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Etiqueta: SHANGHAI

Crónicas chinas. Día 22: agur China, hurrengorarte

Crónicas chinas. Día 22: agur China, hurrengorarte

Ultimo día de turisteo en China. Todo se tiene que acabar en algún momento, y a nosotros nos llegaba la hora de ir pensando en hacer las maletas. Pero antes queríamos aprovechar el ultimo día todo lo posible, y vaya si lo hicimos. En nuestro plan original, teníamos en mente visitar la ciudad con canales de Suzhou, pero al final optamos por cambiar el plan y visitar otra ciudad, que igual no era tan bonita, pero que seguro que estaba bien: Zhujaijiao. Encima, la parada del autobús que llevaba a la misma estaba a solo unos minutos andando del hotel. Nos fue fácil encontrar el autobús, que más bien era una chocolatera infernal. Por delante nos aguardaba una hora de traqueteo total.

Puente en Zhujiajiao

Pero el viaje mereció la pena. Zhujaijiao era una población surcada por canales, por los que los barqueros paseaban anclando los palos de bambú, más que remando. Lo mejor sin duda era pasear junto al agua, viendo la infinidad de puestos que había: de comida, artesanía o recuerdos. Todo en un ambiente tranquilo. Aunque más bien, como decía la Lonely, se trataba de una población tranquila hasta que llegaba algún autobús de turistas. En nuestro caso no tuvimos queja, había gente pero en ningún momento para agobiarse. La única pega fue el sol, que un día más, calentaba con justicia. Parecía que había que salir de Shanghai para verlo. Como de costumbre, hicimos un alto en el camino para refrescarnos, y decidimos entrar en un hostel. Lo llevaba gente joven y tenían bastante variedad de cervezas y licores para elegir. A esas horas lo que apetecía era un buen café, así que nos lo tomamos a la fresca, sentados en unos cómodos sofás. Incluso nos hicimos amigos de un huskie que tenía, que se nos arrimaba para que le acariciáramos. Estábamos viendo las fotos que acabábamos de sacar, cuando empezó a sonar Luz Casal, Alex Ubago, Chambao e incluso Julio Iglesias, para salir corriendo.

Tras un par de paseos más, se acercaba la hora de comer, pero ningún sitio del pueblo nos llamaba la atención. Tenían los típicos baldes o peceras en la calle, con tortugas, peces o cangrejos. Precisamente lo que menos nos gustaba. Así que emprendimos el camino de vuelta a la estación de autobuses. Paramos en una tienda de la marca deportiva Anta. Tenían algunas camisetas graciosas de baloncesto, así que me compre una de caricaturas en la que salía Luis Scola, o al menos creíamos que era el, junto con otros deportistas chinos. El asunto de la talla casi fue un problema, ya que me tuvieron que sacar la talla XXXL, la más grande que tenían. Y tampoco es que me que sobrara mucho.

Uno de los canales que atraviesa el pueblo

A la vuelta a Shanghai, los autobúseros nos la liaron buena. Al llegar a la estación preguntamos en el primer autobús que encontramos, si iba hacia Shanghai, y nos dijeron que efectivamente, iba hacia allí, pero los muy capullos se ahorraron el detalle de explicarnos el itinerario. ¿People square? Preguntamos. Yes, yes, respondieron. A mi algo me olió mal cuando vi que el autobús que nos había traído salía delante de nuestras narices, pero ya estábamos montados, y no íbamos a bajarnos. Los muy graciosos se ahorraron explicarnos que en vez de ir directo por la autopista, el bus recorría y se paraba en todos los pueblos y marquesinas habidos y por haber hasta Shanghai. 2 horas para hacer 40 km. Yo ya estaba que fumaba en pipa. Veía que el tema se alargaba cada vez más, que había atascos en la entrada, que estábamos sin comer… Cuando llegábamos, ya juraba en todos los idiomás menos en chino, y menos mal que no sabia como soltarles alguna gorda. Pero eso no fue todo, ya que tampoco nos dejaron en la Plaza del Pueblo, sino a un buen trecho andando. Tuvimos que buscar la calle en el mapa, y al final conseguimos situarnos como pudimos. No había ninguna parada de metro cerca, así que nos toco andar un rato bajo un sol abrasador. Eran las 5 de la tarde y todavía no habíamos comido. Al final nos paramos en un 7 eleven, una cadena de tiendas, y nos compramos un sandwich envasado. Por lo menos, después nos comimos un buen helado italiano para aliviar las penas.

