacerse fotos con nosotros. Eramos una atracción más.

Varias torres de vigilancia en Badaling

Tras caminar por los tramos más cercanos, y asfixiados ya por el calor, decidimos bajar. Yo tenía claro que una y no más Santo Tomás, e intentamos descender por un tramo que supuestamente era a pie. Cuando llegamos al final de ese tramo, descubrimos que no, que había una especie de montaña rusa, solo de bajada, y que encima había que pagar. Así que media vuelta y cuesta arriba hasta la estación del teleférico. Yo ya le había dicho a Esti que no bajaba ni de coña, pero como no me quedo más narices, me tuve que meter en el huevo de nuevo, y volver a sufrir un poco más de vértigo.

En unos pocos minutos estábamos en el autobús de vuelta, y en una hora, de nuevo en Beijing, cogiendo el metro hacia otro de los platos fuertes de la ciudad, el Palacio de Verano. Como andábamos justos de tiempo para comer, nos compramos un rollito de verdura, que nos gusto mucho por cierto, en un puesto a la salida del metro. Y con ese poco sustento, nos metimos en el palacio, por su cara norte concretamente. Elegimos la zona más dura. Desde ese punto, hacia que subir una montaña y volver a bajarla para llegar a donde estaban los lagos, la zona más conocida del palacio. En la parte de la entrada había una recreación de la ciudad de Suzhou, con sus canales de agua, que más adelante esperábamos visitar. Desde ese punto era todo subir escaleras. Muy al estilo chino, fuimos cruzando templos a medida que ascendíamos el monte. Templo, patio, templo, patio… Por la mitad tuvimos que detenernos a comernos un polo de hielo, el producto estrella entre los turistas chinos, ya que los vendían en cualquier esquina, como el top manta en Euskadi vamos. El calor era matador.

Templo junto al lago de Kunming

En la otra cara del monte descubrimos el lago Kunming, en el que había islas, puentes, barcos de madera, todo de postal. Como todos los lugares que habíamos visitado hasta el momento, estaba abarrotado, y alucinamos al descubrir que habían accedido 30000 personas ese día al recinto. Por sus dimensiones, haría falta un día entero para poder patearse todos sus rincones, pero a nosotros nos basto con 2 horas para recorrer los lugares más especiales. No había más que ir paseando por la orilla para ir recreándose en su belleza, y encima se podía ir por la sombra, lo que se agradecía. Viendo su tamaño, quedaba demostrado una vez más que los chinos solo saben hacer las cosas a lo grande.

Puente de los 17 arcos

En medio de lago se encontraba la isla de Nanhu. Para llegar a la misma había que, o cruzar por el puente de los 17 arcos, o montar en unas grandes embarcaciones que circulaban por el lago. La visita a la isla fue corta. Había sido un día muy duro, por una parte por el calor, y por otra, por lo que habíamos andado. Tocaba plegar velas e ir recogiendo. Casualmente en la puerta por la que decidimos salir no había boca de metro, por lo que tuvimos que desandar nuestros pasos al menos un kilómetro. En ese tramo contemplamos como los policías atrapaban a una señora que vendía polos a los turistas. Un poco antes, y ante la voz de alarma dada por unos vigías, los más jóvenes salieron corriendo, pero la pobre señora no pudo escapar. Por algo comentaba antes lo del top manta, no venden lo mismo, pero la problemática es exactamente la misma. Y es que en la mayoría de sitios se ven a personas mayores rebuscando en la basura para recoger botellas de plástico. Hay pocos mendigos, o al menos se veían pocos, pero la forma de vivir de muchos es para no desearsela a nadie.

Ejemplo de colorido en la decoración de un templo

Tristezas aparte, que las hay aquí y allá, nos quedaba una deuda pendiente con el pato laqueado, y esa noche tocaba pagarla. Como ya conocíamos el camino, nos costo poco llegar al De Yuan Roast Duck, y como lo teníamos clarisimo, nos pedimos el pato laqueado sin dudarlo. gracias Juantxu por tu recomendación. Nos costo un poco cogerle el truco a ir haciendo las tortitas, pero el pato estaba exquisito. Es más, creo que crea adicción, ya que no podía parar de comer. El sabor del pato, la textura, ummm. Si alguna vez habéis comido pato en algún chino de Euskadi, no penséis que se parece en algo, ya que no tiene nada que ver. Llego un momento que tuve que decir basta, no me entraba más. Quería pero no podía. Durante la comida unos chicos de al lado se reían al ver como cogíamos los palillos para hacer las tortitas, y es que era muy complicado. yo hace tiempo que llevo utilizando los palillos, y creo que me apaño, pero esto era demasiado. Hacer los hacia, pero con una técnica para salir corriendo. no lo he comentado hasta ahora, pero si alguna vez venís a China, acordaros de traer un tenedor si tenéis problemas con los palillos, ya que es imposible encontrar cubiertos.

Tras la gran panzada, que nos hacia falta tras aguantar todo el día con solo un rollito y un polo, nos dimos un paseo hasta la boca del metro de Tiannanmen. Durante el camino aprovechamos para ver el ambiente nocturno (muy animado), alucinar con la iluminación, y hacer alguna foto a los edificios de Tiannanmen. Y el día no dio para más, tocaba dormir por ultima vez en Beijing, la ultima noche.

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