Volviamos a ver bicicarros cargados hasta arriba

Como teníamos compras pendientes, y no mucho tiempo, nos fuimos nada más terminar al que anunciaban como mercado más grande del este de China. Nada más salir de lo tornos del metro, empezó a darnos la tabarra y a seguirnos un tío intentando vendernos de todo. Al principio hacia gracia, ya que soltaba alguna frase en castellano, pero empezó a perder la gracia cuando nos siguio hasta fuera de la estación. Empezamos a ir en una dirección, en otra, pero teniamos al tío a nuestra par, venga a darnos el tostón. Se me empezo a acabar la paciencia, y le solté que se esfumara de muy malas maneras. Pero le daba igual. Esti estaba venga a decirme que no le hiciera caso, que pasara de el. Pero no podía, me pare de nuevo y empece a mediochillarle. Entonces se puso en medio un tío que esta por allí, como diciéndole que nos dejara en paz. Y parecia que habia sido así, cuando nos dimos cuenta de que el primer tío nos seguía a unos metros, y que el segundo, que entraba en acción un poco antes, iba delante nuestro, a unos metros, y vigilándolos claramente. Aquello empezaba a parecer una película. Yo no me cortaba, y les miraba fijamente, para que supieran que no éramos tontos y que no les teníamos miedo. Un poco más adelante habia un puesto de policía, no iba a decirles nada, pero me pare al lado durante unos segundos. Y volví a mirarles. Parece que habia surtido efecto, ya que los tíos se esfumaron. No sabíamos a que estaban jugando, si querían meternos miedo para que les compráramos algo, o yo que se.

Juegos de mesa en People’s Square

Cruzamos al otro de la calle, y nos estábamos dando cuenta de que éramos los únicos occidentales en la zona. Teníamos enfrente la puerta del centro comercial. No nos gusto mucho el sitio, pero ya que estábamos allí, queríamos intentar hacer alguna compra. En la entrada del mercado había unos 8 policías, y cuando intentamos entrar, uno de ellos nos dijo que estaba cerrado. Pero veíamos que no era así, estaba claro que no querían que entráramos. Tampoco insistimos, después de lo que nos había pasado un poco antes, no nos quedaban ganas de más aventuras. Estaba claro que ese mercado no era para los extranjeros. Nos volvimos al metro, y nos fuimos al mercado del primer día, nos quedaban cosas por comprar, y entre los graciosos del autobús y los mafiosos, habíamos perdido media tarde.

Cuando llegamos al otro mercado, teníamos las ideas muy claras y muy pocas ganas de regateo. De hecho, en todo lo que compramos, les dimos un precio y no subimos ni un solo Yuan. Se nos habían quitado las ganas de perder el tiempo. Y es que íbamos muy justos de tiempo. Una de las cosas que estábamos buscamos no la encontramos en todo el día, y tuvimos que ir a una tienda especializada que estaba mucho más lejos. Al final no encontramos lo que buscábamos, pero si algo muy similar, por lo que terminamos con la sensación de haber hecho las cosas a medias. Cuando salimos de la tienda, empezamos a notar que estábamos rendidos, hasta ese momento, y por la preocupación de hacer todo lo que teníamos pendiente, casi ni lo pensamos. Con tanto ajetreo, y tras una tarde frenética, no podíamos más que sentarnos en una cafetería para tomar un dark chocolate coffee. Ya eran las 8 de la tarde, y habíamos salido a las 2 de Zhujaijiao.

¿Tiene pinta de ser vino?

A esas alturas del día, no nos quedaban ganas para mucho más. Encima íbamos cargados con algunas bolsas, por lo que tampoco podíamos ir muy lejos. Para esa noche habíamos pensado ir a un conocido restaurante de dimsun que teníamos pendiente, de hecho estuvimos a punto de entrar en otra ocasión, pero como era solo de comida para llevar, y solo había unas pocas sillas para comer en el local, lo descartamos, nos dio pena, pero no era el momento. En cambio, decidimos darle una oportunidad al restaurante del hotel. Tenia muy buena pinta, y nuestras sospechas se confirmaron, se comía estupendamente y a un precio inmejorable para que lo que ofrecían. Por cierto que el dimsun estaba exquisito (ya lo había probado en el desayuno, pero en la cena estuvo mucho mejor). Al tratarse de la última cena en China, no podía despedirme del país sin probar otro vino, o al menos así lo llaman ellos. Pedí una botella pequeña, para mi solo, y empezamos a alucinar desde el momento en el que el camarero se acercaba con el vino. Trajo una caja chilisima, con dibujos de dragones, de la que saco una botella de barro. Parecía mas un jarrón que una botella. La presentación era inmejorable, pero lo que ellos llamaban vino era más bien algo parecido al cognac. Había envejecido durante diez años, no se si en barrica o en la misma botella, pero tampoco era un mosto, y se notaba.

A hacer las maletas, es nuestra ultima noche en China. Han sido tres semanas increíbles. Cargadas de imágenes y sensaciones que va a ser difícil que se borren de nuestra memoria. Por si en algún momento llegara a pasar, espero que este relato de nuestro viaje nos sirva para rememorar los momentos vividos. Y si has llegado hasta este ultimo capítulo de nuestras crónicas chinas, espero que hayas disfrutado con las mismas.

Crónicas chinas. Día 21: El Bund, casco antiguo y Pudong

Crónicas chinas. Día 21: El Bund, casco antiguo y Pudong

Dim sum gigante, todo a lo grande

Al igual que el día anterior, en nuestro penúltimo día en China salimos caminando del hotel, en vez de coger el metro. Íbamos a empezar por el casco antiguo y los jardines de Yuyuan, para salir a la zona del Bund, ubicada en la rivera de rio. Callejeando un poco, podríamos seguir el itinerario marcado sin perdernos. De hecho, gracias a que salimos andando, de camino al casco antiguo descubrimos un mercado de productos locales de lo más variopinto. Puestos de verduras, carnicerías, pescaderías, había de todo. Las condiciones de salubridad tampoco eran las más adecuadas, claro esta. Lo que mejor aspecto tenían eran las frutas y verduras. En las carnicerías, tenían la carne puesta en unas mesas, sin ningún tipo de nevera. Y en las pescaderías, tenían los peces metidos en agua, así que cuando les pedías alguno, lo sacaban, lo mataban si hacia falta, lo limpiaban, y te lo llevabas. También vimos como quitaban el espinazo a las culebras. Claro esta que en este mercado no vimos ningún occidental, de hecho, nosotros lo encontramos de casualidad. No aparecía en guías ni páginas web de información.

Del balde a la tijera o a la navaja

Visitar el casco antiguo era la única forma de conocer como había sido Shanghai anteriormente. Pero era una zona muy comercial. Como de costumbre, no podían faltar el MacDonalds, el Starbucks y los vendedores de relojes, un clásico en los últimos días. Pero estaba todo enmarcado en bellos edificios, junto con pequeños lagos y el cercano parque de Yuyuan, con su bosque de bambú, todo de postal. No había más que andar unos cientos de metros más para llegar al Bund, uno de los mejores paseos que se puede encontrar uno en Shanghai. La rivera del rio, era una ubicación inmejorable para observar los rascacielos de la zona financiera de Pudong. Casualmente, desde que llegamos a Shanghai no se habían ido las nubes del cielo, había estado nublado en todo momento. Ese día no fue una excepción, por lo que no pudimos ver con claridad los edificios más altos, las nubes los cubrían en la parte superior. Lo que si pudimos ver fue la incesante actividad sobre el agua: los barcos pasaban continuamente, de recreo o de carga, circulaban sin cesar.

Curiosos edificios del casco antiguo

Caminamos a lo largo del paseo durante un buen rato, hasta que nos desviamos del mismo para adentrarnos en algunas calles paralelas. Entramos en una calle bastante pija, donde nos encontramos al menos a 10 parejas de chinos haciéndose fotos de boda. Cada cual con aspecto más pintoresco. Una cosa es el horterismo salvaje, pero lo de estos sobrepasa los limites de lo cutre. Mira que les gusta a los chinos la parafernalia de las fotos de bodas. Desde que llegamos a China, habíamos visto a decenas de ellos, posando en lugares de lo más variados. Y es que era un negocio que movía mucho dinero, había infinidad de estudios fotográficos para bodas, y siempre que pasabas por uno, estaba lleno.

Tras recorrer todo el Bund, pasamos a la otra orilla, a Pudong, a través del túnel panorámico. O eso ponía al menos, que era panorámico, y encima en las fotos salían peces. Pues nada más lejos de la realidad. Nos metieron en unos pequeños vagones, y nos llevaron a través de un túnel en el que iban proyectando diferentes imágenes, alumbrado todo con luces de colorines y música rara, todo de lo más friki. Pasamos bajo el agua, pero de panorámico no tenía nada. Parecía más producto de las drogas que otra cosa. Nos gusto tan poco, que aunque compramos el billete de ida y vuelta, después nos cogimos el metro para volver. Cuando estábamos en la zona de Pudong, el tiempo mejoro bastante y se levantaron las nubes, por lo que pudimos ver mucho mejor los dos edificios más altos de Shanghai. Toda esta zona la habían construido hace pocos años, y era bastante alucinante ver la multitud de rascacielos, los jardines con dragones hechos de setos… el conjunto urbanístico era muy distinto al de la otra orilla del rio. Merecía la pena darse una vuelta por la zona.

Pudong visto desde el Bund

Por la tarde, nos acercamos a otro de los grandes mercadillos de Shanghai, el de la parada de metro del Museo de la Ciencia. Como si no hubiéramos tenido bastante el dia anterior, tocaba volver a pegarse con los tenderos. El mercado era bastante mejor que el de Han, con más sitio, más limpio, y sin salir de la parada. Estuvimos toda la tarde dando vueltas. Llego un momento en el que no sabiamos si habíamos estado o no en los puestos. Entre que todos tenían un genero parecido, y que los chinos también se parecían, ya nos sabíamos por que pasillos habíamos pasado.

Dos de los edificios más altos de Pudong

En esta ocasión, a diferencia del día anterior, y con la experiencia acumulada, compramos algunas cosas. Lo más divertido fue cuando me encontré un maillot del Euskaltel Euskadi, una copia bien hecha, pero con una calidad pésima. Regatee con la tía, pero no me quedaba bien de talla. En otro puesto regatee por otro maillot, pero la tía no cedía, por lo que me marche sin comprarle nada. La mejor compra que hicimos fue una maleta, en la que conseguimos rebajarle un montón, hasta pagar el 20% de lo que pedía. A medida que nos alejábamos del puesto iban rebajando el precio, y cuando estábamos bastante lejos, nos grito que aceptaba lo que le ofrecíamos. Cuando volvímos, la chica estaba muy enfadada, pero bueno, tampoco perdería dinero, sino no lo hubiera vendido. Con la noción del tiempo totalmente perdida, salimos del mercadillo con la maleta que habíamos comprado, y con alguna cosa más en su interior.

Con el trasto encima, solo podíamos ir al hotel a dejarlo, por lo que como ya era un poco tarde, cenamos en una zona cercana. Concretamente en un restaurante de comida de Yunnan. Obviando cosas como gusanos o larvas, nos pedimos un plato de sopa de pollo y unas bolas rellenas de pollo, las dos cosas un poco sosas. Pero el tercer plato fueron una berenjenas rellenas que picaban una barbaridad, tuvimos que pedir otra cerveza y unos cuencos de arroz para pasar el trago. Estaban muy buenas, pero como picaban.

Increibles jardines de Pudong
Crónicas chinas. Día 20: descubriendo Shanghai

Crónicas chinas. Día 20: descubriendo Shanghai

Con nuestros amigos chinos

Ultimo lugar en el que nos despertaríamos, Shanghai. Con 20 días de viaje en el cuerpo, ya echábamos de menos volver casa. Quizá esta morriña estaba causada porque Hong Kong no había sido lo que esperábamos. Lo fácil es decirlo ahora, pero de haber sabido antes lo que nos íbamos a encontrar, no hubiéramos visitado la ciudad colonial. Teníamos algo de miedo de que con Shanghai nos pasara lo mismo, pero desde el mismo momento que salimos del hotel, ya sabíamos que no iba a ser así. El Marvel Hotel estaba muy bien situado, frente al Museo de Historia de la ciudad, y a unos minutos andando de la Plaza del Pueblo. Por lo tanto, la primera mañana salimos a recorrer el terreno, por las cercanías. Los parques y paseos comprendidos entre el museo y la Plaza del Pueblo bien merecen un paseo. Así que fuimos caminando tranquilamente, viendo los edificios, durante un buen rato. En una de las plazas nos pararon un jovencillos para hacerse unas fotos con nosotros. Y como yo ya estaba cansado de que solo nos sacaran fotos ellos, me sume a la fiesta, saque la camara, y los fotografié también a ellos. Fue divertido.

La Plaza del Pueblo, rodeada de curiosos rascacielos

Al llegar a la zona norte de Plaza del Pueblo (se le llama plaza, pero es una zona que contiene unos cuantos parques y plazas), encontramos el que llaman Parque del Pueblo, el más atractivo de todos. Muy bien cuidado, con sus estanques, arboles y flores, era un hervidero de gente. Era domingo por la mañana, por lo que muchas personas habían salido de casa para disfrutar de la naturaleza urbana. En este parque nos ocurrieron un par de anécdotas muy curiosas. En cuanto llegamos, vimos que había un montón de personas, sobre todo mayores, con carteles escritos a mano. Daba la impresión de que estaban vendiendo algo. Pero no sabíamos que. La intriga iba aumentando cuando veíamos que en algunos carteles había fotos. La leche, no serán personas desaparecidas, pensamos. Habíamos sacado alguna foto, pero no sacamos ninguna más hasta que descubrimos de que se trataba. En algunas mesas vimos algún libro rosa con unos corazones. Misterio resuelto, estaban buscando maridos o esposas para sus hijos. Pero no había uno, sino cientos de carteles, aquello era un mercado del amor.

Cuando estábamos saliendo del parque, nos abordaron un grupo de jovencitas que no paraban de hablarnos sin parar, en ingles. Cuanto tiempo llevábamos en Shanghai, de donde veníamos, hasta cuando nos quedábamos, eran demásiado majos y encima no callaban. Había gato encerrado. Yo había leído algo sobre el timo de la ceremonia del te. Algunas casas de te deben contratar a jóvenes para que atraigan gente a sus locales, y una vez están allí, pidan te sin parar, y del más caro, por supuesto. Para cuando te das cuenta, te presentan un facturon del que obviamente los jóvenes no se hacen cargo, y que tienes que pagar de tu bolsillo. Nuestras sospechas se confirmaron cuando nos preguntaron si habíamos participado en una ceremonia del te. Momento en el que les dijimos que si, nos despedimos amablemente y nos largamos. Lo que nos faltaba, que nos timaran.

Tengo un/a hijo/a para casar, ¿te animas?

Tras recorrer la Plaza del Pueblo, nos dirigimos a una de las zonas más conocidas de Shanghai, la calle East Nanjing Road. Una calle peatonal y de las más comerciales de la ciudad. Con infinidad de tiendas de ropa y grandes almacenes, pasear resulta complicado por el montón de pesados que se te acercan para intentar venderte relojes: watches, iPhone, tablets, te sacaban una especie de hoja catalogo con un montón de productos. Este tipo de vendedores te suelen llevar a una trastienda o almacén, con la entrada oculta en algún callejón, en la que intentan venderte de todo y de la que es difícil salir sin nada, sobre todo por lo pesados que se ponen. Nosotros estábamos buscando otro tipo de compras, más concretamente un mercadillo que debía estar por la zona, pero que no encontramos. Mas tarde descubriríamos que estaba en West Nanjing, y habíamos ido a East. Había llegado la hora de comer y nos metimos en un restaurante en el que solo había chinos, señal de que el dimsum estaría de muerte, y así fue. Nos gusto tanto, que nos pedimos una segunda ración.

Calles cercanas a la Plaza del Pueblo

Con la información correcta, esta vez si, nos dirigimos a East Nanjing Road, al mercadillo de Han City. Era nuestra primera toma de contacto con los tenderos chinos. Ya nos habían avisado que eran bastante pesados en el regateo. En los primeros intentos, los regateos no llegaron a buen puerto. Nos pedían autenticas burradas, cuando sabían perfectamente que no las íbamos a pagar. Pero tampoco tuvimos la decisión ni la destreza para hacerles bajar el precio todo lo que queríamos, todavía éramos unos novatos. Por poner un ejemplo, uno de ellos me pedía 650 yuanes por una camiseta de fútbol, una autentica barbaridad que no valdría ni la original. Lo que hay tener en cuenta siempre en este tipo de sitios, es que lo que venden son imitaciones, por lo que no podemos tener como referencia el precio del producto original. Y como tan bien nos aconsejo Juantxu, no hay pagar nunca más del 20% de lo quede piden. Pero es difícil, por ejemplo, en una tienda de camisetas de fútbol, un chico que estaba comprando nos dijo que no pagáramos más 35 yuanes, cuando nos pedían 650. Si cuela, cuela. Esti al menos se compro unas zapatillas por un precio razonable, el viaje no había sido en balde. Necesitábamos un respiro tras el agobio del mercadillo, por cada puesto que pasábamos nos salía el vendedor ofreciéndote sus genero, por lo que nos tiramos casi toda la tarde soltando un repetitivo ‘no thanks’. Y tras tanto andar, que mejor que una parada en un Starbucks para tomar un café y descansar.

Callejuela de Concesión Francesa

Como aun teníamos ganas de ver más cosas, y eso que llevábamos todo el día dando vueltas, nos animamos a acercarnos a Concesión Francesa, una zona de boutiques, cafés y restaurantes bastante chic. Concretamente a Tianzifang. Un entramado de callejuelas de lo más autentico. Las casas no eran de más de dos pisos, de ladrillo, y estaban rodeadas por altos edificios y rascacielos, lo que hacia que pareciera un oasis en el desierto. Encima llegamos cuando estaba anocheciendo, lo que le daba un punto mucho más especial gracias a los llamativos rótulos de tiendas y bares. Aquello no tenía nada que ver con la chicharrilla que habíamos vivido un rato antes. Nadie te acosaba al pasar por las tiendas, podías entrar, mirar y marcharte sin más. Claro que el genero tampoco tenía nada que ver. Tras patearnos cada callejuela, nos volvimos a sentar, esta vez en una terraza bastante pija. Nos tomamos algo para refrescarnos y descansar. No hacia el mismo calor asfixiante que en Hong Kong, pero en Shanghai también se sudaba. Estábamos muy a gusto en la terraza, el ambiente estaba preparado para el turista occidental, pero cuando algo esta bien y merece la pena, te da igual para quien este pensado.

Rascacielos cercanos al hotel

Parece que aquel día habíamos recuperado el espíritu viajero perdido en Hong Kong. En un solo día habíamos visto más cosas y habíamos disfrutado el triple que en nuestro anterior destino. Habíamos vuelto a lo que había sido el viaje hasta ese momento, veíamos de nuevo los motocarros, las bicis cargadas hasta arriba, los puestos de comida callejera, los fruteros en cualquier esquina, volvimos a China. Como no queríamos dar la noche por terminada, nos dimos un buen paseo hasta otra de las zonas más conocidas de Concesión Francesa: Xintiandi. No tenía ni por asomo la autenticidad de Tianzifang, se notaba que estaba todo reformado y hasta tenía un centro comercial justo al lado. Era todo demásiado perfecto. Incluso llegamos a ver un restaurante español, La Finca, al que por supuesto no entramos (seguramente será de algún cocinero conocido, aquello era bastante lujoso, habrá que investigar). Y otro alemán donde las camareras chinas iban vestidas con el traje típico alemán. Para salir corriendo. Lo curioso es que las terrazas estaban abarrotadas de occidentales. Menos mal que la Lonely nos recomendaba un restaurante que estaba un poco más alejado del centro comercial, solo a unos pasos, pero lo suficiente para que no hubiera occidentales, solo chinos. Teníamos una idea clara desde que estábamos en China: queríamos evitar en la medida de lo posible la comida occidental. Queríamos probar cosas que al volver a casa no tendríamos posibilidad de comer. Y en ese restaurante acertamos de pleno. La carta tenía platos de todos los tipos y precios, desde los 5 euros a los 100. Nos pedimos unos dim sum (de cangrejo), unos noodles y el cerdo de la abuela, plato recomendando en la carta y que habían pedido en otras mesas. Sobre el cerdo, comentar que a medida que íbamos comiéndolo, Esti descubrió que había algo debajo, los intestinos del bicho enrollados. Como a esas alturas ya no me asustaba por nada, me los comí sin inmutarme. Después de comer tortuga,¿que suponía comerme unas tripas de cerdo?